Como agua entre los dedos

Es simple, muy simple. Lo dicen en los mandamientos de Dios y, como soy ateo, prescindo de lo de amar a Dios sobre todas las cosas y me quedo con lo de amar al prójimo como a ti mismo.

Al sur de Plasencia, uno de estos días de frío y lluvia intermitente.

Querida mía:

Después de haberte querido reconocer entre la multitud, cuanto más cerca te noto, antes te esfumas. A veces una cara, a veces un perfume, a veces una sonrisa o unas piernas o un comentario o un paseo con un perro… pero en algún momento, algo cruza mi mente y todo se pierde en el mar. Lo habitual suele ir acompañado de un sonido de cierre de cremallera, como ocurría en aquella serie “Ally McBeal”.

Y puestos a recordar, con mi compañero de celda, comentamos cómo se las apañó la flacucha de Calixta Flockhart para engatusar a nuestro Indiana Jones favorito y llevárselo al huerto. Joder, ya han pasado cerca de quince años de aquello y nosotros sin catarla…

Este fin de semana toca reflexión. Aquello de hacer un poquito de introspección, pensar en el pasado, en los recursos, en el futuro, en plantear metas y objetivos… vamos, una mierda. Mejor nos damos al bello arte divinizado en Baco y nos dejamos llevar por un ron cubano, unos peces de hielo, un chorro de algo negro y dulce y las patas, caras y tetas que acompañan las películas de tiros. Si la tía está muy buena, tiene que ser mala, así que morirá de forma despiadada, pero eso sí, al final de la peli, cuando se haya ganado el sueldo por estar tan buena y por las múltiples cirugías que habrá tenido que sufrir en su camino a la gloria. El del maquillaje se llevará el resto del presupuesto.

Seguro que tú, mientras, estarás hablando con tus amigas de lo que vais a hacer para los próximos carnavales. Esos trajes de los chinos no son lo más adecuado. Se requiere elaboración para demostrar quién tiene más arte, quién se lo curra más y para quedar siempre como la más “in” de todas por aquello de que la competitividad femenina siempre está presente entre vosotras.

A mi amigo y a mí, desde esta celda, no nos supone ningún problema si primero empezaríamos con la buena o con la mala y si luego nos las cambiaríamos gentilmente. Es lo que tiene no estar ni mínimamente interesado en ponernos una goma y salir a la calle a hacer el borrego vestidos de tontón.

El caso es que no termino de entender esa competitividad. En alguna ocasión me han comentado que es por el nivel de exigencia que planteamos los hombres sobre las mujeres. Tenéis que ser perfectas, estar siempre monas, ser unas señoras en la calle, mujeres en casa y… eso que se dice en la cama y que luego tampoco miréis a cualquier otro hombre que no tenga una tripa cervecera bien currada, eructe y se pea en la cama y en el sofá y ronque como un lechón a vuestro oído, masacrando a José Carreras o al mismísimo Alfredo Kraus.

Pues ya ves, nosotros no pedimos ni que sepan coger bien una pistola, que no cierren los ojos ni griten al disparar y que sean las petardas que siempre lo arruinan todo, las que no corren en una persecución, las que se tienen que quitar los zapatos de tacón para que no le salgan ampollas del quince, las que son apartadas por los héroes que siempre hacen de escudo humano y es que, después de una lucha intensa, una carrera maratoniana, un chapuzón desde el embarcadero, una paliza despiadada o incluso al levantarse por la mañana, están auténticamente divinas de la muerte.

Ya que he cumplido cuarenta y tantos, solo quiero ver contigo una acera llena de gente, un escaparate lleno de complementos que nunca acertaré a combinar, un camarero pidiendo perdón por el retraso o un petardo de la filmoteca que te había recomendado algún cultureta friky que se quiso hacer el interesante contigo. Pero tú, te empeñas en conseguir un alambre para presumir delante de tus amigas y te vas con ellas dejándome a los pies o mejor, entre las piernas de la actriz mientras te escurres como agua entre los dedos.

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