Érase una vez



Y vivieron felices y comieron perdices… - Ya y voy yo y me lo creo (Shrek)
Sigo aquí, escribiendo cartas

Querida mía:

Cada vez que leemos o escuchamos una historia, lo hacemos con interés para saber cómo queda el final. No obstante, hemos oído también que lo importante es el camino y que el fin no justifica los medios. Nos importa demasiado el final, por eso, hoy voy a contarte solamente un pequeño fragmento de un cuento de princesas, príncipes y reyes que bien pudo ocurrir en un reino no muy lejano.

Dicen que un rey tenía al menos dos hijas. Lejos de encontrar un apuesto príncipe para sus princesas, vivió el infortunio de ver cómo sus respectivos príncipes se habían vuelto al charco.

De pronto, un mal día el rey cayó muy enfermo, se temía lo peor. Una de sus hijas, la más pequeña, se acercó a su cama para confesarle al rey que un nuevo príncipe había entrado en su vida.

El rey, sin apenas fuerzas para hablar y moverse, quiso adivinar si su princesa tendría la felicidad que todos los padres quieren para sus hijas y, como solo los padres saben hacer, le preguntó, cogiéndose el pecho con las manos, si ella se sentía querida por su apuesto príncipe.

- Mucho, papá, con toda su alma” contestó ella. Y el rey quedó tranquilo al ver el brillo en los ojos de su pequeña princesa y notó la fuerza con la que ella le apretaba la mano, sin poder ocultar el color sonrosado de sus mejillas.

Y el rey durmió tranquilo y el príncipe amó a la princesa como solo saben hacerlo los príncipes de los cuentos.

Lo que pasó después no quise leerlo. No me interesaba el final y me animé a escribirte esta carta por si un día salgo del charco y me meto en un cuento…el tuyo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario