Aunque el término empatía viene a
significar solidarizarse con alguien en una causa o en algún sentimiento, yo lo
identifico más con ponerse uno en los zapatos de los demás y, de esta guisa, a
veces me duelen los pies.
Donde todo empieza, mientras te añoro.
Querida mía:
He pasado un mes horrible. Ni
siquiera mi aniversario ha contribuido a compensar la pena de haberte perdido
por enésima vez. Esperaba un regalo, una llamada, o tan siquiera una señal que
me iluminara en tanta oscuridad.
Se sumó otro malentendido, otra
puta paranoia de alguien muy cercano que duró casi tres semanas. Se sumó otro
plantón, se sumó otro ataque despiadado de quien calentó mi cama un tiempo
atrás y otro contratiempo y otra desgracia más, así que, sin derramar una
lágrima y consciente de que este era otro bajón propio de un período de picos
dentro de un valle, relajé mis esfínteres y me dejé ir sobre todas las cosas.
Mi lista de tareas pendientes
está más saturada que la bandeja de entrada de Julio Iglesias. La peor, la más
angustiosa es la de volver a encontrarte, pero por más caras que veo y por más
palabras que escucho sigo sin verte, sin oírte, sin saber nada de ti… sin saber
si en algún sitio te escondes de tu propia realidad y me evitas para que crea
que has dejado de existir. No voy a hacerlo. En algún momento saldrás de tu
mundo, te dejarás ver y pasarás a mi lado mirándome a los ojos, sonriéndome, pidiéndome
perdón por haberte resistido y haberme negado los mil años de felicidad que me
dan un solo segundo a tu lado. Como la canción de Concha Buika o la de
Alejandro Sanz, Volverás y yo que ya estoy loco de amor, yo voy y te perdono.
Empatizando con el resto del
mundo, he superado mi marca queriéndome poner en tus zapatos de cristal y como
calzo un cuarenta y cinco, he tenido que recurrir a métodos orientales para
conseguirlo aun con los pies hechos trizas. Dar cuatro pasos ha sido una de las
empresas más difíciles que me he propuesto conseguir y he llegado a la simple
conclusión de que los zapatos de cristal deberían estar prohibidos.
Por eso, si un día decides
descalzarte y tirarlos a la basura, no seré yo quien los eche de menos. He
llegado a maldecir a la cenicienta y me he vuelto a poner mis martinelli para
dejar que cada uno camine a su aire. Como mucho, te tenderé la mano y te
ofreceré mi brazo por si decides apoyarte en él cuando camines con tus zapatos
de cristal, de madera o de plástico.
Y ya que estamos, voy a dejar de
buscarte. No lo haré más. Esta ansiedad me mata y me demuestra que por mil
sitios que visite, por mil caras que vea y mil bares que frecuente, solo
necesito una cara, una mirada, una sonrisa... y, como a los Reyes Magos, a Papá
Noel y a otros personajes que tanto nos ilusionan, dejaré que te cueles por mi
chimenea y vengas conmigo a cantar, a dar un paseo, a tomar algo, a esperarme,
a desesperarte con mis ronquidos y a pedirme un abrazo y un beso mientras
caminamos orgullosos por la acera a la vista de todo el mundo.
Mientras, ordenaré mis papeles,
prepararé mi defensa, me pasearé por la playa y el campo a meditar y albergaré
a algún amigo en mi casa cuando el concierto de aquel café haya terminado.
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