Anacronismo

Con la mirada puesta en la soledad, no podemos evitar, de vez en cuando, desenfocar la vista, perdernos en el horizonte y caminar de la mano de nuestra, por un instante, excarcelada alma.

En mi pequeño pueblo, dentro de otro pueblo aún más pequeño, a deshoras…

Querida mía:


Ayer vinieron a verme, otra vez, los fantasmas del pasado.

Verás, siempre he tenido la sensación de que debería haber nacido quinientos años antes o quinientos años después.

Quinientos años antes porque hace quinientos años (vale, he exagerado un poco quizás) la palabra de un hombre, su nombre, sus ideas, su honradez, en definitiva, su identidad, era lo más apreciado por uno mismo, valorado por los demás y cualquier traición a sus principios merecía, cuando menos, la horca.

Quinientos años después, porque la evolución social de la que hacemos alarde delante de los demás, en la política, en la religión, en el sexo, en la igualdad y la justicia, en resumen, en el concepto antropológico del ser humano, no pasa de platónico y ya sabes que yo odio a Platón.

Ayer me invitaron a celebrar un cumpleaños. Sé que me eligieron porque era la mejor opción disponible y estoy seguro de que al final el resultado fue más que satisfactorio. Nos reímos muchísimo. Durante la velada conocimos a dos divorciados muy graciosos: Pedro y Rosa. Él, para no hablar, hacía gestos continuamente con cara de “vele ahí el sinfonié” y Rosa me prestaba el oído para escuchar cualquier incongruencia y agradecerla con una sonora carcajada.

Entrando ya en materias más profundas, Rosa negaba cualquier vínculo con Pedro que superara la simple amistad y Pedro gesticulaba poniendo en evidencia que Rosa le trataba como a un esposo. “No pidas otra cerveza, que nos vamos”, “mira, ya te has manchado la camisa”, “desabróchate algún botón que pareces un cateto” y otras frases similares al más puro estilo conyugal. A ella le preocupaba mucho si la gente creía que Pedro y ella estuvieran liados, por eso procuraba siempre que les acompañaran otros amigos y, por ahí, no pude callar. La gente tiene otras preocupaciones más importantes por las que interesarse – le dije - y no pierde el tiempo mirando por un agujerito para ver si los demás hacen esto o aquello, créeme que eso pertenece y debe pertenecer al siglo pasado, insisto, pasado – concluí.  Y así, le invité a girar la cabeza para preguntarle si, de los allí presentes, conocía vida, obras y milagros. Milagros no está, al parecer hoy se encontraba indispuesta – dijo Rosa.

El vino, las cervezas y los chupitos de vodka hicieron que las risas se mantuvieran hasta las tres o las cuatro de la mañana, dependiendo de si la hora la mirábamos en el reloj o en el teléfono así que el cansancio empezó a hacer más que acto de presencia. Antonia y yo nos despedimos de esta singular pareja y entonces aparecieron los fantasmas. De camino a su casa, comenzamos a analizar lo natural o antinatural de cada uno.

Antonia se empeñaba en etiquetar las cosas, todo tenía que responder a un nombre convenido. Si se trataba de amistad, no podía haber sexo, si había sexo no podía haber simple amistad. Para mí es al revés, las cosas son sencillas, no hay que ponerle puertas al campo. Como dicen los ingenieros, si algo funciona, ¡NO LO TOQUES! Las cosas primero son y luego se bautizan con el único objeto de mejorar la comunicación por economía del lenguaje. No es gratis, un resumen siempre sacrifica una parte importante del todo. Me resulta detestable cercenar esa parte del todo que excede al significado de una sola palabra. Seguramente, así se explica que nunca me hayan apodado “el mudo”.

La noche antes ya había tenido otra sobredosis de etiquetado, envasado y comercialización de sentimientos. Un par de chicas con veinte años menos decidieron tomar las de Villadiego cuando se enteraron de que yo ya tenía un hijo, como si eso me ubicara en el contenedor de desechables orgánicos. Y luego, más tarde, la sempiterna cantinela de “las mujeres somos complicadas” y “las relaciones son muy difíciles” con alguien que ya tenía dos vástagos, terminó de introducirme en el camión de la basura, accionar la prensa y enviarme directamente al vertedero, ahora conocido como ecoparque.

Creo que moriré con las botas puestas, defendiendo que todo lo anterior es simplemente fruto de la inseguridad. Admiro al colectivo homosexual cuando decide salir del armario y vivir libremente su sexualidad. Desde ese momento las puertas se abren como las de los salones del oeste americano y el viento renueva el viciado aire del interior. No voy a decir que los homosexuales estén más evolucionados por eso, pero no nos vendría mal al resto de machotes y machotas abrir un poco más la mente y olvidar definitivamente la triste idea de enlatar los sentimientos.

Con estas y otras sensaciones e ideas que nunca germinarán en la mente adormecida que alimentan nuestros políticos de hoy, llegamos a su barrio, a su calle y peleamos llegando casi al forcejeo intelectual.

Finalmente, dejé intacta a mi anfitriona en el portal de su casa, torné al bar de los conciertos en directo y música de los ochenta y besuqueé en silencio tus labios de cristal, recordando tu mirada, tus abrazos, tu sonrisa e imaginando que en algún momento vendrías a decirme “sí, quiero” estando tan lejos y tan cerca.

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