Agridulce

Ojo por ojo y el mundo acabará ciego (Gandhi).

En cualquier parte, resguardado de la lluvia y el frío por uno de los años que me quedan.

     Querida mía:

    Anoche se entremezclaron miles de sentimientos en mi cabeza. Terminé llorando. Lo que peor llevo son esas cosas que no puedo comprender, por eso cito al maestro con una de las frases que reconozco como más demoledoras, convencido de que al final, si alguien no lo remedia (y Gandhi ya no puede) terminaremos todos ciegos. Unos de alcohol y drogas, otros de envidia y otros como víctimas o autores  de una venganza.

    Anoche se me juntaron esas tres cegueras. La de las drogas no, porque sabes que no las tomo, pero el alcohol…ay el alcohol, el barato alcohol, como decía La Unión en "el cielo en la tierra" que se me metió primero en forma de cerveza y luego mezclado con hielo desde Cuba en armoniosa compañía del producto americano por excelencia. Siguió la ceguera por la envidia de no tenerte, de no verte sonreír ante una de las miles de chorradas que se me ocurrieron, producto de la verborrea recurrente que aflora en los primeros estados de embriaguez, la envidia de los que parecían ser felices por haberte encontrado y subestimar todo lo que yo más ansío, la envidia de los que te tenían más cerca aunque hablaras inglés mejor que yo y consiguieras hacer diariamente más de diez kilómetros sin echar la papilla al terminar el primer hectómetro.

    Anoche llegó el sentimiento de ser víctima de una venganza, una inútil y desesperada intentona por truncar mi aparente felicidad y el frío devastador que se siente cuando todo queda arrasado al paso de tal ciclón, mientras repite el eco "lo primero es la familia" y la familia se va al garete, toda, ascendencia, descendencia y fraternidad, toda alrededor de una mesa maldiciendo esa vendetta por absurda y gratuita.

    Así que anoche acabé llorando y llorándote por no estar ahí, por no sentir un abrazo y un beso, por no ser feliz a pesar de haber tenido los miles de motivos que muchos hubieran deseado para sonreír y sentirse los héroes del barrio.

    Por todo y más perdí los papeles. Grité hasta la tercera escala maldiciendo tu nombre, tu vida, tu familia, tu retorcimiento por mandar aquellos mensajes…y él lo oyó. Supongo que no quiso dar crédito a sus oídos porque no hizo ademán de haberse sentido afectado, pero lo oyó y adivinó el mensaje. Valiente forma de protegerlo la de hacer que se sienta responsable de las iras egoístas de tu propia paranoia. Luego su cuerpecito se acurrucó a mi lado y me devolvió toda la dulzura que me habías arrebatado, se me olvidó incluso que existías, que me pudiera estar pasando todo lo que me pasó y todo junto.

    Anoche un niño me enseñó que la mejor respuesta ante el peor ataque es la indiferencia y la serenidad. Unos dinosaurios de plástico y una repetidora de juguete son capaces de sofocar todas las llamas que avivan tu ira.

    No sé cuándo volveré a verte ni en qué lugar ni en qué momento. No sé si aparecerás en una fiesta o en la cola del autobús, pero aunque solo sea por un instante, antes de mi muerte, deseo vivir lo suficiente para saber que estabas ahí para mí, por mil veces que me quites la vida, por mil veces que me arranques los ojos y por otras mil que me hagas llorar.

    Si nos quedamos ciegos, al menos nos quedarán las manos para acariciar, los labios para besar, la piel para sentir, los oídos para escuchar esas palabras tan dulces que algún día, por mucho tiempo, me tendrás que decir.

Qué gente

Ande yo caliente y ríase la gente. Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Dime con quién andas y te diré quién eres…

Querida mía:

Hoy toca hablar de quién y de la gente. Verás, estoy hasta las pelotas de todas las frases que decimos cuando no queremos decir algo y lo enmascaramos con estas impersonalidades. Pueden incluirse también las alusiones a “la empresa”, “el partido” y a los manoseados “un día” y “a ver si” sin olvidar al ínclito “¿Y si…?”.

Esta tarde me han vuelto a acusar, juzgar, sentenciar y ejecutar con unas cuantas vaguedades escondidas detrás de palabras como las citadas en cursiva o entre comillas. No me han reunido el valor para ponerle a todo eso ni un solo nombre, ni una sola fecha y, ni mucho menos, un argumento. En contra, se ha apostillado con un “ya te enterarás”. Y digo yo “pues como tenga que enterarme con esa información, voy de culo” porque mi cociente intelectual no da para tanto.

Me han advertido de que mis colegas, mis conocidos, mis allegados y otros individuos que al parecer he reconocido en mi entorno más afín, se han aventurado a rajar y despotricar de mí ahora que se han enterado de mi nueva situación. Es curioso que hayan guardado silencio durante todo este tiempo, para venir a cobrar venganza cuando en teoría el árbol está ya caído y solo queda escupir sobre él.

Pues bien, me la suda, hablando pronto, mal y claro. No sé si se dan cuenta de que ese comportamiento solo les beneficia por elevar su mejor calificativo al concreto de “rastrero”. Si yo estuviera en el lado que presta el oído, me rasgaría las vestiduras al recibir la valiosa información que deja a la altura del betún al interfecto y a la altura de la idiotez al receptor. Que vayan a insultar a su puta madre…

Lejos de esto, nos encontramos con la persona doliente, ávida de victimismo, recociéndose en su propia amargura golpeándose el pecho con una piedra para purgar las afrentas recibidas durante un tiempo más o menos largo, sin conocimiento siquiera de su existencia.

“La empresa ha decidido prescindir de sus servicios”. Venga ya, cobarde hijo de puta, di que vas a meter al marido de tu querida para tener controlados sus horarios y de carambola te quitas al capullo que evidencia tus incompetencias, tus mangoneos y tu complejo de inferioridad escondido en un puestecillo que te permite escupir los pelos que te has tragado comiéndole el rabo a tu inmediato superior.

“El partido ha decidido aceptar la dimisión de …”. ¿De quién, del que se pasó metiendo la mano en la caja y va a servir de chivo expiatorio para todos los demás chorizos que le obligaron a sacar la sardina de las ascuas, o del que votó en contra una propuesta para cargarse al único que demostraba tener algo de sentido común?

“Un día de estos quedamos y nos tomamos algo”. Ya, una mierda pinchada en un palo. Es verdad, categóricamente, que esta es la frase que se dice cuando no quieres tomarte nada con el pedorro o la pedorra que te saluda por la calle solo por hacer el paripé mientras afila el cuchillo que te clavará por la espalda, justo donde esta pierde su nombre.

    “¿Y si te pilla un autobús?”. Pues si me pilla un autobús, tendré por unos segundos la sensación de estar vivo para luego estar menos muerto de lo que estoy ahora mismo, dejando de hacer lo que tengo que hacer por tener miedo de salir a la calle. Que tengan miedo ellos, los violadores, los asesinos, los proxenetas… porque les estaremos esperando para hacer justicia de una vez por todas.

Vale, es verdad que en esta carta mi lenguaje supera con creces los límites de lo soez, pero no se pueden escribir dulces o sutiles palabras cuando el contenido provoca arcadas y los paños calientes han pasado a formar parte del patrimonio de “los otros”.

Y sí, me has pillado. En esta carta yo también hablo de la gente y no escribo un solo nombre. Ni tan siquiera el mío. Yo también soy un cobarde, pero solo por el tiempo que me lleve conocer a mis enemigos para poder enfrentarlos cara a cara, portando un espejo que les devuelva su amarga realidad.

Carta esperanza

No me quiero burlar de la literatura ni de los ríos de tinta que han corrido sobre papel, pero tanta palabra no ha servido para que cada día, tanto hombres como mujeres, afronten la vida sintiendo orgullo por llevar esa bandera.

Querida mía:

Hay quien dice que mis cartas son duras, pero a la vez destilan cierta ternura, cierta sensibilidad. Otro día hablaré de quién y de la gente

Dices que estaría bien que hiciera poesía y, digo yo...

Por rimar, no rimo
Ni arrimar me arrimo
Al mimo
Fui por agua
Y volví sin cántaro
Fui por leña
Y volví sin hacha
Fui por amor...
Y aún no he vuelto
Estoy sin nada
Vacío
Como la caja de un tambor
Rogando al mundo una vela
Una luz
Un hálito de esperanza
Una fuerza, una templanza
O acaso tú O acaso al mismo Dios
Que me arranque lo profundo
Que me saque de este mundo
Que sin ti ya no soy yo

Y no juro
Por mi vida
Derribar ni un solo muro
Provocar ni tal afrenta
Que se sienta
Que un día un tipo duro
Maldijo su desatino
pidiendo por mil caminos
una razón.


Y dicho esto, querida mía, todo queda en nada porque en unos minutos volverás a ser la misma, a coser pantalones, a ver telenovelas, a hablar con tus amigas de las cortinas que tienes pensado elegir para el salón. No ahondará en tu sentimiento, ni forjará tu carácter ni te animará a apasionarte un poco más con las cosas del alma. Tan solo, con fortuna, llegaría a estremecerte un poco, a hacerte sentir algo por unos instantes pensando en que, conociéndome como me conoces, habré querido decir esto o aquello y, en tumbarlo vengo yo a volver a decir

¿Qué es poesía?
Por perdida ya la di
¿qué es poesía?
Dices mientras clavas tu pupila
En mi pupila azul
Y ¿qué es poesía?
Ahora te pregunto yo
Y no es nada
No eres tú
No soy yo
Y no es amor.

Vamos, no te entretengas, creo que en la tele estrenan nueva temporada de tu serie favorita.

De mujeres y hombres

En los diarios siempre salen noticias malas: de violaciones, asesinatos, corrupción… Dicen que en una ocasión algún loco decidió sacar un periódico en el que solo se dieran buenas noticias y a cambio recibió la mala de tener que cerrar sin cumplir ni un mes. No es cuestión de ir de teletubbie por la vida, pero más nos valdría si mañana fueran ellos los que tuvieran miedo de salir a la calle.

En cualquier lugar, a cualquier hora, un día de frío y de puente mientras mi amigo pasea.

Querida mía:

Carla y Fran son una pareja que se consolidó casi por obligación. Ella, quizás por su estatura y por ser amante de caminar sobre un andamio sin casco ni arneses, no recibió grandes propuestas por parte de chicos interesantes. Fran fue el único que se atrevió y ante la incredulidad de unos y la envidia de otros, llegaron al matrimonio y a concebir un par de churumbeles que hicieron de la vida marital el mejor de los entretenimientos.

Por supuesto estaba el fútbol, los escaparates y las fugaces salidas con amigos que cada vez la coincidencia los reunía en cualquier bar de copas. La familia de uno y de otra nunca fueron un problema.  Los suegros veían con  buenos ojos el enlace y el fruto de la unión y no dudaban en referirse a ellos con halagos cuando tenían la ocasión. Fran seguía enamorado de Carla después de muchos años de relación y matrimonio, casi media vida, y Carla, por aquello de no sentir cómo perdía su juventud, seguía arreglándose lo suficiente como para no pasar inadvertida ante los ojos de los que miraban un pantalón ajustado y mil curvas rellenando unos vaqueros diseñados a tal fin.

Un día Ángel recogió un pañuelo que se había caído de un taburete y cortésmente se lo entregó a Carla, que esperaba la llegada de Fran mientras diluviaba en la calle, pero Fran no pudo estar a la hora y llamó para decir que se retrasaría. Carla aprovechó la oportunidad que le brindó Ángel para entablar una conversación, una amistad y una complicidad que nunca hubiera sospechado. Más de cuatro años.

En ese tiempo, Ángel se fue ganando la confianza de Carla y llegaron a compartir sus secretos más íntimos, sus deseos más inconfesables y sus temores. Ángel se quejaba de su incertidumbre laboral y de cómo esta afectaba a su familia que cada vez se iba separando más y más, hasta el punto en que con su pareja se pedían permiso para cruzarse en el pasillo, dormían sobre el filo del colchón y se repartían las tareas llegando a no saber nada de qué y cómo hacía las cosas su supuesta media naranja. Carla veía cómo el amor de Fran se transformaba en obsesión y su sombra se aparecía tras cada esquina.

Nadie lo hubiera dicho, por aquello de que perro ladrador… pero un día Ángel decidió romper con Victoria y echarse la mala prensa encima, empezar una guerra que siempre desdeñó y aventurar que aún quedarían muchos años por vivir, o aunque solo fuera uno, probar mejor suerte aun a sabiendas de que la moneda tiene dos caras. No le importaba. Ya llevaba cargando con la cruz demasiado tiempo y le merecía la pena saltar al vacío solo por la adrenalina acumulada durante doce largos años.

Carla aplaudió su valentía. Ella se veía incapaz de poner fin al asunto, de plantar cara, de empezar una nueva vida, de verse sola por las noches, de enfrentarse a la familia con justificaciones que todos tratarían de trivializar, de minimizar, de endulzar a fin de no admitir que el estilo tradicional de la familia puede ser el peor y más rotundo fracaso aplicado a nuestros tiempos. Estaba llegando a tener miedo, ese miedo que te atenaza y te hace ver cómo te ahogas en tu propia farsa exprimida por los engranajes de la evolución social, tan hipócrita, que defiende la independencia, la libertad, el inconformismo, el emprendimiento y a la vez fusila con la marginación todo intento de dejar atrás los viejos cánones.

Ángel había conocido a Ramona, una chica que contrastaba con Victoria hasta el antagonismo. Una chica dulce, humilde, comprensiva, cariñosa y, sobre todo, segura de él, que le hacía sentirse una persona importante y a la vez querida, muy querida.

Carla echó el freno, apuró un té y esbozó una sonrisa que no podía ocultar cierta amargura. Tenía prisa, no podía llegar ni cinco minutos después de que cerraran Ikea porque en teoría solo había ido a echar un vistazo a unas estanterías que iban muy bien para el salón y Fran ya había cronometrado cuánto se tardaba en una carrera a los centros comerciales de las afueras.

Un abrazo fuerte y dos besos muy cargados de sentimientos se dibujaron entre las sombras de las acacias. A los dos les salió la misma despedida, no había otra posible: “Cuídate”.

Epistolario

Prometíte una carta
y te la vengo en dar.
mas por ser muy discreto
mejor solo donde mirar
esa y otras que escribí
unas por otras y esa por ti

De la vida y la muerte se tratan
para todo el que quiere
entretenerse un rato
y en reflexión irá
al que la viere y la entendiere.

Camino de Santiago

Hace tiempo que no lo hago. Quizás hayan pasado un par de años y algunos meses más. No obstante, mis mejores amigos saben que me gusta escribir cartas y dicen que no lo hago mal. Yo sé que en realidad lo que quieren es enterarse de mis chascarrillos y, para tal fin, no dudan en mostrarme su más enérgico ánimo.

Badajoz, a 13 de agosto

Querida mía:

No mucho ha que volví del camino de Santiago. Mis pies querían divorciarse de mí por el maltrato recibido durante seis interminables días. Con menos tortura muchos se suicidan. Pena, por parte de mis pies, que no tienen voluntad propia para decidir ni el divorcio ni el suicidio, situación que aprovecho para mantenerlos a mis órdenes y despachos dictatoriales solo propios de un tirano déspota de estos y otros tiempos.

La cabeza también se llevó lo suyo, aunque nada en comparación con las horas de soledad que devoro en la oficina mientras aparento hacer algo por ganarme el pan. A cincuenta metros, siempre por delante, otra cabeza navegaba en tormentas de desamor, próxima a la depresión, fijando la mirada por encima del horizonte, apuntando al infinito.

Sin dormir el jueves, por adelantar el trabajo que reservaba para el viernes, llegué a casa a preparar mochila y bolsa de viaje para iniciar el camino. Volví a Badajoz para recoger a mi compañero y dirigirnos a Toledo, donde él debía resolver unos asuntos antes de partir hacia Villafranca del Bierzo. Mientras esperaba, traté de hacerme de unos parches de silicona que aliviaran los inevitables dolores que aparecerían con las ampollas. En una parafarmacia, me recibió una chica muy morena, simpática y cordial que, si bien no disponía de lo que necesitaba, me dedicó una agradable conversación que bien hubiera podido no interrumpir aquella vieja sarnosa que quería algo para su desconchado cutis.

Siete horas más tarde, decidimos coger un hostal para dormir. Rondaba la medianoche y perdíamos las posibilidades de encontrar un menú y una habitación para descansar algo después de la fatigosa semana y la vigilia continuada. Lo encontramos en Benavente. Allí se quedó al menos un polo y alguna camiseta que llevaba para desechar en el camino.

A eso de las once comenzamos a patear. Decidimos elegir la ruta más corta continuando por la carretera y evitando la  montaña. Serían tres kilómetros menos, pero ya calentaba el sol y nos esperaba la etapa más dura con fuertes subidas y casi treinta kilómetros por recorrer.

Al principio íbamos a la par. Yo le contaba a mi amigo algunos detalles de las construcciones que íbamos viendo por la carretera. De tanto mirar a un lado, tropecé con una barrera de seguridad, me pegué un batacazo contra el hormigón y sufrí el primer percance con arañazos en piernas, brazos y labio. También me hice daño en un dedo que todavía me duele hoy al doblarlo.

Hicimos unos quince kilómetros sin parar, a un buen ritmo. Mis pies empezaban a cocerse por el calor que desprendía el asfalto y porque nunca habían trabajado tanto tiempo seguido. Descansamos tres cuartos de hora y comenzamos a ascender por lo que fue mi primer calvario: la subida hasta O Cebreiro.

Disfrutando el camino, pasábamos junto a casitas de campo y rebaños de vacas. En la última incursión, un mastín me acompañó durante al menos cuarenta metros ladrando y enseñando los dientes muy cerca de mi entrepierna. Yo, en lugar de asustarme, decidí que el can bien sabría si merecería la pena mantener intacta mi capacidad de procreación. Mi amigo se paró a mirar y, en lugar de echar un capote, soltó una carcajada y una admiración por mi valentía ante tamaño peligro. Creánme que no fue valentía: para ese momento yo ya no tenía huevos ni para seguir andando, así que el perro se llevaría un bocado de vacío.

A dos kilómetros de nuestra primera meta, nos negaron alojamiento en un albergue con la excusa de estar esperando a una reserva. Como empezaba a hacer frío y se nos echaba la noche encima, continuamos la marcha y a pocos metros empecé a sufrir calambres. Para no retrasarnos más, pedí a mi amigo, visiblemente más entero que yo, que se ocupara de buscar alojamiento mientras comprobaba si aún me quedaban pies. Comenzó a cerrarse la niebla entorno al pueblo y a ofrecerme unas postales preciosas, más yo solo quería ver una cara conocida que me anunciara el número de la habitación donde dedicarle el mejor solo de ronquidos que me inspiraron las fauces del perro pastor.

El resto del camino lo contaré en otros capítulos.

De punta a Punta

Todos deberíamos enviar y recibir alguna carta alguna vez. Aunque solo sea para guardarla en un cajón y mojarla con las lágrimas de la añoranza o la melancolía que nos produce recordar ese momento en el que fuimos importantes.

En un cantón independiente, pasando las tres de la madrugada.

Pasé por las marismas a mirar el mar
y a descansar la mente de tanta desidia
a sosegar el alma meciéndola en las olas
y a pasear de noche apretando su manita

Escuchando las olas rompiéndose en la arena
como un murmullo intermitente y asimétrico
presté atención y entre las dunas
una voz me estremeció el pecho
diciéndome entre risas e ironías
si del este o el oeste vendría a cantarme
o a contarme de la vida y de la muerte
que eran mías tras ser suyas
y que duelen

Se acortan las distancias
se siente una mirada, una voz, un anhelo
un lamento y una maldición
un suspiro, un alivio, un silencio
y al final
en el breve espacio en que no estás
quedan rastros en la almohada
queda poso y queda esencia
queda el mar

Y ese busto reflejado en el cristal
aun me canta...
“no es perfecta más se acerca a lo que yo
simplemente soñé”.

Ahora, antes de la calma

Todo sucede por alguna razón. La muerte sucede por la razón simple de que renovarnos y evolucionar exige partir de cero, a pesar de nosotros. Como en los ordenadores de Bárcenas, la memoria no se puede borrar de forma absoluta. Por eso había que destruir los discos duros. ¿A que sí, sr. Rajoy?

Muy cerca de la sede del PP, aunque no en la calle Génova, uno de estos días de Nuestro Señor.

Como ando sumido en la resolución de un contrato matrimonial que por mi parte se antojaba posible en lo armonioso y, viendo que me equivoco más a menudo de lo que preveo, pido perdón si en ocasiones resulto monotemático y el sufridor que me lee, por pretender distraerse, termina con una úlcera estomacal que no alivian ni diez cajas de almax.

No hace mucho, se me ocurrió lanzar al aire, entre bromas, que de alguna forma habría que atajar el hecho de que al final de año terminaran asesinadas por sus parejas (o algunas ya exparejas) más de sesenta mujeres. Curiosamente, la mayoría de esos asesinos habían trascendido como personas normales, sin antecedentes delictivos, sin rasgos de agresividad entre sus congéneres, sin el menor atisbo de hacer sospechar los desenlaces más esperpénticos y calificados por sus vecinos, hasta la fecha, como personas normales viviendo una relación normal. De de esta guisa, proseguía, habría que indagar qué tenía que ver la mujer en todo esto, porque siempre las noticias nos decían que en algún sitio alguien había matado a alguien, como nos narraba Gila en su interpretación del detective que detuvo a Jack el destripador y luego no se daban detalles de cómo se había llegado a desgracia tal. Me cayó la del pulpo.

Ahora que no me oye (ni me lee) nadie aprovecho para escribir en primera persona sobre este desgraciado aspecto. Mi mujer se ha conjurado para hacerme la vida imposible y hace todo lo que está en su mano, en su cartilla y en otra parte que no menciono por pudor, para hacerme, a ser posible, el mayor desgraciado que pisa la tierra, o al menos la segunda provincia más grande de España. Argumenta que todo lo que hace lo hace por el bien de nuestro hijo común. Ella es la dueña y señora de su persona, de mi casa, de mi horario (más ahora que estoy en paro) y de todo aquello que alguien ose (alguien=yo) poner en entredicho acerca de todo lo que ella toque, vea, huela, oiga o adivine, sí, porque las artes adivinatorias son las más desarrolladas en una mujer despechada. Hay que ver cómo ha recuperado la memoria que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a hacernos felices a mi hijo y a mí y qué pena que no haya conseguido ni el cincuenta por ciento de su propósito. Tanto ha sido así que ahora hasta recuerda las servilletas y manteles que nos regaló su madre pero no los cuencos de barro que le dimos a su hermana con motivo de la feria del marisco que nos pegamos en San Xenxo.

Acabo de hablar con una amiga sicóloga a la que el otro día llamé por teléfono para quedar a tomar un café y pedirle desesperadamente un consejo de los que me ha dado y que no he conseguido aplicar hasta ahora. Ella me recomendó no cometer el error de casarme con esta bruja antes convertida en mujer y yo solo pude salir corriendo a devorar la manzana envenenada. Curiosamente, su hijo está pasando por un trago similar y, como adelanto resumido, me ha recomendado paciencia para dejar pasar esta fase de despecho, de rabieta, de impotencia… ¿Impotencia? Esta no sabe los cojones que se gasta la que todavía es mi sra…ni el coche de Sebastian Vettel tiene la mitad de la potencia o poderío que esta mujer me exhibe a cada minuto que tiene ocasión. Lógicamente, me dan ganas de echarle azúcar en el depósito de gasolina, porque taparle el tubo de escape ya me trajo en su momento más infelicidad por otros seis meses, hasta la siguiente petición de divorcio.

Concluyo pidiendo un poquito más de raciocinio. Bien es cierto que hasta hace poco muchas mujeres han sufrido la tiranía de sus maridos, pero no es la solución cambiar la ley para convertir ahora a muchas otras mujeres en los hombres de los que nos hemos venido avergonzando toda la sociedad y sobre todo aquellos maridos que han defendido la igualdad de sexo con el respeto y la naturalidad que le pretenden transmitir a sus hijos para que consigan no aprender esta parte de la historia tan desgraciada y perjudicial para todos.

Diogenético

No es mi pretensión hacer apología de la filosofía de la antigua Grecia ni compararme a Diógenes, Sócrates, Pericles o cualquier otro de aquellos. Incluso no sé mucho de lo que decían unos y otros. Sé que en alguna ocasión Sócrates (si no era otro) se tiraba un poco de los pelos anunciando a bombo y platillo su quebranto por una sociedad en la que los jóvenes no luchaban por su futuro, habían perdido los valores y la corrupción política era la forma de gobierno más extendida puesta en evidencia por el abuso de poder y el amiguismo. Venía a decir, dos mil años atrás, que la sociedad se rompería y se establecería una guerra civil o incluso mundial en cualquier momento.

Más bien, lo de Diógenes me viene por mi afán de aprovecharlo todo y tratar de buscarle una utilidad antes de finalmente echarlo a los contenedores. Del síndrome de Diógenes y de mi continua protesta por la forma en que abordamos la vida y esta crisis en particular, llego a la idea de coger un candil y vagar por las calles buscando hombres (“hombres honestos” como el propio Diógenes decía que buscaba). En wikipedia se pueden encontrar datos sobre estas y muchas otras cosas. En wikipedia y en los miles de páginas que nos ofrecen los buscadores de la red. Y a esto es a lo que vengo ahora a referirme: nos hemos acostumbrado a palabritas, a que todo parece estar ya dicho, escrito y patentado por alguien hace mucho tiempo y, paradójicamente, después de haberlo oído, leído y usado, no hemos aprendido nada, no nos movemos, no evolucionamos…

Me vienen a la memoria varias citas. La primera es de Bertol Brech que ya nos recordaba Silvio Rodríguez antes de cantar “sueño con serpientes” y decía más o menos así “hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay hombres que luchan un mes y son mejores. Hay hombres que luchan un año y son muy buenos. Y los hay que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. Otra cita es la que saqué de la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona” donde el padre del personaje que interpretaba Javier Bardem, huraño y exiliado por su propia rebeldía, decía estar profundamente enfadado con la sociedad a la que no perdonaba que tras cinco mil años de “civilización” no había sido capaz de aprender a amar.

También me quedo con la teoría del cinismo, de pretender negar la necesidad de los demás para subsistir, más actual ahora que nunca cuando convocamos y asistimos a miles de manifestaciones, unas veces por la defensa de evitar recortes en la educación, otras por lo mismo en sanidad, otras por las subidas de impuestos a los agricultores, ganaderos, transportistas… y no nos unen en conseguir el objetivo soñado cuando nos volvemos a casa con la conciencia tranquila de habernos dejado ver como alma solidaria, no más que inquilina en el trozo de carne con ojos que la soporta.

Y finalmente nos queda el individualismo, la pertenencia a un grupo social en el que actuar como líderes; esas peñas de quinielas de fútbol, la cría de canarios, la construcción de maquetas, las asociaciones de moteros, de vecinos, de colegios de profesionales donde ejercer nuestra propia política como la afición que profesamos después del trabajo. Ese ratito de gloria que nos reconoce como el vecino del barrio que da más toques seguidos al balón mientras alguno susurra al de al lado que somos parientes de Maceda o de Gordillo, el futbolista, no el de los supermercados.

Y en ese individualismo estoy, criticando a la sociedad por su inmovilismo sin ánimo de copiar o reproducir estas palabras que son totalmente mías aunque se puedan confundir con las del Jordi Évole, Arturo Pérez Reverte o Andreu Buenafuente. No cabe la menor duda de que ellos lo hacen mucho mejor cuando se sientan delante de un teclado. Yo, a diferencia de ellos, no cobro un duro por pasarle esto a un amigo y que lo publique en un blog.

Termino recomendando duramente (como acostumbran a anunciar en las ofertas de programas de internet) que quien se sienta conmovido por estas letras, aborde la pasión y se anime a hacer algo como esto, o mejor como lo que esta carta invita a hacer. Yo, citando a Jesucristo en su ejemplo, digo que el que quiera seguir mi camino, tome su cruz y sígame y añado que si alguien abre un camino nuevo por una vía de esta guisa, le seguiré con mi cruz a cuestas y viviré un sueño con la recompensa de saber que al menos he vivido, soñando y escribiendo.

En teniendo una deuda, no puedo dormir. Y hace ya tiempo que no pego ojo. Algunos de mis amigos creen que no duermo porque siempre estoy haciendo algo y también es verdad, pero debo tanto… me debo tanto y a tantas cosas…

No vi tus ojos en el cielo
ni tu pelo en los campos de trigo
no era tu voz un canto de sirena
ni tu cuerpo miles de olas en el mar.
y eras tú.

tocando suavemente un piano
como suavemente acaricias mi cara
como me miras entregándome el alma
como sonríes cuando te miro yo.

impaciente y nerviosa disimulas
una quietud y una incertidumbre al caminar
porque tus pasos no son firmes, mas dibujan
solo sombras que levitan
solo el aire perfumado
solo el aura que me envuelve
y eres tú

que fluyes por las redes
que juegas con los niños
que ocultas tu dolor
que sanas una herida
que alivias una pena
que vales tanto…

y tanto me tienes así
que no veo otra cosa
que no acierto otra cara
si mi pensamiento vuela
por debajo de las almas.

Harto

    Siempre reconocemos el miedo al fracaso sin pensar que el miedo al éxito es en realidad lo que nos atenaza. A lo largo de la historia, siempre a unos pocos les ha interesado sobremanera que la inmensa mayoría durmiera con la tranquilidad de que alguien se encargaría de decirle lo que tendría que hacer al día siguiente. Esa sumisión que hoy se pretende llamar “paz social” es la que nos ha permitido evolucionar hasta llegar a la peor de las involuciones, esa que surge cuando los que quieren pensar por nosotros no demuestran estar capacitados para ello.

   En Cáceres, a día de hoy … o de ayer (elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento)

   Querida mía:

   No estamos preparados para ser felices, entre otras cosas porque no interesa a los que tienen el poder. Es mejor que nos lamentemos por nuestra mala suerte mientras les seguimos pagando los impuestos que engordan sus cuentas en Suiza.

    Esto que suena así muy anitisistema, viene al final a determinarlo todo, las costumbres, las formas de vestir, incluso que hay que tachar la casilla de la Iglesia Católica en la hoja de la declaración de la renta.

    Yo defiendo que es el miedo al éxito el mayor de nuestros problemas porque en realidad si fracasas nadie te va a inscribir en el libro Guinness de los récords, de hecho a la gente le importa una mierda si fracasas porque eso no les supone ninguna amenaza, pero si triunfas, ay si triunfas. Eso es imperdonable. En este país seguimos la máxima de que nadie es profeta en su tierra. A ver cómo explicas que el hijo de la portera ha llegado a Ministro mientras que tú, lo mejor del barrio, andas con una fregona suplicando unas horas.

    Por eso no queremos triunfar en realidad. Para triunfar hay que soportar las iras de todos los que nunca han apostado por nosotros y tienen que reconocer su error. Para triunfar, hay que ponerse una sonrisa de oreja a oreja que jode al más pintado, podrido de dinero, que se ahoga en su propio vinagre porque su fortuna vino de traicionar a todos los que le dieron algún tipo de apoyo y ahora no lo quieren ni ver mientras se codea en el club de tenis con los que ya estaban allí de toda la vida y sufren por no tener el último modelo de Lexus para que su querida esposa haga la compra desde el móvil.

    Pero llega un día en que estás hasta el recubeque (palabro adoptado de Molotov) y decides dejarte llevar por un ramo de flores, una cartera o unos zapatos de piel que has visto en un escaparate y que le dan tres vueltas a los de la pija del barrio y vas y te gastas la paga entera para incomprensión del gilipollas de tu marido, pero te da igual. Decides que si la vida tiene que pasar sin brindarte un ratito de gloria, que sea ella la que se empeñe en hacerlo, porque, joder, tienes derecho a eso, a ese ratito de gloria después de tantos años haciendo lo políticamente correcto, aguantando a un cafre, mil trogloditas y un millón de desprecios que siempre te tragaste con tal de no quedar mal y metérselos por el culo uno a uno a todos ellos… y ellas. Y ese día, si finalmente sale y te pilla de humor para soportarlo, puede ser que te cautive per saécula saeculorum, amén. Porque si al final, todos calvos, que sea por echar pelillos a la mar y a ser posible, canas al aire por aquello de que a cierta edad, debemos saber, que el dinero, los amigos y los cojones…. están para las ocasiones.

    Mi soberbia pasa por creer que todo el mundo en realidad tiene algo de todo lo anterior dentro y lo reconoce suyo, por mucho que no lo exteriorice, sin embargo, vive aterrorizado por mostrar esas ansias de libertad que tanto deben reprimir los fantasmas que al final nunca salen. A mí me viene costando años de entrenamiento poder decir todo lo que me viene en gana, con la recompensa de que al final, por interés, sordera o falta de neuronas, nadie hace ni puto caso.

    Y por eso, o por nada de eso, ¿cómo voy a reprocharte que te quitaras los zapatos y te metieras de patas en el charco, solo por no querer bucear y mojarte el pelo? Si miro atrás, mis primeras gilipolleces o mejor, mis primeros actos de valentía son de hace cuatro días, cuando me sentí como un toro por no sonrojarme delante de la chica que 30 años atrás me ponía nervioso solo con verla o saber que no andaba lejos.

    Antes o después, decidimos ponernos delante del toro por unos segundos o por el resto de la feria. Vaya mi brindis por los que quisieron ser valientes aun por solo un segundo.

Buscándote

Aunque parezca imposible, se le puede tener cariño (y mucho) a una mujer a la que llames “gorda y carva”, todo sea porque, además, te recuerda a la niña repelente y a las risas que te ha provocado tras abandonar a Cálico electrónico.

En Mangurria, a día de hoy… o de ayer.

Querida Gorda (lo de carva tendrá que esperar unos años más):

Y dices que ayer te alegraste de verme y ayer decías que no te acordabas de la marciana que pasó por tus oídos de la boca de Alejandro Sanz y que no nos tocaría la primitiva, aunque a mí me ha tocado en forma de suegra por tres meses y medio y esto no hay quien se lo fume y decías también que, como las otras veces, había alguien cerca de la barra que hacía inoportuna mi idea de robarte un beso.

Me fui, desconsolado y nostálgico, aunque con la recompensa de haber soltado un ronquido de un sueño que solo sueño yo, que ya veo teletubbies hasta en el escritorio de Windows.

Para mayor desgracia, mis anfitriones se dejaron vencer por el cansancio y decidieron pasar la feria por el cumplido de hacer acto de presencia en un par de casetas o tres, aprovechando la oferta del dos por uno, y de ahí a Valdepasillas a tomar esas medias raciones que parecen sacadas de los anuncios donde venden comida y una hamburguesa parece tenerse que compartir entre seis.

Así que decidí volverme a casa, como diría Carrascal, al filo de la media noche, pensando ya que lo mejor que me podía pasar era llegar sano y salvo a mi Mangurria capital para pasar el resto de la noche en alguna cama de algún piso vacío hasta que fuera la hora de dirigirme a mi propia casa. En ese medio tiempo, terminé por perder la noción de cuál era mi propia casa realmente.

Y esta mañana veo un mensaje en el móvil que me dice que estás en la feria, cuando ya no puedo ni siquiera buscarte entre todas las niñas con las calzonas apretadas, para hacer, aun si cabe, las piernas más largas y disimuladamente, pedirte un baile para cogerte la mano por unos minutos.

Bueno, ya me pasé el jurásico, el Pleistoceno, la edad de piedra y la de los metales sin ti, será por paciencia …

Siempre digo que no volveré a ser yo quien te cante al oído, quien se atreva a insinuar esa posibilidad de resucitar la imaginación, de reconocerte entre un millón cuando tú solo giras un poco la cabeza y cuando solo por aquello de quien calla otorga, dejas que yo no pase de insinuarlo todo. Así siempre podrás recurrir a la máxima de que nunca salió de tu boca cualquier cosa que yo pronuncie. Me da igual, el cuerpo me lo pide y por darle gusto al cuerpo, no me pierdo una siesta si puesto a soñar, sueño que soy feliz.

No sé si he dicho algo o nada en general, sé que seguiré escribiendo cartas para decir que todo es nada y que la nada se la comió un burro antes de ponerse verde.

Queda con un beso mientras me golpeo en la cabeza para acordarme de qué puta tarea tengo que hacer ahora que se ha agotado el tiempo de la sobremesa en casa de mi amigo.

De los nervios

Lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible, ¿o no?

        Muy cerca de la Cruz, tal día como hoy.

Querida mía:

Agradezco que hoy no sea domingo porque dicen que son los domingos los días de la semana en los que estadísticamente se cometen más asesinatos, se producen más suicidios, se entablan las peores discusiones y maduran los peores frutos de la desesperación. 

Dicen que ocurre por alteración sinoidal de nuestros biorritmos que en lo físico y síquico de nuestra personalidad, cabalgan en ondas diferentes. A veces se juntan, a veces se contraponen y a veces adquieren máximos y mínimos que pueden desembocar en la lucidez propia de los genios o en la pérdida del más elemental raciocinio. Y suele, para este segundo caso, darse en domingo.

El período semanal se explica, más o menos así: de lunes a viernes el trabajo condiciona nuestra agenda y nos queda poco tiempo para la meditación trascendental y el existencialismo. El viernes por la tarde y el sábado nos concentramos en el descanso, el disfrute, hacer la compra, llevar a los niños al parque o a participar en alguna actividad, tomar una copa con los amigos, etc. Pero el domingo, ay el domingo…

Al domingo llegamos con el abatimiento de la resaca del sábado, con la incapacidad de poder programar nada porque hay que estar descansados para el “puto lunes” y comenzar otra rutinaria semana que no nos sacará los pies del plato. El domingo amanecemos con el boleto de la primitiva de cero aciertos más el complementario y sin reintegro. Si añadimos que llueve, se van al carajo las opciones de salir al campo a que nos dé un poco el aire. El domingo nos escupe la realidad a la cara y nos deja más de ocho horas seguidas para dedicarlas a ese existencialismo y a esa meditación trascendental, negada durante  la semana y se nos pasea en bata y sin maquillaje acusándonos de una vida licenciosa sin reparar en su propia dejadez y abandono del sexo por el chocolate, bien justificado por el dolor que produce la menstruación. Los niños quieren ver Bambi y a uno se le ocurre la sana idea de sacar la escopeta y disparar al televisor a fin de evitar una muerte lenta y dolorosa. Para colmo de males, no puedes ver a la buenorra del intermedio ni conseguir una excusa para tener algo de amor propio en el cuarto de baño.

Es posible que incluso te llame el jefe para recordarte que el lunes tienes además que asumir la tarea del compañero que ha tenido un accidente de caza y no va a poder completar su tarea. Ese es el domingo negro, más negro que los viernes 13, las pesadillas de Freddy Krueger y de las pelis más gores que toda la saga de “saw” y “sé lo que hicisteis…”, juntas.

A mí me ha tocado bailar con una fea: un incipiente divorcio. Además de todo lo anterior, mi todavía esposa se ha empeñado en ponérmelo difícil y no permitir que mi hijo pase conmigo más de veinticuatro horas seguidas durante un fin de semana cada quince días. Por contra, como todavía es mi casa, me pone la comida para que vaya a verlo a diario y haga el paripé con “su supervisión” (en cualquier momento me acusará de pederasta). Su mejor argumento es decir que he sido yo el que se ha ido de casa y mi respuesta ha sido que al menos no he ido a comprar una soga y así permito que mi hijo siga teniendo padre y teniente coronel.

Yo siempre me he considerado una persona tolerante, dialogante y luchadora, por eso insisto hasta la saciedad en todo lo necesario para conseguir una ruptura armoniosa y cívica, pero me resulta del todo imposible. Me están tocando sobremanera la fibra sensible y negándome el derecho más básico, que es permitir a un padre estar con su hijo. Por eso, aunque odio la violencia, empiezo a entender a aquellos que no encuentran consuelo en la justicia y, víctimas de un arrebato, quieren poner fin a todos los domingos que les restan por vivir.

Es curioso que los vecinos suelan declarar ante los micrófonos que la pareja malograda “era buena gente” y a todos nos queda en la retina solamente lo espeluznante de la tragedia. Lo repudiamos, lo condenamos y quedamos como Dios, pero no aportamos nada durante la gestación porque “todas las parejas discuten”.

Ahora que tanto se habla de nuestra poca y mala educación (unos por falta de oportunidad para estudiar y otros por falta de interés) creo que debería ser el momento de desdecir a Pitágoras y plantear que es mejor empezar educando a los padres para evitar castigar a sus hijos, porque ellos, en realidad, lo que van a aprender es lo que van a ver en casa, no lo que cuenten esos profesores de lecciones magistrales hablando de vectores, de termodinámica, de velocidad o de silogismos, en definitiva, de cosas que nada tienen que ver con la ruptura de sus padres, con las discusiones diarias  acerca de la custodia, las pensiones alimenticias, las jugadas rastreras, el victimismo o de por qué dan ganas de llorar cuando en casa no hay un padre o una madre que te riña por llevar malas notas.

Sigan pues, “señores” Wert y Gallardón, con su ombliguismo y con su visión de cómo reducir esas vergonzosas cifras de fracaso escolar y de violencia de género. Yo, seguiré luchando porque mi hijo sea feliz y se sienta orgulloso de su padre por enseñarle a vivir y a dormir con la conciencia bien tranquila.

Por bulerías

Un poco de rock, un cenicero, un teclado, una copa de ron con cocacola, una chica en el skype y en frente, a un lado, un incondicional amigo que se pelea con Bill Gates, una mula, la alfombra roja y despotrica con la industria del séptimo arte. Al final … Viva Extremoduro.



A mil metros del arco de la estrella, un día tal como el de hoy… o como el de ayer.



A resultas de las declaraciones de doña Soraya SS en las que anunciaba con el mismo misterio que se anuncian los trapecistas en el circo con un redoble de tambores, nuestro querido presidente Don Mariano, ha terminado dando su “opinión”, eso sí, sin admitir preguntas de los periodistas, de lo que ha pasado con la lista de ignominiosos conceptos e importes de una contabilidad B (la B es de Bárcenas y de Barriobajera, aunque podría ser también de Blanco, ese Bigardo del Bloque de socios listos).



Y es que doña Soraya SS entiende que merece la pena escuchar la “opinión” de tamaño sabio, con vista de lince que no ha visto en cambio, su propio nombre identificado en las listas que lo hacen culpable de la misma trama. No ha podido evitar nuestro presidente hacer alusión (reconociendo cierta vergüenza por ello) que antes de ser presidente, ganaba mucho más dinero en su anterior ocupación. Y digo yo, si don Mariano es tonto del culo y eso que dice es verdad, por qué no ponen a alguien algo más listo que él de presidente y, si no es tonto del culo, va a ser que lo que busca no es enriquecerse inmediatamente con el sueldito de presidente, sino a lo mejor la presidencia de alguna entidad financiera que le reporte otros 64 millones de euros como indemnización por despido al más puro estilo de Rodrigo Rato (este es don R que R).



Y ahondando más en la llaga, que me explique don Mariano, cómo ganando más en su anterior cargo solo ha podido llegar a tener un pisito en el barrio de Salamanca en Madrid (con hipoteca, por supuesto) y unos cuantos euros en la cuenta corriente del banco. Con ello, insulta la inteligencia del pueblo que gobierna y se justifica con los escándalos de los ERE de Andalucía, el caso Filesa y a Rubalcaba lo critica por “crear inestabilidad”.



Al final va a ser que estas cosas no se pueden decir en voz alta porque damos una imagen negativa de cara al exterior. Y de eso nada, estamos patroneados por los mayores sinvergüenzas que jamás ha dado la “histeria” de la humanidad. A ver si eso no es motivo de orgullo, porque a pesar de todo sobrevivimos (vivimos gracias a los sobres).



Voy ya a lo que nos interesa a ti y a mí, a esta infelicidad que nos mata y que nos muere, como diría Serrat, a esta distancia que nos une y nos separa y a todo lo que podemos culpar por no conseguir unos propósitos tan dignos como ilegales, tan humildes como soberbios y tan puros como lascivos, declarados en una contabilidad B tan inconfesable como necesaria que no sería admitida ni siquiera en una amnistía emocional ni cabría en todas las cuentas juntas de Suiza o de las islas Caimán, que nos condenaría a la lapidación para morir, inevitablemente, felices.



Sigo pensando que un paseo por las dunas, una copa en La toscana y una noche lujuriosa nos abriría la mente, el cuerpo, el alma y los ojos porque tal grado de idiotez solo puede ser fruto de una obnubilación efímera.



Y mil besos más, querida mía.

Mejor contigo

Con más frecuencia de lo que imaginamos, resultamos ser nuestro peor enemigo. Nos decimos una y otra vez que esto o aquello no lo podemos hacer, aun en contra de nuestros más genuinos deseos. Nos aferramos a la tradición, a la estadística, al qué dirán … a un clavo ardiendo con tal de no salirnos con la nuestra y engordar la larga lista de mártires que se agolpan a las puertas del vaticano con ansias de ser beatificados. Y digo yo, hay que ser idiotas, basta con montar una guerra civil para que de un plumazo te beatifiquen por rojo.

En Cáceres, a día de hoy... o de ayer

Querida mía:

            No es baladí el encabezamiento. Estoy convencido de que es tu caso, el de mucha otra gente y, ya puestos, el mío también. Evitamos reconocerlo, pero esa precisamente resulta la mejor arma de este aguerrido enemigo personal que nos pone, consiguiendo el perdón de nuestros pecados, un poquito más allá del límite que separa a los mortales del edén.

            Concretando, quizás erróneamente, quizás por este orgullo que disfrazo habitualmente de humildad, tuve la impresión de que suponía una decepción para ti que abandonara la conexión con que nos hemos encontrado en esta vida, aun estando a la distancia suficiente como para no poder intimar más allá de un “estimado cliente” o “perdone, me ¿deja pasar?” que de otra forma hubiera podido el azar servirnos gentilmente.

            Quise entender que por un momento te hubiera gustado tener algo más de cercanía, algo más de comunicación, que habías imaginado la existencia de un “feeling” o de una atracción (me gusta más el sentido castellano de la palabra) que solo habías dejado a la imaginación como recurso extremo de urgencia.

            Y ahora, quiero entender también, que das por perdida esa posibilidad. Justo me confiesas esa cierta atracción cuando estoy despidiéndome, cuando se están cerrando las puertas, cuando solo queda el resbalón y la vuelvo a abrir, de par en par, por si quieres venir, por si te apetece compartir conmigo toda esa tinta que se quedó sin manchar el papel. ¡Maldita sea mi suerte! Y dejo las miguitas de pan, los carteles subrayados y adornados con una flor y vuelvo con esto a hacer un llamamiento desesperado a tu atención, creyendo que esperarás a otra vida para dejar que el agua no pase y muela el molino…

            Sí, es cierto, dejo la web, dejo de conocer a miles de personas anodinas y cuadriculadas que solo quieren seguir un camino, dejo de rebuscar debajo de las piedras para encontrar un tesoro enterrado, una joya entre el barro, un picaso en un chino…porque ya lo tengo, o creo que lo tengo, o me parece que tengo lo que quería tener si bien ha aparecido por causalidad aun siendo fruto de la casualidad. No caben muchas más cosas en mi colección de tesoros, pero sí que cabrías tú. He de reconocer que gracias a mi afición de coleccionista, he aprendido a valorar mis hallazgos casi en su justa medida y digo “casi” porque cada uno somos la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son (esa frase es de Julián Marías, para él los méritos).

            No quiero ser insistente, no me gustan los cansinos y por ende, no quiero pertenecer a ese gremio. Suelo aprovechar el folio para dejar alguna perla más, pero en este caso quedará el texto donde quede y, concluyendo, me gustaría que te atrevieras a mantener el contacto, a soñar en voz alta, a desnudar tus sentimientos, a reír por cualquier tontería, a compartir tus hazañas, tu suerte, tus logros, tu melancolía, tu pena, tu rabia … No sabemos lo que el destino nos depara, ¿o acaso tú sí?