Filosofando

No sé en qué parte de esta historia perdí el argumento primario. No sé qué cojones me agobia si, como dice el calendario, vuelve a llegar la primavera y me molesta el sol… (Extremoduro).

Donde llegará el autor con su banda a cantarme irreverentes versos, eso sí, por casi treinta pavos.

Querida mía:

Me siento como transportado en el tiempo, como si me hubiera reencarnado después de dos mil trescientos años y recuperara la voz, las palabras y las ideas de mi antigua Grecia. Me veo inmerso en un mundo evolucionado, con aparatos de imagen, sonido y telecomunicación, con extraños cacharros que se enfrentan a nuestros ojos para hacernos la vida más cómoda y, de tan cómoda que nos la hacen, nos absorben el tiempo, la gracia y las ganas.

No procede que vuelva a mi vieja túnica, al barril, al pie desnudo, a prescindir de todo lo inservible, incluso del cuenco para el agua y demostrar al mundo que se puede vivir con muy poco. Hoy me costaría el ingreso en un siquiátrico. Es una pena pero todo sigue igual. Sigo en busca del hombre que nunca encontré y aparto escombros a cada paso que doy.

Tras comprobar las teorías de las corrientes filosóficas surgidas con posterioridad a mi primera existencia, me rasgo las vestiduras pensando en la Realidad Suprema, la Inteligencia, el alma y del culto a la introspección que practican aguerridos cobardes.

Si mezclamos el neoplatonismo con la religión cristiana, llegamos al misticismo, esa Idiotez Suprema (ahora sí) que nos atonta y nos echa a los pies de los caballos, considerando que nuestro estado de gracia es la comunión con Dios. Lo gracioso del caso es que comulgando con Dios o con ruedas de molinos no se consigue que las cosas se hagan solas, se limpien solas ni las piedras se rompan solas. “A Dios rogando y con el mazo dando”, decía un profesor que tuve en la universidad y lo ilustraba dibujando un mazo en un rincón del encerado.

Todo este rollo viene a cuento de que, por misticismo, por miedo o por vete tú a saber qué trauma infantil usemos como excusa, nos quedamos parados ante un cúmulo de circunstancias que nos anulan, nos condicionan, nos determinan, nos esclavizan… impidiéndonos experimentar por nosotros mismo lo que se supone que va a ser nuestra única, irrepetible, incomparable e inigualable vida. Me refiero a las decisiones que toman por nosotros los políticos, nuestros padres, nuestras tradiciones y nuestras creencias. Decir que “la intuición” está por encima del Ser es lo mismo que meter una zapatilla en una jaula y esperar a que cante o vivir “intuyendo” el número ganador de la lotería.

Querida mía, me he encontrado con mucha gente así. Sin ir más lejos, el otro día escuché a unos locutores de radio recriminar a un entrenador deportivo por quejarse de una situación injusta en un enfrentamiento con su rival más directo. Venían a decir que no se podía ser quejica, que era de hombres aceptar las derrotas deportivamente y que lo contrario dejaba mucho que decir acerca de su integridad como hombre.

No puedo estar más en contra. Veo que siguen sin quedar hombres en ninguna parte. Yo entiendo que precisamente, erguirse contra la injusticia, denunciar comportamientos inadecuados, luchar por que las cosas cambien, incluso a riesgo de ganar impopularidad, en definitiva, tomar la acción, es lo que realmente nos hace hombres, seres comprometidos con nuestros congéneres y exentos de los miedos que se les suponen a los ignorantes y a los niños.

Querida mía, no tengas miedo y vive. Vive para mejorar este mundo que dejaremos en herencia a nuestros hijos y limpiemos de escombros todas nuestras ciudades en ruina.

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