No van a ser todo garbanzos. Algo de tajá también tiene que haber
En un rincón delante de una ventana ahorita mismo.
Querida mía:
Hoy he comido canelones. Los ha hecho mi madre para mi cuñado porque le gustan un montón, aunque la crítica culinaria hoy no ha sido la mejor que ha recibido mi progenitora. Quizás por la ansiedad de sacarlos y servirlos, se ha quedado un poco corta con el tiempo en el horno y no han quedado como para sentirse orgullosa. Yo me los he comido sin rechistar; estaban buenos y punto.
Tengo miles de motivos para estar cabreado, deprimido, contrariado, exhausto, aburrido y otras cosas que mejor no enuncio para que no me llores. Hoy estoy pletórico. Me han regalado un bote de colonia y un desodorante y como no sé si es un regalo sincero o una indirecta, me lo tomo por donde yo quiero, es decir, poco a poco por el vaporizador, porque el bote tiene una forma que puede haber hecho a muchos diseñadores de consoladores tirarse de los pelos… y además huele bien.
Al caso, creo que me estoy volviendo un retorcido. Digamos que estoy empezando a disfrutar con la mala cara que ponen mis más acérrimos enemigos cuando propongo alguna jugarreta que luego soy incapaz de llevar a cabo, bien es verdad. Pero no descarto empezar a recordar muchas cosas que practiqué en mi infancia, eso sí, ahora con peor leche.
En el barrio donde me crié había tres bares de alterne (vamos, lo que viene siendo un puticlub de los de toda la vida) y en frente de uno de ellos una iglesia (obviamente católica). Para los niños del barrio aquello no era ningún problema, al contrario, lo pasábamos muy bien gastándoles bromas que ellas no siempre recibían de buen grado. Tanto es así que nos invitaban a buscar a nuestras madres en el garito de la otra calle.
Yo ya pillé el progreso de los monopatines. Casi no usé los que se hacían con una tabla y tres rodamientos. Empezaron a sacar los que luego se han dado en llamar skates con unos tíos que los hacen subirse por los bordillos y dar vueltas en redondo mientras espero que se den la gran hostia por hacer cosas que yo nunca hubiera podido imaginar, sobre todo, porque en las dos mierdas de cadenas televisivas que teníamos (y la segunda recién estrenada) no salían cosas de esas, así que nos sentábamos de lado y bajábamos la calle por la acera haciendo lo que llamábamos “el balandro”, nos rozábamos los codos, las piernas, nos hacíamos mil piteras con todas las piedras de los umbrales de cada portal y lucíamos el número siete en todos los pantalones.
Enfrente de la iglesia, una mujer muy excéntrica tenía pájaros, culebras, gatos, lagartos y muchos bichos más. Con un espejo nos poníamos a deslumbrar a los canarios que terminaban cayendo al fondo de la jaula para nuestra alegría. Nos daba mucho coraje que se dedicara a poner periódicos con pescado para que se lo comieran los gatos de la calle. Eso ya no sé si era para molestar a las putas, porque solían discutir airadamente sobre lo que se debe hacer y lo que no.
Jugando al balón en la calle y usando las puertas de cochera como porterías, el peligro era que el balón se metiera en el balcón de culo-pato. Menos mal que su mujer, a sus espaldas, nos devolvía siempre la pelota para que siguiéramos molestándole en la siesta (la que es mala, es mala, a saber qué le habría hecho el pobre hombre).
El otro día le hice una escopeta de gomas a mi hijo. Una de esas que fabricábamos con un listón de madera más o menos plano, una punta sin cabeza en un extremo y una pinza de la ropa en el otro para lanzar, con una goma, el hierro de otra pinza desmontada. Me costó apenas media hora montarla y me gané el respeto de un hijo con un padre “guay”. Lo siento por las tiendas de juguetes y por las clases de religión que le quiera imponer Wert, pero el próximo fin de semana, nos bebemos un refresco y nos ponemos a dispararle a la puta lata mientras eructamos. Un niño es un niño, qué coño, hace treinta y cinco años y ahora.
Y si me quedo con algo de hace treinta y cinco años, es con eso, con las escopetas de gomas, con los paracaidistas, con las putas, con la gatera, las bicicletas, los coches con las puertas abiertas y las llaves dentro, la una de mi mula y las tetas de algunas niñas de trece años que ya quisieran tener sus madres (ojo, por entonces ellas eran mayores que yo). Algunas de ellas tuvieron que pasar la vergüenza de quedarse embarazadas a los dieciocho, casarse de penalti, abortar en casa de una curandera amiga de su madre, ser madres solteras y tener que aguantar a un borracho que no hacía otra cosa que cagarse en Dios y humillarlas a partes iguales. Después de tanto tiempo, me horroriza que algunos añoren esta otra realidad, quizás por no haber disparado nunca una puta escopeta de gomas o haber jugado a rescate y tocar primero en el árbol, por él y por todos sus compañeros.
En un rincón delante de una ventana ahorita mismo.
Querida mía:
Hoy he comido canelones. Los ha hecho mi madre para mi cuñado porque le gustan un montón, aunque la crítica culinaria hoy no ha sido la mejor que ha recibido mi progenitora. Quizás por la ansiedad de sacarlos y servirlos, se ha quedado un poco corta con el tiempo en el horno y no han quedado como para sentirse orgullosa. Yo me los he comido sin rechistar; estaban buenos y punto.
Tengo miles de motivos para estar cabreado, deprimido, contrariado, exhausto, aburrido y otras cosas que mejor no enuncio para que no me llores. Hoy estoy pletórico. Me han regalado un bote de colonia y un desodorante y como no sé si es un regalo sincero o una indirecta, me lo tomo por donde yo quiero, es decir, poco a poco por el vaporizador, porque el bote tiene una forma que puede haber hecho a muchos diseñadores de consoladores tirarse de los pelos… y además huele bien.
Al caso, creo que me estoy volviendo un retorcido. Digamos que estoy empezando a disfrutar con la mala cara que ponen mis más acérrimos enemigos cuando propongo alguna jugarreta que luego soy incapaz de llevar a cabo, bien es verdad. Pero no descarto empezar a recordar muchas cosas que practiqué en mi infancia, eso sí, ahora con peor leche.
En el barrio donde me crié había tres bares de alterne (vamos, lo que viene siendo un puticlub de los de toda la vida) y en frente de uno de ellos una iglesia (obviamente católica). Para los niños del barrio aquello no era ningún problema, al contrario, lo pasábamos muy bien gastándoles bromas que ellas no siempre recibían de buen grado. Tanto es así que nos invitaban a buscar a nuestras madres en el garito de la otra calle.
Yo ya pillé el progreso de los monopatines. Casi no usé los que se hacían con una tabla y tres rodamientos. Empezaron a sacar los que luego se han dado en llamar skates con unos tíos que los hacen subirse por los bordillos y dar vueltas en redondo mientras espero que se den la gran hostia por hacer cosas que yo nunca hubiera podido imaginar, sobre todo, porque en las dos mierdas de cadenas televisivas que teníamos (y la segunda recién estrenada) no salían cosas de esas, así que nos sentábamos de lado y bajábamos la calle por la acera haciendo lo que llamábamos “el balandro”, nos rozábamos los codos, las piernas, nos hacíamos mil piteras con todas las piedras de los umbrales de cada portal y lucíamos el número siete en todos los pantalones.
Enfrente de la iglesia, una mujer muy excéntrica tenía pájaros, culebras, gatos, lagartos y muchos bichos más. Con un espejo nos poníamos a deslumbrar a los canarios que terminaban cayendo al fondo de la jaula para nuestra alegría. Nos daba mucho coraje que se dedicara a poner periódicos con pescado para que se lo comieran los gatos de la calle. Eso ya no sé si era para molestar a las putas, porque solían discutir airadamente sobre lo que se debe hacer y lo que no.
Jugando al balón en la calle y usando las puertas de cochera como porterías, el peligro era que el balón se metiera en el balcón de culo-pato. Menos mal que su mujer, a sus espaldas, nos devolvía siempre la pelota para que siguiéramos molestándole en la siesta (la que es mala, es mala, a saber qué le habría hecho el pobre hombre).
El otro día le hice una escopeta de gomas a mi hijo. Una de esas que fabricábamos con un listón de madera más o menos plano, una punta sin cabeza en un extremo y una pinza de la ropa en el otro para lanzar, con una goma, el hierro de otra pinza desmontada. Me costó apenas media hora montarla y me gané el respeto de un hijo con un padre “guay”. Lo siento por las tiendas de juguetes y por las clases de religión que le quiera imponer Wert, pero el próximo fin de semana, nos bebemos un refresco y nos ponemos a dispararle a la puta lata mientras eructamos. Un niño es un niño, qué coño, hace treinta y cinco años y ahora.
Y si me quedo con algo de hace treinta y cinco años, es con eso, con las escopetas de gomas, con los paracaidistas, con las putas, con la gatera, las bicicletas, los coches con las puertas abiertas y las llaves dentro, la una de mi mula y las tetas de algunas niñas de trece años que ya quisieran tener sus madres (ojo, por entonces ellas eran mayores que yo). Algunas de ellas tuvieron que pasar la vergüenza de quedarse embarazadas a los dieciocho, casarse de penalti, abortar en casa de una curandera amiga de su madre, ser madres solteras y tener que aguantar a un borracho que no hacía otra cosa que cagarse en Dios y humillarlas a partes iguales. Después de tanto tiempo, me horroriza que algunos añoren esta otra realidad, quizás por no haber disparado nunca una puta escopeta de gomas o haber jugado a rescate y tocar primero en el árbol, por él y por todos sus compañeros.