Camino de Santiago

Hace tiempo que no lo hago. Quizás hayan pasado un par de años y algunos meses más. No obstante, mis mejores amigos saben que me gusta escribir cartas y dicen que no lo hago mal. Yo sé que en realidad lo que quieren es enterarse de mis chascarrillos y, para tal fin, no dudan en mostrarme su más enérgico ánimo.

Badajoz, a 13 de agosto

Querida mía:

No mucho ha que volví del camino de Santiago. Mis pies querían divorciarse de mí por el maltrato recibido durante seis interminables días. Con menos tortura muchos se suicidan. Pena, por parte de mis pies, que no tienen voluntad propia para decidir ni el divorcio ni el suicidio, situación que aprovecho para mantenerlos a mis órdenes y despachos dictatoriales solo propios de un tirano déspota de estos y otros tiempos.

La cabeza también se llevó lo suyo, aunque nada en comparación con las horas de soledad que devoro en la oficina mientras aparento hacer algo por ganarme el pan. A cincuenta metros, siempre por delante, otra cabeza navegaba en tormentas de desamor, próxima a la depresión, fijando la mirada por encima del horizonte, apuntando al infinito.

Sin dormir el jueves, por adelantar el trabajo que reservaba para el viernes, llegué a casa a preparar mochila y bolsa de viaje para iniciar el camino. Volví a Badajoz para recoger a mi compañero y dirigirnos a Toledo, donde él debía resolver unos asuntos antes de partir hacia Villafranca del Bierzo. Mientras esperaba, traté de hacerme de unos parches de silicona que aliviaran los inevitables dolores que aparecerían con las ampollas. En una parafarmacia, me recibió una chica muy morena, simpática y cordial que, si bien no disponía de lo que necesitaba, me dedicó una agradable conversación que bien hubiera podido no interrumpir aquella vieja sarnosa que quería algo para su desconchado cutis.

Siete horas más tarde, decidimos coger un hostal para dormir. Rondaba la medianoche y perdíamos las posibilidades de encontrar un menú y una habitación para descansar algo después de la fatigosa semana y la vigilia continuada. Lo encontramos en Benavente. Allí se quedó al menos un polo y alguna camiseta que llevaba para desechar en el camino.

A eso de las once comenzamos a patear. Decidimos elegir la ruta más corta continuando por la carretera y evitando la  montaña. Serían tres kilómetros menos, pero ya calentaba el sol y nos esperaba la etapa más dura con fuertes subidas y casi treinta kilómetros por recorrer.

Al principio íbamos a la par. Yo le contaba a mi amigo algunos detalles de las construcciones que íbamos viendo por la carretera. De tanto mirar a un lado, tropecé con una barrera de seguridad, me pegué un batacazo contra el hormigón y sufrí el primer percance con arañazos en piernas, brazos y labio. También me hice daño en un dedo que todavía me duele hoy al doblarlo.

Hicimos unos quince kilómetros sin parar, a un buen ritmo. Mis pies empezaban a cocerse por el calor que desprendía el asfalto y porque nunca habían trabajado tanto tiempo seguido. Descansamos tres cuartos de hora y comenzamos a ascender por lo que fue mi primer calvario: la subida hasta O Cebreiro.

Disfrutando el camino, pasábamos junto a casitas de campo y rebaños de vacas. En la última incursión, un mastín me acompañó durante al menos cuarenta metros ladrando y enseñando los dientes muy cerca de mi entrepierna. Yo, en lugar de asustarme, decidí que el can bien sabría si merecería la pena mantener intacta mi capacidad de procreación. Mi amigo se paró a mirar y, en lugar de echar un capote, soltó una carcajada y una admiración por mi valentía ante tamaño peligro. Creánme que no fue valentía: para ese momento yo ya no tenía huevos ni para seguir andando, así que el perro se llevaría un bocado de vacío.

A dos kilómetros de nuestra primera meta, nos negaron alojamiento en un albergue con la excusa de estar esperando a una reserva. Como empezaba a hacer frío y se nos echaba la noche encima, continuamos la marcha y a pocos metros empecé a sufrir calambres. Para no retrasarnos más, pedí a mi amigo, visiblemente más entero que yo, que se ocupara de buscar alojamiento mientras comprobaba si aún me quedaban pies. Comenzó a cerrarse la niebla entorno al pueblo y a ofrecerme unas postales preciosas, más yo solo quería ver una cara conocida que me anunciara el número de la habitación donde dedicarle el mejor solo de ronquidos que me inspiraron las fauces del perro pastor.

El resto del camino lo contaré en otros capítulos.

De punta a Punta

Todos deberíamos enviar y recibir alguna carta alguna vez. Aunque solo sea para guardarla en un cajón y mojarla con las lágrimas de la añoranza o la melancolía que nos produce recordar ese momento en el que fuimos importantes.

En un cantón independiente, pasando las tres de la madrugada.

Pasé por las marismas a mirar el mar
y a descansar la mente de tanta desidia
a sosegar el alma meciéndola en las olas
y a pasear de noche apretando su manita

Escuchando las olas rompiéndose en la arena
como un murmullo intermitente y asimétrico
presté atención y entre las dunas
una voz me estremeció el pecho
diciéndome entre risas e ironías
si del este o el oeste vendría a cantarme
o a contarme de la vida y de la muerte
que eran mías tras ser suyas
y que duelen

Se acortan las distancias
se siente una mirada, una voz, un anhelo
un lamento y una maldición
un suspiro, un alivio, un silencio
y al final
en el breve espacio en que no estás
quedan rastros en la almohada
queda poso y queda esencia
queda el mar

Y ese busto reflejado en el cristal
aun me canta...
“no es perfecta más se acerca a lo que yo
simplemente soñé”.

Ahora, antes de la calma

Todo sucede por alguna razón. La muerte sucede por la razón simple de que renovarnos y evolucionar exige partir de cero, a pesar de nosotros. Como en los ordenadores de Bárcenas, la memoria no se puede borrar de forma absoluta. Por eso había que destruir los discos duros. ¿A que sí, sr. Rajoy?

Muy cerca de la sede del PP, aunque no en la calle Génova, uno de estos días de Nuestro Señor.

Como ando sumido en la resolución de un contrato matrimonial que por mi parte se antojaba posible en lo armonioso y, viendo que me equivoco más a menudo de lo que preveo, pido perdón si en ocasiones resulto monotemático y el sufridor que me lee, por pretender distraerse, termina con una úlcera estomacal que no alivian ni diez cajas de almax.

No hace mucho, se me ocurrió lanzar al aire, entre bromas, que de alguna forma habría que atajar el hecho de que al final de año terminaran asesinadas por sus parejas (o algunas ya exparejas) más de sesenta mujeres. Curiosamente, la mayoría de esos asesinos habían trascendido como personas normales, sin antecedentes delictivos, sin rasgos de agresividad entre sus congéneres, sin el menor atisbo de hacer sospechar los desenlaces más esperpénticos y calificados por sus vecinos, hasta la fecha, como personas normales viviendo una relación normal. De de esta guisa, proseguía, habría que indagar qué tenía que ver la mujer en todo esto, porque siempre las noticias nos decían que en algún sitio alguien había matado a alguien, como nos narraba Gila en su interpretación del detective que detuvo a Jack el destripador y luego no se daban detalles de cómo se había llegado a desgracia tal. Me cayó la del pulpo.

Ahora que no me oye (ni me lee) nadie aprovecho para escribir en primera persona sobre este desgraciado aspecto. Mi mujer se ha conjurado para hacerme la vida imposible y hace todo lo que está en su mano, en su cartilla y en otra parte que no menciono por pudor, para hacerme, a ser posible, el mayor desgraciado que pisa la tierra, o al menos la segunda provincia más grande de España. Argumenta que todo lo que hace lo hace por el bien de nuestro hijo común. Ella es la dueña y señora de su persona, de mi casa, de mi horario (más ahora que estoy en paro) y de todo aquello que alguien ose (alguien=yo) poner en entredicho acerca de todo lo que ella toque, vea, huela, oiga o adivine, sí, porque las artes adivinatorias son las más desarrolladas en una mujer despechada. Hay que ver cómo ha recuperado la memoria que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a hacernos felices a mi hijo y a mí y qué pena que no haya conseguido ni el cincuenta por ciento de su propósito. Tanto ha sido así que ahora hasta recuerda las servilletas y manteles que nos regaló su madre pero no los cuencos de barro que le dimos a su hermana con motivo de la feria del marisco que nos pegamos en San Xenxo.

Acabo de hablar con una amiga sicóloga a la que el otro día llamé por teléfono para quedar a tomar un café y pedirle desesperadamente un consejo de los que me ha dado y que no he conseguido aplicar hasta ahora. Ella me recomendó no cometer el error de casarme con esta bruja antes convertida en mujer y yo solo pude salir corriendo a devorar la manzana envenenada. Curiosamente, su hijo está pasando por un trago similar y, como adelanto resumido, me ha recomendado paciencia para dejar pasar esta fase de despecho, de rabieta, de impotencia… ¿Impotencia? Esta no sabe los cojones que se gasta la que todavía es mi sra…ni el coche de Sebastian Vettel tiene la mitad de la potencia o poderío que esta mujer me exhibe a cada minuto que tiene ocasión. Lógicamente, me dan ganas de echarle azúcar en el depósito de gasolina, porque taparle el tubo de escape ya me trajo en su momento más infelicidad por otros seis meses, hasta la siguiente petición de divorcio.

Concluyo pidiendo un poquito más de raciocinio. Bien es cierto que hasta hace poco muchas mujeres han sufrido la tiranía de sus maridos, pero no es la solución cambiar la ley para convertir ahora a muchas otras mujeres en los hombres de los que nos hemos venido avergonzando toda la sociedad y sobre todo aquellos maridos que han defendido la igualdad de sexo con el respeto y la naturalidad que le pretenden transmitir a sus hijos para que consigan no aprender esta parte de la historia tan desgraciada y perjudicial para todos.

Diogenético

No es mi pretensión hacer apología de la filosofía de la antigua Grecia ni compararme a Diógenes, Sócrates, Pericles o cualquier otro de aquellos. Incluso no sé mucho de lo que decían unos y otros. Sé que en alguna ocasión Sócrates (si no era otro) se tiraba un poco de los pelos anunciando a bombo y platillo su quebranto por una sociedad en la que los jóvenes no luchaban por su futuro, habían perdido los valores y la corrupción política era la forma de gobierno más extendida puesta en evidencia por el abuso de poder y el amiguismo. Venía a decir, dos mil años atrás, que la sociedad se rompería y se establecería una guerra civil o incluso mundial en cualquier momento.

Más bien, lo de Diógenes me viene por mi afán de aprovecharlo todo y tratar de buscarle una utilidad antes de finalmente echarlo a los contenedores. Del síndrome de Diógenes y de mi continua protesta por la forma en que abordamos la vida y esta crisis en particular, llego a la idea de coger un candil y vagar por las calles buscando hombres (“hombres honestos” como el propio Diógenes decía que buscaba). En wikipedia se pueden encontrar datos sobre estas y muchas otras cosas. En wikipedia y en los miles de páginas que nos ofrecen los buscadores de la red. Y a esto es a lo que vengo ahora a referirme: nos hemos acostumbrado a palabritas, a que todo parece estar ya dicho, escrito y patentado por alguien hace mucho tiempo y, paradójicamente, después de haberlo oído, leído y usado, no hemos aprendido nada, no nos movemos, no evolucionamos…

Me vienen a la memoria varias citas. La primera es de Bertol Brech que ya nos recordaba Silvio Rodríguez antes de cantar “sueño con serpientes” y decía más o menos así “hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay hombres que luchan un mes y son mejores. Hay hombres que luchan un año y son muy buenos. Y los hay que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. Otra cita es la que saqué de la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona” donde el padre del personaje que interpretaba Javier Bardem, huraño y exiliado por su propia rebeldía, decía estar profundamente enfadado con la sociedad a la que no perdonaba que tras cinco mil años de “civilización” no había sido capaz de aprender a amar.

También me quedo con la teoría del cinismo, de pretender negar la necesidad de los demás para subsistir, más actual ahora que nunca cuando convocamos y asistimos a miles de manifestaciones, unas veces por la defensa de evitar recortes en la educación, otras por lo mismo en sanidad, otras por las subidas de impuestos a los agricultores, ganaderos, transportistas… y no nos unen en conseguir el objetivo soñado cuando nos volvemos a casa con la conciencia tranquila de habernos dejado ver como alma solidaria, no más que inquilina en el trozo de carne con ojos que la soporta.

Y finalmente nos queda el individualismo, la pertenencia a un grupo social en el que actuar como líderes; esas peñas de quinielas de fútbol, la cría de canarios, la construcción de maquetas, las asociaciones de moteros, de vecinos, de colegios de profesionales donde ejercer nuestra propia política como la afición que profesamos después del trabajo. Ese ratito de gloria que nos reconoce como el vecino del barrio que da más toques seguidos al balón mientras alguno susurra al de al lado que somos parientes de Maceda o de Gordillo, el futbolista, no el de los supermercados.

Y en ese individualismo estoy, criticando a la sociedad por su inmovilismo sin ánimo de copiar o reproducir estas palabras que son totalmente mías aunque se puedan confundir con las del Jordi Évole, Arturo Pérez Reverte o Andreu Buenafuente. No cabe la menor duda de que ellos lo hacen mucho mejor cuando se sientan delante de un teclado. Yo, a diferencia de ellos, no cobro un duro por pasarle esto a un amigo y que lo publique en un blog.

Termino recomendando duramente (como acostumbran a anunciar en las ofertas de programas de internet) que quien se sienta conmovido por estas letras, aborde la pasión y se anime a hacer algo como esto, o mejor como lo que esta carta invita a hacer. Yo, citando a Jesucristo en su ejemplo, digo que el que quiera seguir mi camino, tome su cruz y sígame y añado que si alguien abre un camino nuevo por una vía de esta guisa, le seguiré con mi cruz a cuestas y viviré un sueño con la recompensa de saber que al menos he vivido, soñando y escribiendo.

En teniendo una deuda, no puedo dormir. Y hace ya tiempo que no pego ojo. Algunos de mis amigos creen que no duermo porque siempre estoy haciendo algo y también es verdad, pero debo tanto… me debo tanto y a tantas cosas…

No vi tus ojos en el cielo
ni tu pelo en los campos de trigo
no era tu voz un canto de sirena
ni tu cuerpo miles de olas en el mar.
y eras tú.

tocando suavemente un piano
como suavemente acaricias mi cara
como me miras entregándome el alma
como sonríes cuando te miro yo.

impaciente y nerviosa disimulas
una quietud y una incertidumbre al caminar
porque tus pasos no son firmes, mas dibujan
solo sombras que levitan
solo el aire perfumado
solo el aura que me envuelve
y eres tú

que fluyes por las redes
que juegas con los niños
que ocultas tu dolor
que sanas una herida
que alivias una pena
que vales tanto…

y tanto me tienes así
que no veo otra cosa
que no acierto otra cara
si mi pensamiento vuela
por debajo de las almas.