Vacaciones

Decía un tal B. Franklin que el tiempo es el material de que está hecha la vida y el mío pasa entre acciones, sentimientos y pensamientos. Ese ciclo de pensar, sentir y actuar que nos da el desarrollo cognitivo, emocional y conductual. Ahora solo falta compartirlo para no caer en el ostracismo.

Volando sobre el mediterráneo, cerca de mi imaginación.

Querida mía:

Hace tiempo que no te escribo, lo sé. He preferido sentirte a mi lado y compartir contigo cada minuto de soledad en lugar de irte escribiendo todas las anécdotas que, irremisiblemente, me llevan a ti. En realidad, todo me lleva a ti. Siempre te imagino poniendo caras, sonriendo o reprochándome todas esas cosas que al final me hacen ser único y por las que declaras estar enamorada de mí. Como soy yo el que imagina, nuestras discusiones apenas duran unos segundos y terminan siempre con un tierno beso que me hacen volver a la realidad al abrir la boca y notar el aire resecando mi lengua.

No sé si contarte las singularidades de estas vacaciones, las nuevas experiencias de mi hijo, mi multipolaridad, mi irritabilidad, ese hueco que me queda en el alma cada vez que me vacío…

No sé si hablarte de Pau, no sé qué cara pondrás ni qué comentarios harás sobre ello, pero tratándose de ti, espero una mirada tierna mientras me contemplas desde el más allá, el lugar donde solo yo te veo, donde te imagino, de donde espero que un día salgas para tomar el cuerpo de una ninfa o una sirena que me reclame como reclamaban a Ulises en su viaje de vuelta a casa. Yo no volvería. Soy demasiado débil. Pudiste haber sido Pau…

En este caso me ha venido bien un poquito de humildad. Verás, tú sabes que odio a los argentinos y a los italianos. El lado femenino no salía tan mal parado pero es normal, soy hombre. Ayer firmaron una agridulce derrota al conseguir la medalla de plata en los mundiales de fútbol. Me pareció horroroso que le dieran a Messi el balón de oro cuando no fue, ni por asomo, el mejor del campeonato. Esto del deporte rey cada vez me parece más circo y menos deporte. Puestos a elegir piernas, me quedo con las de las trapecistas búlgaras. Por cierto, el otro día me enteré de que el búlgaro es un idioma y yo…un idiota.

Sí, todavía no te he hablado de Pau y no dejo de marear la perdiz, pero reconozco que me da cierta vergüenza contarte esto. Ah, sí, te estaba hablando de los argentinos, esos fantasmones que presumen de fútbol, de ser unos maestros con las raquetas, de cortejar como nadie, de ser cirujanos, arquitectos e ingenieros (todo en uno con la misma carrera universitaria), de poseer ganado y tierras que no alcanza la vista en ninguna de las cuatro o cinco dimensiones (por lo menos) y de las salsas que le ponen a sus carnes a la parrilla. Los yanquis, los únicos más chulos que ellos, la llaman barbacoa. Las argentinas, para lidiar con algo así, no pueden sino mostrarse soberbias, faltonas y merecedoras, cuando menos, de un príncipe o un dentista como dice el Lichis en “la lista de la compra”.

Mira por dónde Pau solo tiene veinticuatro años. Fumaba un cigarrillo a la puerta del restaurante donde trabaja, cuando me acerqué a preguntarle por la salida más rápida hacia el aeropuerto. Su respuesta se inición con un “ehhhteeeee….” y yo sentí unas ganas increíbles de correr hacia una farmacia a comprar sal de frutas. No lo hice porque era delgada, morena, guapísima, con un delantal blanco que por algún lado dejaba entrever unas preciosas y bronceadas piernas. Incomprensiblemente, fue amable, simpática, sensual y humilde, mientras mostraba cierta tristeza en esos ojos que miraban reclamando una desinteresada ternura. Tras las explicaciones, se presentó, me plantó dos besos y compartió conmigo todo el tiempo que permite un cigarro más que aprovechado, casi hasta quemar los labios. Gracias a que su jefe la reclamó y a que mi hjo me esperaba en el coche, pude salir de la isla sin tenerme que quedar a vivir con ella porque, en lo que dura un cigarrillo, me embrujó, me desarmó, me encendió, y me rogó volver a ver estos ojitos, que se quedaron tan tristes como una canción de Gary Moore, tan “blues”, como el mar que nos separaría en apenas unas horas. Se despidió con un beso y yo, lejos de recordar el mejor camino al aeropuerto, casi me pierdo, física y emocionalmente.

Por no soltarme de la península, olvidé pedirle su número de teléfono, prefiero quedarme con la casa invertida a la entrada del parque y ese nombre que ya no podré olvidar, tan mallorquín, tan espiritual y tan propio para la ocasión que solo se podría llamar Sanima. Desde luego a mí me animó más en un cuarto de hora que todas las Merkel y las Schiffer que vi en las playas de muro. Para seguir escribiéndote detrás de esta coherente paranoia, uso a Pau para acariciarte el cuello, meter mis dedos en tu melena, sentir tu piel mientras me acerco a tu cara y besarte en los labios sin el carmín que se ha llevado la colilla caída en el asfalto.

Atrás quedan cuerpos esculturales cubiertos por rubias melenas, inmóviles al sol tras unas gafas verdes de espejo, el lujo, el glamour y mi indiferencia ante los coches deportivos americanos, yates, fuerabordas y lanchas rápidas que se cuelan entre los mástiles de mil veleros atracados en el muelle o echándose a la mar, playas infinitas de arena blanca y un mar de aguas transparentes tibias como caldos olvidados, calas entre acantilados flanqueadas por naturales obeliscos que se quieren asomar entre las nubes, Sa Calobra, S´Amarador…curvas imposibles de camino a Formentor, cabras silvestres que se atreven incluso a posar para una foto, castillos desafiantes sobre conglomerados, limolitas y las calizas que fabrican caprichosas columnas en cada karst, el estruendo de las olas rompiendo bajo la luna llena contra las oquedades de las rocas y ese verde intenso de las hojas de las palmeras, los pinos y la hierba en mi jardín. Atrás queda la catedral, la plaza mayor, un museo de Dalí, la Lonja y las fachadas góticas de la plaza del mercado, la muralla, mil fotos de familia rota con el fondo verdiazul, verde como la esperanza y azul (blue) como mis ojos, tristes por no verte, tristes como el cielo y el mar que nos unen y nos separan, como esa canción que tarareo si te recuerdo, como todo cuando no estás tú.

Atrás quedan Pau, Mallorca, y toda una vida contigo sin ti. Quizás te vea en el aeropuerto, en el avión, robándome un taxi o mirándome en el metro. Por si acaso, este boludo te hará un chiste, jugará con los mariscos, las conchas, las jodas, te ofreceré un pucho, te confundiré hasta creerte hueca y justo antes de que te las tomes, te tomaré y te cogeré mientras te doy más de un chupón.

Querida mía, ve con Dios. Yo iré con vos.

El detalle

   Según dicen, el cuerpo humano es un setenta y cinco por ciento de agua (más o menos), que la cara es el espejo del alma, que aquellos que no tienen espíritu son un trozo de carne con ojos y, los más radicales, que el cuerpo es la parte inservible de los genitales. A mí me gustan los detalles…incorpóreos.

Con los colores de la selección, por bochorno, mirando hacia lo más profundo de tu alma

Querida mía:

Hoy he escuchado que Paquito, ese cura que viste de blanco, “con gesto de humildad” ha reconocido que le gustaría ser recordado como “un buen tipo que hizo lo que pudo”. ¡Joder, la cagamos, Luis! (que dijo Carlos Sainz). Que diga yo eso (lo del buen tipo) bien estaría, pero que lo diga Paquito … ehhteeee …vihhteeee. ¿Para qué cojones han elegido los católicos a un cura y lo han vestido de blanco si la caga como la cagó Casillas tocándola con el pie? A ver, se supone que, tanto Casillas como Paquito, son modelos, que marcan un camino, que la gente pretende seguir sus pasos. Pues bien, Paquito debió completar la puta frase para no caer en el egocentrismo y decir “me gustaría que me recordaran como un buen tipo, que hizo lo que pudo….como yo haré lo que pueda para mejorar, aunque solo sea un poquito, este mundo que le voy a dejar a mis hijos” Ese es el mensaje que tiene que dejar un líder, un mensaje de proyección y continuidad sobre todos sus seguidores. Sí, Paquito, la has cagado, so pendejo, a nadie le importa que seas un buen tipo si no vas a dejar alguna semilla que dé sombra el día de mañana.

Para mí la importancia de estos detallitos es crucial. Por poner algunos ejemplos, el oxígeno forma parte del aire que respiramos en un veintiuno por ciento, por lo tanto no tiene mayoría absoluta, la tiene el nitrógeno con el setenta y ocho, pero si la proporción del oxígeno varía en un uno o un dos por ciento, el desastre es total. Con el dióxido de carbono (CO2) la cosa es más gráfica. Tiene minoría absoluta (como Robe Iniesta en su disco del 2002 que yo recomiendo encarecidamente escuchar) pero pequeñas variaciones de esta presencia en la atmósfera nos está poniendo contra las cuerdas: efecto invernadero, subida de la temperatura global del planeta, cambio climático, tratado de Kyoto… por un mísero uno por ciento.

En el cuerpo humano, los oligoelementos participan en una proporción de cinco por diez mil y afectan a nuestro tiroides, a nuestro hígado y a todos esos órganos y glándulas que nos hacen estar de buen o mal humor, sentirnos cansados o eufóricos e inciden fundamentalmente en nuestro comportamiento social. Y hablando de comportamiento social, tengo que rasgarme las vestiduras cuando me entero de que, para la coronación de Felipito como nuevo rey de España, han sacado pastilleros, pañuelos, galletitas y hasta combinados alcohólicos para recordar la memorable celebración de tan singular gilipollez. Y yo me pregunto: ¿qué puto oligoelemento hemos perdido de forma colectiva para que nos volvamos de repente gilipollas y nos centremos en un acto tan anodino como ponerle una mierda de corona a un nuevo “cero a la izquierda” que no necesitamos para exportar la marca España?

Mientras sufrimos por la selección, don Mariano prepara una batería de medidas, con un abanico de amplio espectro que nos vuelva a dar por culo durante una de las cuatro décadas que ya logró su maestro. Casi prefiero que la selección chilena nos meta otra manita por el culo para que a don Mariano le salga rana el intento y se encuentre con la Moncloa asediada por algunos insurrectos que demuestren que no todos los oligoelementos se han perdido.

Me alegro de que los mejores artistas del jueves hayan decidido ir por libre y luchen por sacar una publicación que no obedezca a la censura de la casa real. Brindo por ellos y por todos los buenos tipos que hacen lo que pueden porque el mundo sea un poquito mejor de lo que nos hemos encontrado, por mucho que vayamos a necesitar varias generaciones para recuperar algo de los desastres que hemos venido sembrando, en lo ambiental, en lo social y en lo humanitario.

Ya ves, querida mía, yo me quedo con tus ojos cuando me miran, con tu boca cuando me dice un te quiero, con tus manos acariciando mi cara, con tus labios besándome, con tus lágrimas, tu aliento, tu deseo, tu ternura, tu rabia por una injusticia, con todo eso que seguramente no es más que una ínfima parte de los veintiún gramos que pesa tu alma.

#extremoduro Muy Extremo

¡¡¡¡Ama, ama, ama y ensancha el alma!!!!

En la cruz, junto a la otra del monte del olvido después de la gran noche.

Querida mía:

No diré que soy seguidor incondicional de estos irreverentes desde el principio de los tiempos. Como a la mayoría, mi devoción me llegó con la grabación de agila, si bien muchas canciones de sus primeros discos ya me gustaban. Luego, retomé la primera parte de su discografía y llegué incluso a los tiempos de Platero. Como tú también eres fiel admiradora de ellos, no te hará falta tirar de google para entender lo que quiero decir cuando cite una frase de alguna de sus letras.

Ya he asistido a varios de sus conciertos y tengo que reconocerles la entrega de que hacen gala en directo. En el último se han pegado tres horas intercalando un descansito de veinte minutos. La puesta en escena también me gustó mucho. No te lo voy a contar por si te da por ir a verlos a lo largo de la gira que tienen prevista para este año. Lo peor han sido los precios de la barra (siete eurazos por un maceto de cerveza) y la falta de previsión a la hora de instalar urinarios, más que nada porque tuve que terminar enseñándole la chorra a la mitad de la concurrencia y no es plato de gusto, al menos para la parte femenina. Espero que tomen buena nota para mejorarlo en adelante.

De este grupo me gusta casi todo. Como Robe es tan feo, hasta las niñas le prestan atención a las letras y es ahí donde este rebelde lo borda. En el argumento se parece un poco a mí, es decir, lo hace como le da la gana, soltando un taco si se lo pide el cuerpo y protestando contra el sistema tachándolo de hipócrita, egocentrista, endogámico y hedonista si me apuras. Aparte, esconde un lamento, ternura y espíritu inconformista, sostenido en el desamor. Seguramente muchos se han roto la garganta terminando la frase "me subo a lo más alto de la locura, me encuentro a mi princesa hablando con la luna, echándose carreras…".

Las niñas tampoco se fijan mucho en mí. Me reconocen buena gente, sensible, hablador y protestón, por eso, de cada canción suscribo al menos el ochenta por ciento del contenido. Robe lo hace en verso, con esas rimas asimétricas, callejeras y espontáneas  que evidencian romanticismo y pasión. Yo lo hago peor y en prosa, pero gano muchísimo menos dinero, es más, no gano un puto duro y hago encaje de bolillos para llegar a fin de mes. ¡Qué despropósito, que este mundo no pague al mejor de sus traidores, mira que Viriato me lo enseñó claro! Y yo, como buen Viriato y buen idiota me juego el tipo mirándote a los ojos.

El grupo nos regaló un tema aún inédito acerca de la rana que estaba cantando debajo del agua, soñando con ser príncipe. Otra vez me volví a ver reflejado bajo el agua turbia del charco y enlazando con otra de sus frases, perdidito me encontré a una princesa, me encontré entre sus labios cuando besan (justo después de ganar la carrera con la luna) y me pusieron una corona, como mandan los cánones, esta vez de espinos. Por un tiempo me sentí príncipe hasta que desapareció y, dando saltos, me volví a esconder entre los juncos y ahí, veo a miles de sapos pidiendo besos, a otros miles corriendo a esconderse bajo el agua, a miles de princesas arrodilladas buscando a mis congéneres y a otras miles comiendo moscas, solo por joder. Yo, sigo mirando a la luna, por si detrás de ella saliera amapola, me cogiera la mano y dijera que sola no comprende la vida, no… y me pidiera, más, más, más, más, dame más…

Pero qué va, en lugar de eso, sangre negra de esta herida brota y lo seguirá haciendo hasta que vengas a coserme el alma. Sé que he perdido batallas, pero no me amarga el sabor de la derrota, del fracaso ya he sido compañero, me acurruco al calor de mis pelotas y me fijo en cómo les crece el pelo, porque ya no soy un sapo, ya, aunque renqueante, me alejo por el camino de las utopías, tortuoso, estrecho, lleno de saltos de fe y dejando atrás espejismos, esperándote mientras camino, esperando como esperó Prometeo, viviendo a veces en stand by y no perdiendo el tiempo,  gastándolo en salir, beber, el rollo de siempre, hablar con la gente, llegar a la cama y joder que guarrada sin ti…

Quisiera regalarte algo, aunque fuera solo una piedra, más como no sé dónde estás, enviaré un mensaje por el móvil con un te quiero, por si lo recoges de camino al satélite. En él va mi espíritu imperecedero.

El cambio

Dicen que no hay que dejar camino por coger vereda, pero quienes lo hicieron descubrieron nuevas rutas, levantaron nuevos puentes y aceleraron el progreso.

Hoy no veré la luna, santa Joaquina de Vedruna. A cincuenta horas del concierto.

Querida mía:

Como sabes, mi último fracaso sentimental me ha llevado a sacudir fuertemente la cabeza y a tratar de comprender todas las cosas que no me encajan en la mente. La única neurona que ocupa mi cerebro de ameba se ha visto desbordada por el denodado esfuerzo que conlleva digerir todo un máster sobre mujeres. Creo que si no lo dejo pronto Rayman va a parecer, a mi lado, un premio Nobel de la sicosociología.

Seguramente Terry leerá esto y seguramente sacará conclusiones basadas en su propia experiencia haciendo gala de la empatía que suele profesar. Resulta que, volviendo a lo que te he comentado en otras ocasiones, estoy convencido de que no estamos preparados para asimilar la multitud de cambios que nos hemos propuesto en los últimos cincuenta años. Para hoy, te vengo a contar algo de mujeres.

Hace no demasiado, la inmensa mayoría de las mujeres no estudiaban. Apenas pasaban unos años en la escuela, lo justo para aprender a leer, a escribir y a resolver unas cuentas básicas que les permitieran hacer la compra sin gastar más de lo necesario. Lo siguiente era ayudar en casa, aprender a limpiar, a coser, a cocinar y a gestionar las tareas domésticas para, el día de mañana, convertirse en buenas (sumisas) esposas. No había muchas posibilidades de viajar, así que el candidato estaría en el mismo pueblo o, como mucho, en un pueblo de alrededor. Solo se podía tener un novio así que una buena elección era cualquiera que no fuera bebedor, mujeriego o violento. El hijo del riquillo del pueblo seguramente se marcharía a una ciudad mayor, así que era inalcanzable.

Hoy nuestra “evolucionada” sociedad plantea necesidades de igualdad. Hacemos apología de que todos los individuos deben reconocerse con los mismos derechos, con independencia de su sexo, religión, raza, edad…y por ahí las mujeres empiezan a sufrir una paranoia que termina identificándose con la bipolaridad. Se mire por donde se mire, a día de hoy la mujer quiere para sí los derechos que han tenido hasta ahora los hombres y se ven en la disyuntiva de pasar por puta o por cateta.

A mí todo esto me preocupa y me da pena. Veo todos los días a la mayoría de las mujeres queriendo nadar y guardar la ropa. Los hombres en ese aspecto lo tenemos más fácil “cuantas más tías te tires, mejor, más machote” y hablando de la igualdad, terminamos ironizando “yo no sé si soy niño o niña, porque con estos pedazos de cojones no me veo los patucos”.

Y en esto andamos, querida mía. Un día vamos a manifestarnos en defensa del “orgullo gay” y otro día estamos escandalizados porque un conocido ha salido del armario. Un día reconocemos a una mujer moderna porque nos da sexo sin compromiso a cambio y al día siguiente es la puta que se lo ha dado también a nuestro vecino. Un día una tía quiere follar contigo en el cuarto de baño de un bar y al siguiente otra te reprocha tu descaro por querer besarla.

Yo no quiero hablar de igualdad, porque eso conlleva el reconocimiento de muchas diferencias y yo solo veo una: la que está entre las piernas. Yo quiero ser tu amigo, tu amante, tu cómplice, tu compañero, tu apoyo, quien te abraza por la calle, te coge de la mano, te lleva el desayuno a la cama. Quiero entender que estar encima o debajo de alguien es solo una postura en la cama, que mis virtudes y tus defectos son solo motivo de otro chiste idiota, que tus problemas son nuestros retos y mis alegrías tu aliento, que tu generoso escote, donde se caen los ojos de otros hombres, me regala cada noche otra partida mus y yo…yo envido.

Víctima y verdugo

Detrás de un hombre hay una gran mujer y detrás de ella… su esposa.

Desde un rincón mal triangulado, menguando la luna y cada vez menos lejos del cataclismo

Querida mía:

Hace más de dos mil años Sócrates ya se rasgó las vestiduras por una sociedad corrupta que lo acusaba a él de corruptor y, curiosamente, por ello terminó bebiendo cicuta. Las cosas hoy no están mucho mejor. Me explico.

Si bien queremos mostrar asombro por la primera plana de algunos diarios, nadie nos engaña cuando se descubre públicamente otro caso de corrupción, fundamentalmente política. El que más y el que menos conoce algún caso muy cercano e igualmente escandaloso que, por miedo, o por falta de compromiso, solo se atreve a comentar con sus conocidos más allegados en la barra de un bar o en su lugar de trabajo. Hoy venía en una revista que han imputado a varios altos cargos de una empresa pública por cobrar en orgías y bacanales parte del presupuesto de una obra. Por eso y por la crisis, es por lo que he dejado la prostitución encubierta y me planteo comprar un cubo de vaselina para evitar más desgarros. ¡Hijos de mala madre…!.

El día a día es más crudo. Nadie se interesa por las injusticias que cabalgan a nuestros lomos, pobres pringaos, pagando desatinos y vicios a los peores desalmados que se han atrincherado en urbanizaciones de lujo para evitarnos el nauseabundo olor que desprenden sus podridas colonias.

Uno de los últimos regalos que nos han hecho los políticos para atraer el voto femenino ha sido la ley de igualdad. Nos costará un riñón. Con esto solo se ha conseguido que el látigo que nos fustiga cambie de tirano.

Yo siempre he repudiado el machismo y me he batido el cobre contra aquellos que han ejercido el autoritarismo sexual desde el principio de los tiempos. Entonces se imponía la fuerza, el descrédito y la supremacía masculina haciendo alardes de superioridad en el cociente intelectual (que vendría a decir nuestro amigo Cañete). Tanto afán de igualdad nos ha convertido en homosexuales, emigrantes, discapacitados y hemos ido corriendo a sacar nuestro carnet de discriminado, pero ahora pregunto yo qué demonios pasa con los que somos hombres, de los de toda la vida, de aquí, del pueblo, currantes, con brazos, piernas y una inteligencia reconocida más o menos en la media. ¿Quién nos protege a nosotros?

Yo particularmente estoy harto de escuchar gritar a las minorías y de tener que ir cediendo mi espacio a los radicales insurrectos que se llenan la boca de decibelios. Yo tengo amigos homosexuales, ayudo a cruzar la acera al del bastón, me cambio la camisa con el negro aunque huela fatal y no descalifico a la mujer que se acueste con todos menos conmigo.

Hoy me toca ser víctima de una mujer despechada. Para hacerlo gráfico, sigo los pasos de su anterior víctima y me convierto en maltratador sicológico. Ni mi víctima ni mis ahora nuevos detractores tienen huevos de denunciarme públicamente y pasan a mostrarme cierto desprecio. Ellos se han convertido en jueces supremos juzgando, sentenciando, condenando y ejecutando a quien, sin enterarse, ha pasado por víctima, verdugo y se ve con la guillotina cayendo desde tres metros de altura.

Esa hipocresía me indigna. Esa es la que me hace toparme con escombros en lugar de hombres y mujeres por la calle, la que nos pasará peor factura que la de los políticos corruptos, las hambrunas, las desigualdades sociales, las calamidades, las epidemias provocadas por laboratorios usureros y las guerras. Porque esa es la hipocresía que me impide encontrarte donde todo huele a lo mismo, a puto azufre y mi pituitaria ya no puede seguir el aroma de la flor que ocultas por miedo a que se la coma un burro.

Al natural

Gabriel García Márquez ha muerto. Viva el rey, como vives tú en mi memoria.

En mi cubículo, desde donde no se aprecian las flores del mes

Querida mía:

Aunque mi ciudad no huele a mar, en ocasiones se llena de turistas. En las últimas fiestas religiosas me llamó finalmente Quica para aceptar mi compañía a cambio de una ruta guiada por los lugares de mayor interés para los visitantes. Vendría Juana de la capital y pretendía para su amiga unos días, cuando menos, entretenidos.

Con eso se escribía mi guión. Ahí es nada hacer de bufón, guía turístico, relaciones públicas, taxista, escolta, pagafantas y mamporrero. A cambio, poder meter alguna cuña de autopromoción, filosofía, humor, ironía y estilo de vida…sin morir en el intento. Me salió bien porque terminé indemne y nadie juró asesinarme ni odiarme el resto de su vida.

Se unió Concha que para esos días también tenía previsto pasar unos días por aquí. Yo, que hago lo mismo a un homenaje que a un escándalo, decidí que todos juntos podríamos pasar una velada estupenda y, puestos a juntarnos, reclutamos a Evelyn y Pep tras coincidir con ellos en un restaurante tomando unas tapas.

Me confieso culpable de organizar este tipo de cócteles donde todos caben y todos son supuestamente responsables de sus actos, pero voy reconociendo que la gasolina y las cerillas no son una buena mezcla. En menos que Carlos Sobera levanta una ceja, Quica se había hermanado con Evelyn y se habían propuesto conocer a todo el que sostuviera un vaso y llevara pantalón.

Por el exceso de confianza, la verborrea recurrente y la exaltación de la amistad que provocan dos botellas de azpilicueta y varios botellines de cerveza, se secuenciaron varias conversaciones que encontraron su punto álgido en los tonos arbóreos de la copa y el tronco respectivamente. Para resumir, por el carácter latino que nos marca, sexo y escatología se alternaron y unieron por momentos para provocar sorpresa,  estupor,  asco, incredulidad, desaprobación… y yo, que nunca había visto tantas expresiones en tan pocas caras, empezaba a sentir una incómoda y tensa presión.

Entonces, entró por la puerta un tipo joven, bien plantado, guapete, con aspecto de legionario y cara de cordero degollado, los ojos de Platero y la juventud del cervatillo que pierde a su madre. Evelyn y Quica dejaron las conversaciones y se abalanzaron sobre Bambi, lo cual me permitió escabullirme de la multitud, acompañar a Concha a su casa y dejarle mi teléfono a Juana por si acaso su gsm dejaba de emitir una señal fiable. Finalmente, Bambi terminó haciendo de Platero poniendo en peligro los ojos de Quica y en evidencia la poca intimidad que otorgan unos tabiques de ladrillo hueco. Juana no pudo dormir.

Al día siguiente, Quica, Juana y yo discutimos sobre la naturalidad de lo escatológico que tanto azoraba a Juana. Siendo padres, Quica y yo aceptábamos de mejor grado aquellas evidencias de nuestra sucia humanidad. Los bebés suelen anticiparse poniendo cara de asiáticos, repartirse con sus progenitores y concluir con una sonrisa o cara de satisfacción que contagian a pesar del momento desagradable. De mayores no somos tan entrañables, pero en ocasiones no podemos evitar hacer una muestra de nuestra condición humana.

Aunque hace más de veinte años de esto, todavía suelto una carcajada cada vez que lo recuerdo.

En aquel pueblo los carnavales eran la fiesta mayor. Se colgaba a un burro del campanario de la iglesia y algunos radicales gritaban “así, así, la guardia civil”. Seguro que alguno los hubiera enviado directamente a la cámara de gas y yo… a ver, yo hice lo que pude.

Salíamos a una media de dieciséis carajillos diarios. Hacía un frío del demonio y no había otra forma mejor de entrar en calor. Llevábamos tres días de fiesta malcomiendo, multifumando y polibebiendo, de tal manera que sometíamos a una prueba muy dura a todos los órganos de nuestro cuerpo. En la discoteca más popular, donde se celebraban peleas de mujeres en el barro, se exhibían cuerpos sensuales llegando al destape integral y se montaban algunas atracciones, le llegó el turno al toro mecánico.

Tratando de seguir a mis amigos, me vi más apretado que los pantalones de Yola Berrocal y empecé a sentir una presión interna aproximadamente a unos cuatro dedos por debajo de mi ombligo. Miré alrededor y la suerte estaba echada. No había posibilidad ni de salir a la calle ni de llegar hasta un cuarto de baño, así que relajé mis esfínteres y recé para que aquello no terminara saliendo por el calcetín.

Afortunadamente, mis pantalones no se hincharon demasiado, pero empecé a notar un alivio interno y externo. Curiosamente la gente se apartaba de mi lado y comenzaba a abrirme camino adoptando un gesto que ni el mismo Ibáñez podría reflejar en sus dibujos. Yo, aprovechando que el bastón de Moisés volvía a obrar el milagro, conseguí subirme al toro mecánico y vengarme de la benemérita durante los diez segundos que conseguí cabalgar a la bestia.

Salí con la misma prodigiosa facilidad con la que había llegado hasta el ingobernable animal y, completando la cola, me agolpé sobre los que ya alcanzaban la salida quejándome de la mala baba del capullo que repartió las no menos de mil bombas fétidas por toda la discoteca.

Para mi alivio, más de uno culpó al dueño de la otra discoteca que ya había tratado de arruinar la diversión en este local por ver cómo sus clientes cambiaban de plaza. También amenazaban con tirar al hijo del dueño al  pilón como ya lo hicieran en otra ocasión por algo parecido. Teníamos cinco grados de temperatura máxima por aquellas fechas, pero reconozco que ese tipo nunca me cayó bien.

¡Las tías no se peen, qué va!- decía con mucha sorna uno de los adolescentes que me acompañaban en el grupo de bailes regionales del barrio. Acto seguido se apartaba de su sonrojada novia y lideraba la evacuación de la sala. Todos levantábamos el pulgar pidiendo que la culpable bajara el suyo reconociendo su desliz e imitando el gesto del césar romano pidiendo la muerte del gladiador vencido. Pero no, eso nunca ocurría. Las tías no se peen, qué va.

Y así, querida mía, con estas y otras discusiones que alejan a los hombres de las mujeres, nos empeñamos en esta soledad que nos durará cien años, trascendiendo a un cuerpo que no lo resiste, tú en Macondo y yo sin ti, acarreando hielo y robando con mercurio el oro de unos anillos que ya lucen negros en mis pulgares.

De luto

La desesperación no es más que la certeza de que aún hay esperanza.

En mi pueblo pequeño, sin saber cómo me mirará la luna esta noche.

Querida mía:

¿Sabes? Estoy harto. Harto de la política, de la gente cobarde y, entre otras cosas, de las tradiciones estúpidas que nos confieren un aura de idiotez y de seguridad que solo nos garantizan la muerte en vida. Creo que ya lo dije una vez y no es más que un eco de Miguel Ángel Cornejo: “si lo mejor de la vida es no tener problemas, comer, dormir y resguardarse del frío y de la lluvia en invierno, los animales más realizados de este planeta son las vacas” y créeme que no me siento precisamente una vaca, viendo que los números de la báscula día a día son menores.

Estoy viviendo un luto, sí, lo estás leyendo bien, estoy de luto. El otro día escuché un programa en la radio donde un psicólogo hablaba de eso. En realidad, un doble luto, aunque ahora mismo estoy eufórico. No todo va a ser hiel, ¿no?

Pues verás, este sicólogo decía que, coincidiendo conmigo, hemos sufrido demasiados cambios en muy poco tiempo. Apenas hemos empezado a digerir el primero de ellos y ya se nos vienen echando encima otros mil más. Recuerda que la revolución industrial, el éxodo rural y otras grandes variaciones en nuestros hábitos no pasaron hace tanto. Pues bien, en lo sentimental también estamos todavía asimilando las nuevas tendencias.

Entonces, la esperanza de vida era mucho más corta. Las familias estaban fuertemente consolidadas y, tanto las pretendíamos proteger, que nos inventamos la paga de viudedad. No digo que fuera un desacierto, al contrario, pero pone de manifiesto el reconocimiento de una desconsolada viuda enfrentándose a una situación más que crítica en lo emocional y en lo económico. En lo segundo por haber dedicado su vida fundamentalmente al cuidado de los hijos sin procurar el sustento económico que llegaba a casa de manos del malogrado padre. Era habitual verlas trabajando como empleadas de otros hogares para poder mantener el suyo propio y convivir con sus madres para contar con más recursos y reducir gastos.

En el aspecto afectivo la cosa no pintaba mejor. Las viudas se quedaban guardando la ausencia de los maridos muertos vistiendo de negro para recibir la pena y la compasión del resto de la sociedad. Yo de pequeño veía esto continuamente, de hecho, mis abuelas vestían siempre de negro.

Los matrimonios eran para toda la vida, con independencia de que hubieran salido bien o mal. La ley del divorcio llegó con mucha timidez y a día de hoy muchos matrimonios se empeñan en seguir con sus amargas vidas a fin de evitar los comentarios de sus tradicionales familias de origen. Así, la pérdida del cónyuge, sobre todo del marido, traía una desgracia a la familia que no se podía levantar ni con una grúa. Para los descendientes unigénitos quedaba el estigma de la presentación: “soy fulanito, no hice la mili por ser hijo de viuda”.

Ese sentimiento de pérdida conllevaba un proceso de adaptación dividido por los sicólogos en fases. Unos dicen que cuatro, otros que siete, otros se inventan cosas nuevas… en fin, para ponernos de acuerdo, digamos que hay una fase de negación, otra de rabia, otra de negociación y la final, de aceptación. También advierten los expertos que estas fases pueden no seguir este orden y que la duración, la intensidad y las secuelas que pueden dejar cada una, varía con cada caso.

Esta teoría se ha hecho extensiva a las relaciones amorosas modernas y ahí es dónde me pilla a mí con todo el equipo. Pronto hará un año que mi matrimonio se rompió definitivamente. Para mí esta ruptura fue el peor de mis fracasos porque siempre entendí que la familia, mi familia, era lo más importante en mi vida (joder, parezco Vito Corleone). Nunca me importó sacrificar otras metas, profesionales o personales, pero la familia siempre supuso la prioridad sobre todas las cosas.

Pese a todo, mi matrimonio nunca funcionó. Yo esperaba que las asperezas se limaran y se aunaran los esfuerzos por un objetivo común. Perdida la esperanza y el ánimo, determiné buscar un camino que me llevara a otro sitio que no fuera el matadero emocional. Fue esperado pero duro. Se suma que en estos lutos la otra parte no se muere y a eso es a lo que no estamos habituados. Incluso puede ser peor, es decir, la parte contratante de la segunda parte, a diferencia de los muertos, puede volverse hostil y heme aquí certificando ese extremo.

Sin haber empezado a disfrutar las primeras fases de mi luto particular, me aventuré en otra relación que me prometía la tranquilidad, el afecto, el cariño y, por supuesto, el amor que entendí perdido o nunca hallado en mi relación matrimonial. La cosa no se prolongó ni seis meses. Esta vez fui yo quien resultó abandonado, así que me vi mezclando fases y sentimientos de ambas rupturas. Considerando lo anterior, tuve momentos en los que no sabía si estaba saliendo de una fase o entrando en otra, se aglutinaban y alternaban momentos de euforia, con ira, dolor, depresión, negación, esperanza, aceptación… vamos un caos emocional que no sé cómo no me dejó en estado catatónico y, a día de hoy, no tengo yo muy claro si lo estoy.

Ya todo esto me resultaba familiar. A un amigo le ocurrió algo parecido unos años atrás y yo, por pura precaución aunque soy ateo, le puse una vela a San Judas Tadeo para que me librara, de entre todos los males, de este en concreto. Si me entero de quién fue el hijoputa que sopló la vela, lo envío a galeras para el resto de su vida.

De la segunda ruptura me quedó la incomprensión como fase más pertinaz y arraigada. Traté de buscar consuelo en una explicación que solo he encontrado oculta en la cobardía. “Pesado” fue el último calificativo cariñoso que me llegó de su parte, ¿no te jode? Pesado por tratar de encontrar una solución, una explicación, una forma de recuperar la relación que se me antojaba la más intensa y correspondida que había tenido en mi vida. Pesado, sí, muy pesado, es posible. Por no serlo traté de ir de puntillas. Pesado es la palabra que escucharé mil veces de mi hijo al que quiero más que a mi vida. ¡Que se joda si le ha salido un padre pesado! Cuando sea padre, le reconoceré la competencia si su hijo le devuelve el piropo.

Y con la pertinaz pesadez de un soñador, poco a poco vuelvo a reunir mis cenizas, a resurgir como el majestuoso ave Fénix y a sobrevolar el horizonte para encontrarte, tomarte suavemente por la cintura y transportarte hasta donde tus sueños y los míos iluminen más que el sol, más que Sirio, más que Dios.

Anacronismo

Con la mirada puesta en la soledad, no podemos evitar, de vez en cuando, desenfocar la vista, perdernos en el horizonte y caminar de la mano de nuestra, por un instante, excarcelada alma.

En mi pequeño pueblo, dentro de otro pueblo aún más pequeño, a deshoras…

Querida mía:


Ayer vinieron a verme, otra vez, los fantasmas del pasado.

Verás, siempre he tenido la sensación de que debería haber nacido quinientos años antes o quinientos años después.

Quinientos años antes porque hace quinientos años (vale, he exagerado un poco quizás) la palabra de un hombre, su nombre, sus ideas, su honradez, en definitiva, su identidad, era lo más apreciado por uno mismo, valorado por los demás y cualquier traición a sus principios merecía, cuando menos, la horca.

Quinientos años después, porque la evolución social de la que hacemos alarde delante de los demás, en la política, en la religión, en el sexo, en la igualdad y la justicia, en resumen, en el concepto antropológico del ser humano, no pasa de platónico y ya sabes que yo odio a Platón.

Ayer me invitaron a celebrar un cumpleaños. Sé que me eligieron porque era la mejor opción disponible y estoy seguro de que al final el resultado fue más que satisfactorio. Nos reímos muchísimo. Durante la velada conocimos a dos divorciados muy graciosos: Pedro y Rosa. Él, para no hablar, hacía gestos continuamente con cara de “vele ahí el sinfonié” y Rosa me prestaba el oído para escuchar cualquier incongruencia y agradecerla con una sonora carcajada.

Entrando ya en materias más profundas, Rosa negaba cualquier vínculo con Pedro que superara la simple amistad y Pedro gesticulaba poniendo en evidencia que Rosa le trataba como a un esposo. “No pidas otra cerveza, que nos vamos”, “mira, ya te has manchado la camisa”, “desabróchate algún botón que pareces un cateto” y otras frases similares al más puro estilo conyugal. A ella le preocupaba mucho si la gente creía que Pedro y ella estuvieran liados, por eso procuraba siempre que les acompañaran otros amigos y, por ahí, no pude callar. La gente tiene otras preocupaciones más importantes por las que interesarse – le dije - y no pierde el tiempo mirando por un agujerito para ver si los demás hacen esto o aquello, créeme que eso pertenece y debe pertenecer al siglo pasado, insisto, pasado – concluí.  Y así, le invité a girar la cabeza para preguntarle si, de los allí presentes, conocía vida, obras y milagros. Milagros no está, al parecer hoy se encontraba indispuesta – dijo Rosa.

El vino, las cervezas y los chupitos de vodka hicieron que las risas se mantuvieran hasta las tres o las cuatro de la mañana, dependiendo de si la hora la mirábamos en el reloj o en el teléfono así que el cansancio empezó a hacer más que acto de presencia. Antonia y yo nos despedimos de esta singular pareja y entonces aparecieron los fantasmas. De camino a su casa, comenzamos a analizar lo natural o antinatural de cada uno.

Antonia se empeñaba en etiquetar las cosas, todo tenía que responder a un nombre convenido. Si se trataba de amistad, no podía haber sexo, si había sexo no podía haber simple amistad. Para mí es al revés, las cosas son sencillas, no hay que ponerle puertas al campo. Como dicen los ingenieros, si algo funciona, ¡NO LO TOQUES! Las cosas primero son y luego se bautizan con el único objeto de mejorar la comunicación por economía del lenguaje. No es gratis, un resumen siempre sacrifica una parte importante del todo. Me resulta detestable cercenar esa parte del todo que excede al significado de una sola palabra. Seguramente, así se explica que nunca me hayan apodado “el mudo”.

La noche antes ya había tenido otra sobredosis de etiquetado, envasado y comercialización de sentimientos. Un par de chicas con veinte años menos decidieron tomar las de Villadiego cuando se enteraron de que yo ya tenía un hijo, como si eso me ubicara en el contenedor de desechables orgánicos. Y luego, más tarde, la sempiterna cantinela de “las mujeres somos complicadas” y “las relaciones son muy difíciles” con alguien que ya tenía dos vástagos, terminó de introducirme en el camión de la basura, accionar la prensa y enviarme directamente al vertedero, ahora conocido como ecoparque.

Creo que moriré con las botas puestas, defendiendo que todo lo anterior es simplemente fruto de la inseguridad. Admiro al colectivo homosexual cuando decide salir del armario y vivir libremente su sexualidad. Desde ese momento las puertas se abren como las de los salones del oeste americano y el viento renueva el viciado aire del interior. No voy a decir que los homosexuales estén más evolucionados por eso, pero no nos vendría mal al resto de machotes y machotas abrir un poco más la mente y olvidar definitivamente la triste idea de enlatar los sentimientos.

Con estas y otras sensaciones e ideas que nunca germinarán en la mente adormecida que alimentan nuestros políticos de hoy, llegamos a su barrio, a su calle y peleamos llegando casi al forcejeo intelectual.

Finalmente, dejé intacta a mi anfitriona en el portal de su casa, torné al bar de los conciertos en directo y música de los ochenta y besuqueé en silencio tus labios de cristal, recordando tu mirada, tus abrazos, tu sonrisa e imaginando que en algún momento vendrías a decirme “sí, quiero” estando tan lejos y tan cerca.

Filosofando

No sé en qué parte de esta historia perdí el argumento primario. No sé qué cojones me agobia si, como dice el calendario, vuelve a llegar la primavera y me molesta el sol… (Extremoduro).

Donde llegará el autor con su banda a cantarme irreverentes versos, eso sí, por casi treinta pavos.

Querida mía:

Me siento como transportado en el tiempo, como si me hubiera reencarnado después de dos mil trescientos años y recuperara la voz, las palabras y las ideas de mi antigua Grecia. Me veo inmerso en un mundo evolucionado, con aparatos de imagen, sonido y telecomunicación, con extraños cacharros que se enfrentan a nuestros ojos para hacernos la vida más cómoda y, de tan cómoda que nos la hacen, nos absorben el tiempo, la gracia y las ganas.

No procede que vuelva a mi vieja túnica, al barril, al pie desnudo, a prescindir de todo lo inservible, incluso del cuenco para el agua y demostrar al mundo que se puede vivir con muy poco. Hoy me costaría el ingreso en un siquiátrico. Es una pena pero todo sigue igual. Sigo en busca del hombre que nunca encontré y aparto escombros a cada paso que doy.

Tras comprobar las teorías de las corrientes filosóficas surgidas con posterioridad a mi primera existencia, me rasgo las vestiduras pensando en la Realidad Suprema, la Inteligencia, el alma y del culto a la introspección que practican aguerridos cobardes.

Si mezclamos el neoplatonismo con la religión cristiana, llegamos al misticismo, esa Idiotez Suprema (ahora sí) que nos atonta y nos echa a los pies de los caballos, considerando que nuestro estado de gracia es la comunión con Dios. Lo gracioso del caso es que comulgando con Dios o con ruedas de molinos no se consigue que las cosas se hagan solas, se limpien solas ni las piedras se rompan solas. “A Dios rogando y con el mazo dando”, decía un profesor que tuve en la universidad y lo ilustraba dibujando un mazo en un rincón del encerado.

Todo este rollo viene a cuento de que, por misticismo, por miedo o por vete tú a saber qué trauma infantil usemos como excusa, nos quedamos parados ante un cúmulo de circunstancias que nos anulan, nos condicionan, nos determinan, nos esclavizan… impidiéndonos experimentar por nosotros mismo lo que se supone que va a ser nuestra única, irrepetible, incomparable e inigualable vida. Me refiero a las decisiones que toman por nosotros los políticos, nuestros padres, nuestras tradiciones y nuestras creencias. Decir que “la intuición” está por encima del Ser es lo mismo que meter una zapatilla en una jaula y esperar a que cante o vivir “intuyendo” el número ganador de la lotería.

Querida mía, me he encontrado con mucha gente así. Sin ir más lejos, el otro día escuché a unos locutores de radio recriminar a un entrenador deportivo por quejarse de una situación injusta en un enfrentamiento con su rival más directo. Venían a decir que no se podía ser quejica, que era de hombres aceptar las derrotas deportivamente y que lo contrario dejaba mucho que decir acerca de su integridad como hombre.

No puedo estar más en contra. Veo que siguen sin quedar hombres en ninguna parte. Yo entiendo que precisamente, erguirse contra la injusticia, denunciar comportamientos inadecuados, luchar por que las cosas cambien, incluso a riesgo de ganar impopularidad, en definitiva, tomar la acción, es lo que realmente nos hace hombres, seres comprometidos con nuestros congéneres y exentos de los miedos que se les suponen a los ignorantes y a los niños.

Querida mía, no tengas miedo y vive. Vive para mejorar este mundo que dejaremos en herencia a nuestros hijos y limpiemos de escombros todas nuestras ciudades en ruina.

Por si te llega

A cada santo le llega su día y a cada cerdo su San Martín.

Al norte de Mérida, cuando asoma tímidamente la primavera, a media luna creciente.

Querida mía:

Hace ya tiempo que te hablé de una chica a la que me dirigía cariñosamente como “gorda y carva” porque en su día yo le hablé de Cálico electrónico y ella a mí de la niña repelente. Desde entonces, gorda y carva ha quedado como nuestro especial “cari” que se dedican las parejas anodinas y empalagosas.

Hoy tengo que ampliar esos calificativos porque, como empezaría diciendo el de la sempiterna cadera doliente “me llena de orgullo y satisfacción…”, pero todavía no lo diré. Lo haré más tarde.

Pues bien, nuestras conversaciones han versado sobre las decisiones importantes de nuestra vida, en concreto aquellas movidas por la inercia y la tradición, prometiendo un camino cómodo y un final feliz. Lejos de eso, pagamos abusiva factura por la pifia de quienes dicen querernos bien.

Carla, como yo, como muchos otros, o como posiblemente tú, inició el proceso familiar con un matrimonio en que del todo no creía. Él no era feo, al contrario, se podría decir que bastante guapo, con buen cuerpo, labia, sentido del humor y muchas otras cosas que valoran nuestras madres. Me refiero a lo de ser trabajador, no alcohólico, no violento y no mujeriego (lo de ser celoso obsesivo, posesivo, compulsivo… no venía incluido en las opciones de selección de nuestras madres).

Ella hubiera deseado la suerte de la fea y recibir alguna oferta más del sexo opuesto, pero tuvo que aceptar de buen grado ser la envidiada esposa de aquel chollo o partidazo descendiente del mismo Adonis.

Carla me confesó que le producía terror pensar que sus hijos podrían sufrir las consecuencias de su error mientras yo le advertía que sufrirían más si perdían a su madre o esta se tornaba en un trozo de carne con ojos. También me reconocía su miedo a la soledad, pero yo le recordaba que, peor que estar solo, es estar con alguien que hace que te sientas solo. En definitiva, temía que lo anterior la hiciera derrumbarse como lo hicieron las torres de Manhattan.

Yo me adelanté. Yo también temí lo peor si decidía divorciarme y lo peor vino. Aun así, me alegré de hacer lo que hice y decidir por mí mismo. A día de hoy, gracias a esa alegría he podido compensar muchas tristezas. Poco a poco, me siento más hombre, más fuerte y más seguro.

Con el paso del tiempo he ido conociendo a gente que, como yo, casi se ahogaron en su propia saliva hasta el momento de decir basta. Cada uno (y cada una) ha tenido sus particularidades, lógicamente, pero todos hemos sentido un temblor en las piernas, ataques de ansiedad, pérdida del sueño, de peso, de apetito (por supuesto sexual también) de coordinación, de humor, de coherencia, en fin, de reconocimiento ante el espejo tanto en el plano físico como en el sicológico.

Este bloqueo mental inducido por la pérdida de identidad que sufrimos con la vivencia de amargos años, termina dejándonos secuelas. No superarlo, puede llevarnos a un estado catatónico declarado en quienes mantienen un estatus social tan hipócrita como obsoleto y dañino.

Por eso, a día de hoy, querida mía, me pongo en pie, me quito el sombrero y aplaudo a esta gorda y carva por haberse convertido finalmente en una VALIENTE, sí, así, en negrita y con mayúsculas, por decidir ser la protagonista de su propia vida y unirse al club de los que empezamos dudando, aguantando, pensado, y finalmente adoptando esa frase de Charles Chaplin “Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme”, enfatizando “mis errores”.

Y tú, querida mía, no cometas el error de dejarte llevar por las habladurías, las tradiciones, lo supuestamente correcto, lo que te condena a la soledad y decide amarme y salir a mi encuentro por tierra, mar o aire, porque tengo a los tres ejércitos desplegados para encontrarte y traerte a casa.

Como agua entre los dedos

Es simple, muy simple. Lo dicen en los mandamientos de Dios y, como soy ateo, prescindo de lo de amar a Dios sobre todas las cosas y me quedo con lo de amar al prójimo como a ti mismo.

Al sur de Plasencia, uno de estos días de frío y lluvia intermitente.

Querida mía:

Después de haberte querido reconocer entre la multitud, cuanto más cerca te noto, antes te esfumas. A veces una cara, a veces un perfume, a veces una sonrisa o unas piernas o un comentario o un paseo con un perro… pero en algún momento, algo cruza mi mente y todo se pierde en el mar. Lo habitual suele ir acompañado de un sonido de cierre de cremallera, como ocurría en aquella serie “Ally McBeal”.

Y puestos a recordar, con mi compañero de celda, comentamos cómo se las apañó la flacucha de Calixta Flockhart para engatusar a nuestro Indiana Jones favorito y llevárselo al huerto. Joder, ya han pasado cerca de quince años de aquello y nosotros sin catarla…

Este fin de semana toca reflexión. Aquello de hacer un poquito de introspección, pensar en el pasado, en los recursos, en el futuro, en plantear metas y objetivos… vamos, una mierda. Mejor nos damos al bello arte divinizado en Baco y nos dejamos llevar por un ron cubano, unos peces de hielo, un chorro de algo negro y dulce y las patas, caras y tetas que acompañan las películas de tiros. Si la tía está muy buena, tiene que ser mala, así que morirá de forma despiadada, pero eso sí, al final de la peli, cuando se haya ganado el sueldo por estar tan buena y por las múltiples cirugías que habrá tenido que sufrir en su camino a la gloria. El del maquillaje se llevará el resto del presupuesto.

Seguro que tú, mientras, estarás hablando con tus amigas de lo que vais a hacer para los próximos carnavales. Esos trajes de los chinos no son lo más adecuado. Se requiere elaboración para demostrar quién tiene más arte, quién se lo curra más y para quedar siempre como la más “in” de todas por aquello de que la competitividad femenina siempre está presente entre vosotras.

A mi amigo y a mí, desde esta celda, no nos supone ningún problema si primero empezaríamos con la buena o con la mala y si luego nos las cambiaríamos gentilmente. Es lo que tiene no estar ni mínimamente interesado en ponernos una goma y salir a la calle a hacer el borrego vestidos de tontón.

El caso es que no termino de entender esa competitividad. En alguna ocasión me han comentado que es por el nivel de exigencia que planteamos los hombres sobre las mujeres. Tenéis que ser perfectas, estar siempre monas, ser unas señoras en la calle, mujeres en casa y… eso que se dice en la cama y que luego tampoco miréis a cualquier otro hombre que no tenga una tripa cervecera bien currada, eructe y se pea en la cama y en el sofá y ronque como un lechón a vuestro oído, masacrando a José Carreras o al mismísimo Alfredo Kraus.

Pues ya ves, nosotros no pedimos ni que sepan coger bien una pistola, que no cierren los ojos ni griten al disparar y que sean las petardas que siempre lo arruinan todo, las que no corren en una persecución, las que se tienen que quitar los zapatos de tacón para que no le salgan ampollas del quince, las que son apartadas por los héroes que siempre hacen de escudo humano y es que, después de una lucha intensa, una carrera maratoniana, un chapuzón desde el embarcadero, una paliza despiadada o incluso al levantarse por la mañana, están auténticamente divinas de la muerte.

Ya que he cumplido cuarenta y tantos, solo quiero ver contigo una acera llena de gente, un escaparate lleno de complementos que nunca acertaré a combinar, un camarero pidiendo perdón por el retraso o un petardo de la filmoteca que te había recomendado algún cultureta friky que se quiso hacer el interesante contigo. Pero tú, te empeñas en conseguir un alambre para presumir delante de tus amigas y te vas con ellas dejándome a los pies o mejor, entre las piernas de la actriz mientras te escurres como agua entre los dedos.

Con dos camas vacías

Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos. Ni yo mato por celos, ni tú mueres por mí. Antes de que me quieras, como se quiere a un gato, me largo con cualquiera que se parezca a ti…. (Sabina, con dos camas vacías)

En un pico de humor, cuando la luna ha terminado de crecer y aúllo como un lobo.

Querida mía:

Hoy estoy pletórico, eufórico, histérico, romántico, tántrico, metódico y, joder, esdrújulo.

Anoche me junté con la versión femenina de Tip y Coll, el amigo este con acento andaluz y la parte del coro rociero que pierde aceite. También estuvo el cocinero gay que viene a amenizar esas noches de solfa que empiezan mirando a una pantalla, hinchando las venas del cuello y terminan a las dos de la tarde del día siguiente echándole la culpa, cómo no, al puto hielo.

Como nos vinimos a juntar casi una decena, cada vez que salíamos a fumar un cigarro para poder conversar un poco y alejarnos del bullicio de las coplas de la Jurado, parecía que alguien se había fogueado. El local se quedaba en cuadros. Lejos de reconocer a tan asqueroso artífice, decidimos tomárnoslo por derecho y adoptar cada uno a nuestro propio pedo.

Una vez que me arruinaron dos melindrosas canciones (“my way” y “siento que te estoy perdiendo”) decidimos irnos a rellenar de gas al garito de los conciertos, ese en el que mientras unos paisanos cantan, te cobran cincuenta céntimos más por la galimba y sin promesa de sexo a cambio, ni siquiera con el camarero que ya se acerca a los cincuenta … años y no vale ni los cincuenta céntimos extras que pagas por la birra. Como ya los del coro se habían ido al taller, las humoristas a la cama y el amenizador a tomar por culo (supongo), nos quedamos solos el quillo y yo.

Allí había de todo. Una pandilla de ya no tan niñas, había decidido vestirse como los personajes de Grease con complementos a juego incluso. No faltaba ni un pañuelito de topos ni la Olivia Newton John buscando al protagonista de Pulp Fiction. Por más que sabíamos que una de ellas estaba algo desatada, no se nos ocurrió ir a buscar unos pantalones de cuero y dejarnos medio sueldo en gomina al más puro estilo de Mijatovic. Cerca de nosotros, había un grupito de chicas que se veían abordadas con cierta frecuencia por todos aquellos que buscan una excusa para meter en caliente y luego se tienen que ir dejando una moneda en la faldriquera de la pretendida, sin apuntar una muesca en la culata de su revólver.

El quillo se largó también y me dejó un aura de misterio ante la duda despejada de mi sexualidad, así que dos de estas chicas, que repartían más calabazas que el profesor de Zipi y Zape, se acercaron a mí con la intención, seguramente, de repartir las últimas unidades que quedaban en el remolque del tractor.

Qué pena, no pudo ser, tuvieron que llevárselas puestas. Me encontré con un colega que hacía mil años que no veía, nos contamos nuestro desdichado paralelismo en la búsqueda del amor perdido, del amor pagado y del amor es-fumado mientras sacó un poco de María para que nos diera un par de besos en la boca. En realidad con él fue más cariñosa. Me contó que tiene un grupo de rock, nos intercambiamos los teléfonos y me invitó a acudir a su local de ensayo los lunes y miércoles para echar unas manitas con la guitarra. Es posible que un día me arranque a preparar un monólogo y le haga de medio telonero los días en los que, por desgracia, toque jugar al Barça con el Madrid o con el Athleti.

Se hizo de día. Aullé a la luna desde mi coche aparcado en la plaza del centro y me volví a casa a abrazarte y besarte por mucho que tus besos me supieran a algodón. Al despertar, vi que otra vez en tu casa y en la mía, volvíamos a quedarnos ... con dos camas vacías.

Empatía



Aunque el término empatía viene a significar solidarizarse con alguien en una causa o en algún sentimiento, yo lo identifico más con ponerse uno en los zapatos de los demás y, de esta guisa, a veces me duelen los pies.

Donde todo empieza, mientras te añoro.


Querida mía:


He pasado un mes horrible. Ni siquiera mi aniversario ha contribuido a compensar la pena de haberte perdido por enésima vez. Esperaba un regalo, una llamada, o tan siquiera una señal que me iluminara en tanta oscuridad.


Se sumó otro malentendido, otra puta paranoia de alguien muy cercano que duró casi tres semanas. Se sumó otro plantón, se sumó otro ataque despiadado de quien calentó mi cama un tiempo atrás y otro contratiempo y otra desgracia más, así que, sin derramar una lágrima y consciente de que este era otro bajón propio de un período de picos dentro de un valle, relajé mis esfínteres y me dejé ir sobre todas las cosas.


Mi lista de tareas pendientes está más saturada que la bandeja de entrada de Julio Iglesias. La peor, la más angustiosa es la de volver a encontrarte, pero por más caras que veo y por más palabras que escucho sigo sin verte, sin oírte, sin saber nada de ti… sin saber si en algún sitio te escondes de tu propia realidad y me evitas para que crea que has dejado de existir. No voy a hacerlo. En algún momento saldrás de tu mundo, te dejarás ver y pasarás a mi lado mirándome a los ojos, sonriéndome, pidiéndome perdón por haberte resistido y haberme negado los mil años de felicidad que me dan un solo segundo a tu lado. Como la canción de Concha Buika o la de Alejandro Sanz, Volverás y yo que ya estoy loco de amor, yo voy y te perdono.


Empatizando con el resto del mundo, he superado mi marca queriéndome poner en tus zapatos de cristal y como calzo un cuarenta y cinco, he tenido que recurrir a métodos orientales para conseguirlo aun con los pies hechos trizas. Dar cuatro pasos ha sido una de las empresas más difíciles que me he propuesto conseguir y he llegado a la simple conclusión de que los zapatos de cristal deberían estar prohibidos.


Por eso, si un día decides descalzarte y tirarlos a la basura, no seré yo quien los eche de menos. He llegado a maldecir a la cenicienta y me he vuelto a poner mis martinelli para dejar que cada uno camine a su aire. Como mucho, te tenderé la mano y te ofreceré mi brazo por si decides apoyarte en él cuando camines con tus zapatos de cristal, de madera o de plástico.


Y ya que estamos, voy a dejar de buscarte. No lo haré más. Esta ansiedad me mata y me demuestra que por mil sitios que visite, por mil caras que vea y mil bares que frecuente, solo necesito una cara, una mirada, una sonrisa... y, como a los Reyes Magos, a Papá Noel y a otros personajes que tanto nos ilusionan, dejaré que te cueles por mi chimenea y vengas conmigo a cantar, a dar un paseo, a tomar algo, a esperarme, a desesperarte con mis ronquidos y a pedirme un abrazo y un beso mientras caminamos orgullosos por la acera a la vista de todo el mundo.


Mientras, ordenaré mis papeles, prepararé mi defensa, me pasearé por la playa y el campo a meditar y albergaré a algún amigo en mi casa cuando el concierto de aquel café haya terminado.

Menos mal que todavía nos queda el fútbol, ¿eh? Este año seguro que nos vemos las caras en Valencia…

Érase una vez



Y vivieron felices y comieron perdices… - Ya y voy yo y me lo creo (Shrek)
Sigo aquí, escribiendo cartas

Querida mía:

Cada vez que leemos o escuchamos una historia, lo hacemos con interés para saber cómo queda el final. No obstante, hemos oído también que lo importante es el camino y que el fin no justifica los medios. Nos importa demasiado el final, por eso, hoy voy a contarte solamente un pequeño fragmento de un cuento de princesas, príncipes y reyes que bien pudo ocurrir en un reino no muy lejano.

Dicen que un rey tenía al menos dos hijas. Lejos de encontrar un apuesto príncipe para sus princesas, vivió el infortunio de ver cómo sus respectivos príncipes se habían vuelto al charco.

De pronto, un mal día el rey cayó muy enfermo, se temía lo peor. Una de sus hijas, la más pequeña, se acercó a su cama para confesarle al rey que un nuevo príncipe había entrado en su vida.

El rey, sin apenas fuerzas para hablar y moverse, quiso adivinar si su princesa tendría la felicidad que todos los padres quieren para sus hijas y, como solo los padres saben hacer, le preguntó, cogiéndose el pecho con las manos, si ella se sentía querida por su apuesto príncipe.

- Mucho, papá, con toda su alma” contestó ella. Y el rey quedó tranquilo al ver el brillo en los ojos de su pequeña princesa y notó la fuerza con la que ella le apretaba la mano, sin poder ocultar el color sonrosado de sus mejillas.

Y el rey durmió tranquilo y el príncipe amó a la princesa como solo saben hacerlo los príncipes de los cuentos.

Lo que pasó después no quise leerlo. No me interesaba el final y me animé a escribirte esta carta por si un día salgo del charco y me meto en un cuento…el tuyo.