A cada santo le llega su día y a cada cerdo su San Martín.
Al norte de Mérida, cuando asoma tímidamente la primavera, a media luna creciente.
Querida mía:
Hace ya tiempo que te hablé de una chica a la que me dirigía cariñosamente como “gorda y carva” porque en su día yo le hablé de Cálico electrónico y ella a mí de la niña repelente. Desde entonces, gorda y carva ha quedado como nuestro especial “cari” que se dedican las parejas anodinas y empalagosas.
Hoy tengo que ampliar esos calificativos porque, como empezaría diciendo el de la sempiterna cadera doliente “me llena de orgullo y satisfacción…”, pero todavía no lo diré. Lo haré más tarde.
Pues bien, nuestras conversaciones han versado sobre las decisiones importantes de nuestra vida, en concreto aquellas movidas por la inercia y la tradición, prometiendo un camino cómodo y un final feliz. Lejos de eso, pagamos abusiva factura por la pifia de quienes dicen querernos bien.
Carla, como yo, como muchos otros, o como posiblemente tú, inició el proceso familiar con un matrimonio en que del todo no creía. Él no era feo, al contrario, se podría decir que bastante guapo, con buen cuerpo, labia, sentido del humor y muchas otras cosas que valoran nuestras madres. Me refiero a lo de ser trabajador, no alcohólico, no violento y no mujeriego (lo de ser celoso obsesivo, posesivo, compulsivo… no venía incluido en las opciones de selección de nuestras madres).
Ella hubiera deseado la suerte de la fea y recibir alguna oferta más del sexo opuesto, pero tuvo que aceptar de buen grado ser la envidiada esposa de aquel chollo o partidazo descendiente del mismo Adonis.
Carla me confesó que le producía terror pensar que sus hijos podrían sufrir las consecuencias de su error mientras yo le advertía que sufrirían más si perdían a su madre o esta se tornaba en un trozo de carne con ojos. También me reconocía su miedo a la soledad, pero yo le recordaba que, peor que estar solo, es estar con alguien que hace que te sientas solo. En definitiva, temía que lo anterior la hiciera derrumbarse como lo hicieron las torres de Manhattan.
Yo me adelanté. Yo también temí lo peor si decidía divorciarme y lo peor vino. Aun así, me alegré de hacer lo que hice y decidir por mí mismo. A día de hoy, gracias a esa alegría he podido compensar muchas tristezas. Poco a poco, me siento más hombre, más fuerte y más seguro.
Con el paso del tiempo he ido conociendo a gente que, como yo, casi se ahogaron en su propia saliva hasta el momento de decir basta. Cada uno (y cada una) ha tenido sus particularidades, lógicamente, pero todos hemos sentido un temblor en las piernas, ataques de ansiedad, pérdida del sueño, de peso, de apetito (por supuesto sexual también) de coordinación, de humor, de coherencia, en fin, de reconocimiento ante el espejo tanto en el plano físico como en el sicológico.
Este bloqueo mental inducido por la pérdida de identidad que sufrimos con la vivencia de amargos años, termina dejándonos secuelas. No superarlo, puede llevarnos a un estado catatónico declarado en quienes mantienen un estatus social tan hipócrita como obsoleto y dañino.
Por eso, a día de hoy, querida mía, me pongo en pie, me quito el sombrero y aplaudo a esta gorda y carva por haberse convertido finalmente en una VALIENTE, sí, así, en negrita y con mayúsculas, por decidir ser la protagonista de su propia vida y unirse al club de los que empezamos dudando, aguantando, pensado, y finalmente adoptando esa frase de Charles Chaplin “Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme”, enfatizando “mis errores”.
Y tú, querida mía, no cometas el error de dejarte llevar por las habladurías, las tradiciones, lo supuestamente correcto, lo que te condena a la soledad y decide amarme y salir a mi encuentro por tierra, mar o aire, porque tengo a los tres ejércitos desplegados para encontrarte y traerte a casa.
Al norte de Mérida, cuando asoma tímidamente la primavera, a media luna creciente.
Querida mía:
Hace ya tiempo que te hablé de una chica a la que me dirigía cariñosamente como “gorda y carva” porque en su día yo le hablé de Cálico electrónico y ella a mí de la niña repelente. Desde entonces, gorda y carva ha quedado como nuestro especial “cari” que se dedican las parejas anodinas y empalagosas.
Hoy tengo que ampliar esos calificativos porque, como empezaría diciendo el de la sempiterna cadera doliente “me llena de orgullo y satisfacción…”, pero todavía no lo diré. Lo haré más tarde.
Pues bien, nuestras conversaciones han versado sobre las decisiones importantes de nuestra vida, en concreto aquellas movidas por la inercia y la tradición, prometiendo un camino cómodo y un final feliz. Lejos de eso, pagamos abusiva factura por la pifia de quienes dicen querernos bien.
Carla, como yo, como muchos otros, o como posiblemente tú, inició el proceso familiar con un matrimonio en que del todo no creía. Él no era feo, al contrario, se podría decir que bastante guapo, con buen cuerpo, labia, sentido del humor y muchas otras cosas que valoran nuestras madres. Me refiero a lo de ser trabajador, no alcohólico, no violento y no mujeriego (lo de ser celoso obsesivo, posesivo, compulsivo… no venía incluido en las opciones de selección de nuestras madres).
Ella hubiera deseado la suerte de la fea y recibir alguna oferta más del sexo opuesto, pero tuvo que aceptar de buen grado ser la envidiada esposa de aquel chollo o partidazo descendiente del mismo Adonis.
Carla me confesó que le producía terror pensar que sus hijos podrían sufrir las consecuencias de su error mientras yo le advertía que sufrirían más si perdían a su madre o esta se tornaba en un trozo de carne con ojos. También me reconocía su miedo a la soledad, pero yo le recordaba que, peor que estar solo, es estar con alguien que hace que te sientas solo. En definitiva, temía que lo anterior la hiciera derrumbarse como lo hicieron las torres de Manhattan.
Yo me adelanté. Yo también temí lo peor si decidía divorciarme y lo peor vino. Aun así, me alegré de hacer lo que hice y decidir por mí mismo. A día de hoy, gracias a esa alegría he podido compensar muchas tristezas. Poco a poco, me siento más hombre, más fuerte y más seguro.
Con el paso del tiempo he ido conociendo a gente que, como yo, casi se ahogaron en su propia saliva hasta el momento de decir basta. Cada uno (y cada una) ha tenido sus particularidades, lógicamente, pero todos hemos sentido un temblor en las piernas, ataques de ansiedad, pérdida del sueño, de peso, de apetito (por supuesto sexual también) de coordinación, de humor, de coherencia, en fin, de reconocimiento ante el espejo tanto en el plano físico como en el sicológico.
Este bloqueo mental inducido por la pérdida de identidad que sufrimos con la vivencia de amargos años, termina dejándonos secuelas. No superarlo, puede llevarnos a un estado catatónico declarado en quienes mantienen un estatus social tan hipócrita como obsoleto y dañino.
Por eso, a día de hoy, querida mía, me pongo en pie, me quito el sombrero y aplaudo a esta gorda y carva por haberse convertido finalmente en una VALIENTE, sí, así, en negrita y con mayúsculas, por decidir ser la protagonista de su propia vida y unirse al club de los que empezamos dudando, aguantando, pensado, y finalmente adoptando esa frase de Charles Chaplin “Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme”, enfatizando “mis errores”.
Y tú, querida mía, no cometas el error de dejarte llevar por las habladurías, las tradiciones, lo supuestamente correcto, lo que te condena a la soledad y decide amarme y salir a mi encuentro por tierra, mar o aire, porque tengo a los tres ejércitos desplegados para encontrarte y traerte a casa.
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