El cambio

Dicen que no hay que dejar camino por coger vereda, pero quienes lo hicieron descubrieron nuevas rutas, levantaron nuevos puentes y aceleraron el progreso.

Hoy no veré la luna, santa Joaquina de Vedruna. A cincuenta horas del concierto.

Querida mía:

Como sabes, mi último fracaso sentimental me ha llevado a sacudir fuertemente la cabeza y a tratar de comprender todas las cosas que no me encajan en la mente. La única neurona que ocupa mi cerebro de ameba se ha visto desbordada por el denodado esfuerzo que conlleva digerir todo un máster sobre mujeres. Creo que si no lo dejo pronto Rayman va a parecer, a mi lado, un premio Nobel de la sicosociología.

Seguramente Terry leerá esto y seguramente sacará conclusiones basadas en su propia experiencia haciendo gala de la empatía que suele profesar. Resulta que, volviendo a lo que te he comentado en otras ocasiones, estoy convencido de que no estamos preparados para asimilar la multitud de cambios que nos hemos propuesto en los últimos cincuenta años. Para hoy, te vengo a contar algo de mujeres.

Hace no demasiado, la inmensa mayoría de las mujeres no estudiaban. Apenas pasaban unos años en la escuela, lo justo para aprender a leer, a escribir y a resolver unas cuentas básicas que les permitieran hacer la compra sin gastar más de lo necesario. Lo siguiente era ayudar en casa, aprender a limpiar, a coser, a cocinar y a gestionar las tareas domésticas para, el día de mañana, convertirse en buenas (sumisas) esposas. No había muchas posibilidades de viajar, así que el candidato estaría en el mismo pueblo o, como mucho, en un pueblo de alrededor. Solo se podía tener un novio así que una buena elección era cualquiera que no fuera bebedor, mujeriego o violento. El hijo del riquillo del pueblo seguramente se marcharía a una ciudad mayor, así que era inalcanzable.

Hoy nuestra “evolucionada” sociedad plantea necesidades de igualdad. Hacemos apología de que todos los individuos deben reconocerse con los mismos derechos, con independencia de su sexo, religión, raza, edad…y por ahí las mujeres empiezan a sufrir una paranoia que termina identificándose con la bipolaridad. Se mire por donde se mire, a día de hoy la mujer quiere para sí los derechos que han tenido hasta ahora los hombres y se ven en la disyuntiva de pasar por puta o por cateta.

A mí todo esto me preocupa y me da pena. Veo todos los días a la mayoría de las mujeres queriendo nadar y guardar la ropa. Los hombres en ese aspecto lo tenemos más fácil “cuantas más tías te tires, mejor, más machote” y hablando de la igualdad, terminamos ironizando “yo no sé si soy niño o niña, porque con estos pedazos de cojones no me veo los patucos”.

Y en esto andamos, querida mía. Un día vamos a manifestarnos en defensa del “orgullo gay” y otro día estamos escandalizados porque un conocido ha salido del armario. Un día reconocemos a una mujer moderna porque nos da sexo sin compromiso a cambio y al día siguiente es la puta que se lo ha dado también a nuestro vecino. Un día una tía quiere follar contigo en el cuarto de baño de un bar y al siguiente otra te reprocha tu descaro por querer besarla.

Yo no quiero hablar de igualdad, porque eso conlleva el reconocimiento de muchas diferencias y yo solo veo una: la que está entre las piernas. Yo quiero ser tu amigo, tu amante, tu cómplice, tu compañero, tu apoyo, quien te abraza por la calle, te coge de la mano, te lleva el desayuno a la cama. Quiero entender que estar encima o debajo de alguien es solo una postura en la cama, que mis virtudes y tus defectos son solo motivo de otro chiste idiota, que tus problemas son nuestros retos y mis alegrías tu aliento, que tu generoso escote, donde se caen los ojos de otros hombres, me regala cada noche otra partida mus y yo…yo envido.

Víctima y verdugo

Detrás de un hombre hay una gran mujer y detrás de ella… su esposa.

Desde un rincón mal triangulado, menguando la luna y cada vez menos lejos del cataclismo

Querida mía:

Hace más de dos mil años Sócrates ya se rasgó las vestiduras por una sociedad corrupta que lo acusaba a él de corruptor y, curiosamente, por ello terminó bebiendo cicuta. Las cosas hoy no están mucho mejor. Me explico.

Si bien queremos mostrar asombro por la primera plana de algunos diarios, nadie nos engaña cuando se descubre públicamente otro caso de corrupción, fundamentalmente política. El que más y el que menos conoce algún caso muy cercano e igualmente escandaloso que, por miedo, o por falta de compromiso, solo se atreve a comentar con sus conocidos más allegados en la barra de un bar o en su lugar de trabajo. Hoy venía en una revista que han imputado a varios altos cargos de una empresa pública por cobrar en orgías y bacanales parte del presupuesto de una obra. Por eso y por la crisis, es por lo que he dejado la prostitución encubierta y me planteo comprar un cubo de vaselina para evitar más desgarros. ¡Hijos de mala madre…!.

El día a día es más crudo. Nadie se interesa por las injusticias que cabalgan a nuestros lomos, pobres pringaos, pagando desatinos y vicios a los peores desalmados que se han atrincherado en urbanizaciones de lujo para evitarnos el nauseabundo olor que desprenden sus podridas colonias.

Uno de los últimos regalos que nos han hecho los políticos para atraer el voto femenino ha sido la ley de igualdad. Nos costará un riñón. Con esto solo se ha conseguido que el látigo que nos fustiga cambie de tirano.

Yo siempre he repudiado el machismo y me he batido el cobre contra aquellos que han ejercido el autoritarismo sexual desde el principio de los tiempos. Entonces se imponía la fuerza, el descrédito y la supremacía masculina haciendo alardes de superioridad en el cociente intelectual (que vendría a decir nuestro amigo Cañete). Tanto afán de igualdad nos ha convertido en homosexuales, emigrantes, discapacitados y hemos ido corriendo a sacar nuestro carnet de discriminado, pero ahora pregunto yo qué demonios pasa con los que somos hombres, de los de toda la vida, de aquí, del pueblo, currantes, con brazos, piernas y una inteligencia reconocida más o menos en la media. ¿Quién nos protege a nosotros?

Yo particularmente estoy harto de escuchar gritar a las minorías y de tener que ir cediendo mi espacio a los radicales insurrectos que se llenan la boca de decibelios. Yo tengo amigos homosexuales, ayudo a cruzar la acera al del bastón, me cambio la camisa con el negro aunque huela fatal y no descalifico a la mujer que se acueste con todos menos conmigo.

Hoy me toca ser víctima de una mujer despechada. Para hacerlo gráfico, sigo los pasos de su anterior víctima y me convierto en maltratador sicológico. Ni mi víctima ni mis ahora nuevos detractores tienen huevos de denunciarme públicamente y pasan a mostrarme cierto desprecio. Ellos se han convertido en jueces supremos juzgando, sentenciando, condenando y ejecutando a quien, sin enterarse, ha pasado por víctima, verdugo y se ve con la guillotina cayendo desde tres metros de altura.

Esa hipocresía me indigna. Esa es la que me hace toparme con escombros en lugar de hombres y mujeres por la calle, la que nos pasará peor factura que la de los políticos corruptos, las hambrunas, las desigualdades sociales, las calamidades, las epidemias provocadas por laboratorios usureros y las guerras. Porque esa es la hipocresía que me impide encontrarte donde todo huele a lo mismo, a puto azufre y mi pituitaria ya no puede seguir el aroma de la flor que ocultas por miedo a que se la coma un burro.

Al natural

Gabriel García Márquez ha muerto. Viva el rey, como vives tú en mi memoria.

En mi cubículo, desde donde no se aprecian las flores del mes

Querida mía:

Aunque mi ciudad no huele a mar, en ocasiones se llena de turistas. En las últimas fiestas religiosas me llamó finalmente Quica para aceptar mi compañía a cambio de una ruta guiada por los lugares de mayor interés para los visitantes. Vendría Juana de la capital y pretendía para su amiga unos días, cuando menos, entretenidos.

Con eso se escribía mi guión. Ahí es nada hacer de bufón, guía turístico, relaciones públicas, taxista, escolta, pagafantas y mamporrero. A cambio, poder meter alguna cuña de autopromoción, filosofía, humor, ironía y estilo de vida…sin morir en el intento. Me salió bien porque terminé indemne y nadie juró asesinarme ni odiarme el resto de su vida.

Se unió Concha que para esos días también tenía previsto pasar unos días por aquí. Yo, que hago lo mismo a un homenaje que a un escándalo, decidí que todos juntos podríamos pasar una velada estupenda y, puestos a juntarnos, reclutamos a Evelyn y Pep tras coincidir con ellos en un restaurante tomando unas tapas.

Me confieso culpable de organizar este tipo de cócteles donde todos caben y todos son supuestamente responsables de sus actos, pero voy reconociendo que la gasolina y las cerillas no son una buena mezcla. En menos que Carlos Sobera levanta una ceja, Quica se había hermanado con Evelyn y se habían propuesto conocer a todo el que sostuviera un vaso y llevara pantalón.

Por el exceso de confianza, la verborrea recurrente y la exaltación de la amistad que provocan dos botellas de azpilicueta y varios botellines de cerveza, se secuenciaron varias conversaciones que encontraron su punto álgido en los tonos arbóreos de la copa y el tronco respectivamente. Para resumir, por el carácter latino que nos marca, sexo y escatología se alternaron y unieron por momentos para provocar sorpresa,  estupor,  asco, incredulidad, desaprobación… y yo, que nunca había visto tantas expresiones en tan pocas caras, empezaba a sentir una incómoda y tensa presión.

Entonces, entró por la puerta un tipo joven, bien plantado, guapete, con aspecto de legionario y cara de cordero degollado, los ojos de Platero y la juventud del cervatillo que pierde a su madre. Evelyn y Quica dejaron las conversaciones y se abalanzaron sobre Bambi, lo cual me permitió escabullirme de la multitud, acompañar a Concha a su casa y dejarle mi teléfono a Juana por si acaso su gsm dejaba de emitir una señal fiable. Finalmente, Bambi terminó haciendo de Platero poniendo en peligro los ojos de Quica y en evidencia la poca intimidad que otorgan unos tabiques de ladrillo hueco. Juana no pudo dormir.

Al día siguiente, Quica, Juana y yo discutimos sobre la naturalidad de lo escatológico que tanto azoraba a Juana. Siendo padres, Quica y yo aceptábamos de mejor grado aquellas evidencias de nuestra sucia humanidad. Los bebés suelen anticiparse poniendo cara de asiáticos, repartirse con sus progenitores y concluir con una sonrisa o cara de satisfacción que contagian a pesar del momento desagradable. De mayores no somos tan entrañables, pero en ocasiones no podemos evitar hacer una muestra de nuestra condición humana.

Aunque hace más de veinte años de esto, todavía suelto una carcajada cada vez que lo recuerdo.

En aquel pueblo los carnavales eran la fiesta mayor. Se colgaba a un burro del campanario de la iglesia y algunos radicales gritaban “así, así, la guardia civil”. Seguro que alguno los hubiera enviado directamente a la cámara de gas y yo… a ver, yo hice lo que pude.

Salíamos a una media de dieciséis carajillos diarios. Hacía un frío del demonio y no había otra forma mejor de entrar en calor. Llevábamos tres días de fiesta malcomiendo, multifumando y polibebiendo, de tal manera que sometíamos a una prueba muy dura a todos los órganos de nuestro cuerpo. En la discoteca más popular, donde se celebraban peleas de mujeres en el barro, se exhibían cuerpos sensuales llegando al destape integral y se montaban algunas atracciones, le llegó el turno al toro mecánico.

Tratando de seguir a mis amigos, me vi más apretado que los pantalones de Yola Berrocal y empecé a sentir una presión interna aproximadamente a unos cuatro dedos por debajo de mi ombligo. Miré alrededor y la suerte estaba echada. No había posibilidad ni de salir a la calle ni de llegar hasta un cuarto de baño, así que relajé mis esfínteres y recé para que aquello no terminara saliendo por el calcetín.

Afortunadamente, mis pantalones no se hincharon demasiado, pero empecé a notar un alivio interno y externo. Curiosamente la gente se apartaba de mi lado y comenzaba a abrirme camino adoptando un gesto que ni el mismo Ibáñez podría reflejar en sus dibujos. Yo, aprovechando que el bastón de Moisés volvía a obrar el milagro, conseguí subirme al toro mecánico y vengarme de la benemérita durante los diez segundos que conseguí cabalgar a la bestia.

Salí con la misma prodigiosa facilidad con la que había llegado hasta el ingobernable animal y, completando la cola, me agolpé sobre los que ya alcanzaban la salida quejándome de la mala baba del capullo que repartió las no menos de mil bombas fétidas por toda la discoteca.

Para mi alivio, más de uno culpó al dueño de la otra discoteca que ya había tratado de arruinar la diversión en este local por ver cómo sus clientes cambiaban de plaza. También amenazaban con tirar al hijo del dueño al  pilón como ya lo hicieran en otra ocasión por algo parecido. Teníamos cinco grados de temperatura máxima por aquellas fechas, pero reconozco que ese tipo nunca me cayó bien.

¡Las tías no se peen, qué va!- decía con mucha sorna uno de los adolescentes que me acompañaban en el grupo de bailes regionales del barrio. Acto seguido se apartaba de su sonrojada novia y lideraba la evacuación de la sala. Todos levantábamos el pulgar pidiendo que la culpable bajara el suyo reconociendo su desliz e imitando el gesto del césar romano pidiendo la muerte del gladiador vencido. Pero no, eso nunca ocurría. Las tías no se peen, qué va.

Y así, querida mía, con estas y otras discusiones que alejan a los hombres de las mujeres, nos empeñamos en esta soledad que nos durará cien años, trascendiendo a un cuerpo que no lo resiste, tú en Macondo y yo sin ti, acarreando hielo y robando con mercurio el oro de unos anillos que ya lucen negros en mis pulgares.

De luto

La desesperación no es más que la certeza de que aún hay esperanza.

En mi pueblo pequeño, sin saber cómo me mirará la luna esta noche.

Querida mía:

¿Sabes? Estoy harto. Harto de la política, de la gente cobarde y, entre otras cosas, de las tradiciones estúpidas que nos confieren un aura de idiotez y de seguridad que solo nos garantizan la muerte en vida. Creo que ya lo dije una vez y no es más que un eco de Miguel Ángel Cornejo: “si lo mejor de la vida es no tener problemas, comer, dormir y resguardarse del frío y de la lluvia en invierno, los animales más realizados de este planeta son las vacas” y créeme que no me siento precisamente una vaca, viendo que los números de la báscula día a día son menores.

Estoy viviendo un luto, sí, lo estás leyendo bien, estoy de luto. El otro día escuché un programa en la radio donde un psicólogo hablaba de eso. En realidad, un doble luto, aunque ahora mismo estoy eufórico. No todo va a ser hiel, ¿no?

Pues verás, este sicólogo decía que, coincidiendo conmigo, hemos sufrido demasiados cambios en muy poco tiempo. Apenas hemos empezado a digerir el primero de ellos y ya se nos vienen echando encima otros mil más. Recuerda que la revolución industrial, el éxodo rural y otras grandes variaciones en nuestros hábitos no pasaron hace tanto. Pues bien, en lo sentimental también estamos todavía asimilando las nuevas tendencias.

Entonces, la esperanza de vida era mucho más corta. Las familias estaban fuertemente consolidadas y, tanto las pretendíamos proteger, que nos inventamos la paga de viudedad. No digo que fuera un desacierto, al contrario, pero pone de manifiesto el reconocimiento de una desconsolada viuda enfrentándose a una situación más que crítica en lo emocional y en lo económico. En lo segundo por haber dedicado su vida fundamentalmente al cuidado de los hijos sin procurar el sustento económico que llegaba a casa de manos del malogrado padre. Era habitual verlas trabajando como empleadas de otros hogares para poder mantener el suyo propio y convivir con sus madres para contar con más recursos y reducir gastos.

En el aspecto afectivo la cosa no pintaba mejor. Las viudas se quedaban guardando la ausencia de los maridos muertos vistiendo de negro para recibir la pena y la compasión del resto de la sociedad. Yo de pequeño veía esto continuamente, de hecho, mis abuelas vestían siempre de negro.

Los matrimonios eran para toda la vida, con independencia de que hubieran salido bien o mal. La ley del divorcio llegó con mucha timidez y a día de hoy muchos matrimonios se empeñan en seguir con sus amargas vidas a fin de evitar los comentarios de sus tradicionales familias de origen. Así, la pérdida del cónyuge, sobre todo del marido, traía una desgracia a la familia que no se podía levantar ni con una grúa. Para los descendientes unigénitos quedaba el estigma de la presentación: “soy fulanito, no hice la mili por ser hijo de viuda”.

Ese sentimiento de pérdida conllevaba un proceso de adaptación dividido por los sicólogos en fases. Unos dicen que cuatro, otros que siete, otros se inventan cosas nuevas… en fin, para ponernos de acuerdo, digamos que hay una fase de negación, otra de rabia, otra de negociación y la final, de aceptación. También advierten los expertos que estas fases pueden no seguir este orden y que la duración, la intensidad y las secuelas que pueden dejar cada una, varía con cada caso.

Esta teoría se ha hecho extensiva a las relaciones amorosas modernas y ahí es dónde me pilla a mí con todo el equipo. Pronto hará un año que mi matrimonio se rompió definitivamente. Para mí esta ruptura fue el peor de mis fracasos porque siempre entendí que la familia, mi familia, era lo más importante en mi vida (joder, parezco Vito Corleone). Nunca me importó sacrificar otras metas, profesionales o personales, pero la familia siempre supuso la prioridad sobre todas las cosas.

Pese a todo, mi matrimonio nunca funcionó. Yo esperaba que las asperezas se limaran y se aunaran los esfuerzos por un objetivo común. Perdida la esperanza y el ánimo, determiné buscar un camino que me llevara a otro sitio que no fuera el matadero emocional. Fue esperado pero duro. Se suma que en estos lutos la otra parte no se muere y a eso es a lo que no estamos habituados. Incluso puede ser peor, es decir, la parte contratante de la segunda parte, a diferencia de los muertos, puede volverse hostil y heme aquí certificando ese extremo.

Sin haber empezado a disfrutar las primeras fases de mi luto particular, me aventuré en otra relación que me prometía la tranquilidad, el afecto, el cariño y, por supuesto, el amor que entendí perdido o nunca hallado en mi relación matrimonial. La cosa no se prolongó ni seis meses. Esta vez fui yo quien resultó abandonado, así que me vi mezclando fases y sentimientos de ambas rupturas. Considerando lo anterior, tuve momentos en los que no sabía si estaba saliendo de una fase o entrando en otra, se aglutinaban y alternaban momentos de euforia, con ira, dolor, depresión, negación, esperanza, aceptación… vamos un caos emocional que no sé cómo no me dejó en estado catatónico y, a día de hoy, no tengo yo muy claro si lo estoy.

Ya todo esto me resultaba familiar. A un amigo le ocurrió algo parecido unos años atrás y yo, por pura precaución aunque soy ateo, le puse una vela a San Judas Tadeo para que me librara, de entre todos los males, de este en concreto. Si me entero de quién fue el hijoputa que sopló la vela, lo envío a galeras para el resto de su vida.

De la segunda ruptura me quedó la incomprensión como fase más pertinaz y arraigada. Traté de buscar consuelo en una explicación que solo he encontrado oculta en la cobardía. “Pesado” fue el último calificativo cariñoso que me llegó de su parte, ¿no te jode? Pesado por tratar de encontrar una solución, una explicación, una forma de recuperar la relación que se me antojaba la más intensa y correspondida que había tenido en mi vida. Pesado, sí, muy pesado, es posible. Por no serlo traté de ir de puntillas. Pesado es la palabra que escucharé mil veces de mi hijo al que quiero más que a mi vida. ¡Que se joda si le ha salido un padre pesado! Cuando sea padre, le reconoceré la competencia si su hijo le devuelve el piropo.

Y con la pertinaz pesadez de un soñador, poco a poco vuelvo a reunir mis cenizas, a resurgir como el majestuoso ave Fénix y a sobrevolar el horizonte para encontrarte, tomarte suavemente por la cintura y transportarte hasta donde tus sueños y los míos iluminen más que el sol, más que Sirio, más que Dios.