Víctima y verdugo

Detrás de un hombre hay una gran mujer y detrás de ella… su esposa.

Desde un rincón mal triangulado, menguando la luna y cada vez menos lejos del cataclismo

Querida mía:

Hace más de dos mil años Sócrates ya se rasgó las vestiduras por una sociedad corrupta que lo acusaba a él de corruptor y, curiosamente, por ello terminó bebiendo cicuta. Las cosas hoy no están mucho mejor. Me explico.

Si bien queremos mostrar asombro por la primera plana de algunos diarios, nadie nos engaña cuando se descubre públicamente otro caso de corrupción, fundamentalmente política. El que más y el que menos conoce algún caso muy cercano e igualmente escandaloso que, por miedo, o por falta de compromiso, solo se atreve a comentar con sus conocidos más allegados en la barra de un bar o en su lugar de trabajo. Hoy venía en una revista que han imputado a varios altos cargos de una empresa pública por cobrar en orgías y bacanales parte del presupuesto de una obra. Por eso y por la crisis, es por lo que he dejado la prostitución encubierta y me planteo comprar un cubo de vaselina para evitar más desgarros. ¡Hijos de mala madre…!.

El día a día es más crudo. Nadie se interesa por las injusticias que cabalgan a nuestros lomos, pobres pringaos, pagando desatinos y vicios a los peores desalmados que se han atrincherado en urbanizaciones de lujo para evitarnos el nauseabundo olor que desprenden sus podridas colonias.

Uno de los últimos regalos que nos han hecho los políticos para atraer el voto femenino ha sido la ley de igualdad. Nos costará un riñón. Con esto solo se ha conseguido que el látigo que nos fustiga cambie de tirano.

Yo siempre he repudiado el machismo y me he batido el cobre contra aquellos que han ejercido el autoritarismo sexual desde el principio de los tiempos. Entonces se imponía la fuerza, el descrédito y la supremacía masculina haciendo alardes de superioridad en el cociente intelectual (que vendría a decir nuestro amigo Cañete). Tanto afán de igualdad nos ha convertido en homosexuales, emigrantes, discapacitados y hemos ido corriendo a sacar nuestro carnet de discriminado, pero ahora pregunto yo qué demonios pasa con los que somos hombres, de los de toda la vida, de aquí, del pueblo, currantes, con brazos, piernas y una inteligencia reconocida más o menos en la media. ¿Quién nos protege a nosotros?

Yo particularmente estoy harto de escuchar gritar a las minorías y de tener que ir cediendo mi espacio a los radicales insurrectos que se llenan la boca de decibelios. Yo tengo amigos homosexuales, ayudo a cruzar la acera al del bastón, me cambio la camisa con el negro aunque huela fatal y no descalifico a la mujer que se acueste con todos menos conmigo.

Hoy me toca ser víctima de una mujer despechada. Para hacerlo gráfico, sigo los pasos de su anterior víctima y me convierto en maltratador sicológico. Ni mi víctima ni mis ahora nuevos detractores tienen huevos de denunciarme públicamente y pasan a mostrarme cierto desprecio. Ellos se han convertido en jueces supremos juzgando, sentenciando, condenando y ejecutando a quien, sin enterarse, ha pasado por víctima, verdugo y se ve con la guillotina cayendo desde tres metros de altura.

Esa hipocresía me indigna. Esa es la que me hace toparme con escombros en lugar de hombres y mujeres por la calle, la que nos pasará peor factura que la de los políticos corruptos, las hambrunas, las desigualdades sociales, las calamidades, las epidemias provocadas por laboratorios usureros y las guerras. Porque esa es la hipocresía que me impide encontrarte donde todo huele a lo mismo, a puto azufre y mi pituitaria ya no puede seguir el aroma de la flor que ocultas por miedo a que se la coma un burro.

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