La desesperación no es más que la certeza de que aún hay esperanza.
En mi pueblo pequeño, sin saber cómo me mirará la luna esta noche.
Querida mía:
¿Sabes? Estoy harto. Harto de la política, de la gente cobarde y, entre otras cosas, de las tradiciones estúpidas que nos confieren un aura de idiotez y de seguridad que solo nos garantizan la muerte en vida. Creo que ya lo dije una vez y no es más que un eco de Miguel Ángel Cornejo: “si lo mejor de la vida es no tener problemas, comer, dormir y resguardarse del frío y de la lluvia en invierno, los animales más realizados de este planeta son las vacas” y créeme que no me siento precisamente una vaca, viendo que los números de la báscula día a día son menores.
Estoy viviendo un luto, sí, lo estás leyendo bien, estoy de luto. El otro día escuché un programa en la radio donde un psicólogo hablaba de eso. En realidad, un doble luto, aunque ahora mismo estoy eufórico. No todo va a ser hiel, ¿no?
Pues verás, este sicólogo decía que, coincidiendo conmigo, hemos sufrido demasiados cambios en muy poco tiempo. Apenas hemos empezado a digerir el primero de ellos y ya se nos vienen echando encima otros mil más. Recuerda que la revolución industrial, el éxodo rural y otras grandes variaciones en nuestros hábitos no pasaron hace tanto. Pues bien, en lo sentimental también estamos todavía asimilando las nuevas tendencias.
Entonces, la esperanza de vida era mucho más corta. Las familias estaban fuertemente consolidadas y, tanto las pretendíamos proteger, que nos inventamos la paga de viudedad. No digo que fuera un desacierto, al contrario, pero pone de manifiesto el reconocimiento de una desconsolada viuda enfrentándose a una situación más que crítica en lo emocional y en lo económico. En lo segundo por haber dedicado su vida fundamentalmente al cuidado de los hijos sin procurar el sustento económico que llegaba a casa de manos del malogrado padre. Era habitual verlas trabajando como empleadas de otros hogares para poder mantener el suyo propio y convivir con sus madres para contar con más recursos y reducir gastos.
En el aspecto afectivo la cosa no pintaba mejor. Las viudas se quedaban guardando la ausencia de los maridos muertos vistiendo de negro para recibir la pena y la compasión del resto de la sociedad. Yo de pequeño veía esto continuamente, de hecho, mis abuelas vestían siempre de negro.
Los matrimonios eran para toda la vida, con independencia de que hubieran salido bien o mal. La ley del divorcio llegó con mucha timidez y a día de hoy muchos matrimonios se empeñan en seguir con sus amargas vidas a fin de evitar los comentarios de sus tradicionales familias de origen. Así, la pérdida del cónyuge, sobre todo del marido, traía una desgracia a la familia que no se podía levantar ni con una grúa. Para los descendientes unigénitos quedaba el estigma de la presentación: “soy fulanito, no hice la mili por ser hijo de viuda”.
Ese sentimiento de pérdida conllevaba un proceso de adaptación dividido por los sicólogos en fases. Unos dicen que cuatro, otros que siete, otros se inventan cosas nuevas… en fin, para ponernos de acuerdo, digamos que hay una fase de negación, otra de rabia, otra de negociación y la final, de aceptación. También advierten los expertos que estas fases pueden no seguir este orden y que la duración, la intensidad y las secuelas que pueden dejar cada una, varía con cada caso.
Esta teoría se ha hecho extensiva a las relaciones amorosas modernas y ahí es dónde me pilla a mí con todo el equipo. Pronto hará un año que mi matrimonio se rompió definitivamente. Para mí esta ruptura fue el peor de mis fracasos porque siempre entendí que la familia, mi familia, era lo más importante en mi vida (joder, parezco Vito Corleone). Nunca me importó sacrificar otras metas, profesionales o personales, pero la familia siempre supuso la prioridad sobre todas las cosas.
Pese a todo, mi matrimonio nunca funcionó. Yo esperaba que las asperezas se limaran y se aunaran los esfuerzos por un objetivo común. Perdida la esperanza y el ánimo, determiné buscar un camino que me llevara a otro sitio que no fuera el matadero emocional. Fue esperado pero duro. Se suma que en estos lutos la otra parte no se muere y a eso es a lo que no estamos habituados. Incluso puede ser peor, es decir, la parte contratante de la segunda parte, a diferencia de los muertos, puede volverse hostil y heme aquí certificando ese extremo.
Sin haber empezado a disfrutar las primeras fases de mi luto particular, me aventuré en otra relación que me prometía la tranquilidad, el afecto, el cariño y, por supuesto, el amor que entendí perdido o nunca hallado en mi relación matrimonial. La cosa no se prolongó ni seis meses. Esta vez fui yo quien resultó abandonado, así que me vi mezclando fases y sentimientos de ambas rupturas. Considerando lo anterior, tuve momentos en los que no sabía si estaba saliendo de una fase o entrando en otra, se aglutinaban y alternaban momentos de euforia, con ira, dolor, depresión, negación, esperanza, aceptación… vamos un caos emocional que no sé cómo no me dejó en estado catatónico y, a día de hoy, no tengo yo muy claro si lo estoy.
Ya todo esto me resultaba familiar. A un amigo le ocurrió algo parecido unos años atrás y yo, por pura precaución aunque soy ateo, le puse una vela a San Judas Tadeo para que me librara, de entre todos los males, de este en concreto. Si me entero de quién fue el hijoputa que sopló la vela, lo envío a galeras para el resto de su vida.
De la segunda ruptura me quedó la incomprensión como fase más pertinaz y arraigada. Traté de buscar consuelo en una explicación que solo he encontrado oculta en la cobardía. “Pesado” fue el último calificativo cariñoso que me llegó de su parte, ¿no te jode? Pesado por tratar de encontrar una solución, una explicación, una forma de recuperar la relación que se me antojaba la más intensa y correspondida que había tenido en mi vida. Pesado, sí, muy pesado, es posible. Por no serlo traté de ir de puntillas. Pesado es la palabra que escucharé mil veces de mi hijo al que quiero más que a mi vida. ¡Que se joda si le ha salido un padre pesado! Cuando sea padre, le reconoceré la competencia si su hijo le devuelve el piropo.
Y con la pertinaz pesadez de un soñador, poco a poco vuelvo a reunir mis cenizas, a resurgir como el majestuoso ave Fénix y a sobrevolar el horizonte para encontrarte, tomarte suavemente por la cintura y transportarte hasta donde tus sueños y los míos iluminen más que el sol, más que Sirio, más que Dios.
En mi pueblo pequeño, sin saber cómo me mirará la luna esta noche.
Querida mía:
¿Sabes? Estoy harto. Harto de la política, de la gente cobarde y, entre otras cosas, de las tradiciones estúpidas que nos confieren un aura de idiotez y de seguridad que solo nos garantizan la muerte en vida. Creo que ya lo dije una vez y no es más que un eco de Miguel Ángel Cornejo: “si lo mejor de la vida es no tener problemas, comer, dormir y resguardarse del frío y de la lluvia en invierno, los animales más realizados de este planeta son las vacas” y créeme que no me siento precisamente una vaca, viendo que los números de la báscula día a día son menores.
Estoy viviendo un luto, sí, lo estás leyendo bien, estoy de luto. El otro día escuché un programa en la radio donde un psicólogo hablaba de eso. En realidad, un doble luto, aunque ahora mismo estoy eufórico. No todo va a ser hiel, ¿no?
Pues verás, este sicólogo decía que, coincidiendo conmigo, hemos sufrido demasiados cambios en muy poco tiempo. Apenas hemos empezado a digerir el primero de ellos y ya se nos vienen echando encima otros mil más. Recuerda que la revolución industrial, el éxodo rural y otras grandes variaciones en nuestros hábitos no pasaron hace tanto. Pues bien, en lo sentimental también estamos todavía asimilando las nuevas tendencias.
Entonces, la esperanza de vida era mucho más corta. Las familias estaban fuertemente consolidadas y, tanto las pretendíamos proteger, que nos inventamos la paga de viudedad. No digo que fuera un desacierto, al contrario, pero pone de manifiesto el reconocimiento de una desconsolada viuda enfrentándose a una situación más que crítica en lo emocional y en lo económico. En lo segundo por haber dedicado su vida fundamentalmente al cuidado de los hijos sin procurar el sustento económico que llegaba a casa de manos del malogrado padre. Era habitual verlas trabajando como empleadas de otros hogares para poder mantener el suyo propio y convivir con sus madres para contar con más recursos y reducir gastos.
En el aspecto afectivo la cosa no pintaba mejor. Las viudas se quedaban guardando la ausencia de los maridos muertos vistiendo de negro para recibir la pena y la compasión del resto de la sociedad. Yo de pequeño veía esto continuamente, de hecho, mis abuelas vestían siempre de negro.
Los matrimonios eran para toda la vida, con independencia de que hubieran salido bien o mal. La ley del divorcio llegó con mucha timidez y a día de hoy muchos matrimonios se empeñan en seguir con sus amargas vidas a fin de evitar los comentarios de sus tradicionales familias de origen. Así, la pérdida del cónyuge, sobre todo del marido, traía una desgracia a la familia que no se podía levantar ni con una grúa. Para los descendientes unigénitos quedaba el estigma de la presentación: “soy fulanito, no hice la mili por ser hijo de viuda”.
Ese sentimiento de pérdida conllevaba un proceso de adaptación dividido por los sicólogos en fases. Unos dicen que cuatro, otros que siete, otros se inventan cosas nuevas… en fin, para ponernos de acuerdo, digamos que hay una fase de negación, otra de rabia, otra de negociación y la final, de aceptación. También advierten los expertos que estas fases pueden no seguir este orden y que la duración, la intensidad y las secuelas que pueden dejar cada una, varía con cada caso.
Esta teoría se ha hecho extensiva a las relaciones amorosas modernas y ahí es dónde me pilla a mí con todo el equipo. Pronto hará un año que mi matrimonio se rompió definitivamente. Para mí esta ruptura fue el peor de mis fracasos porque siempre entendí que la familia, mi familia, era lo más importante en mi vida (joder, parezco Vito Corleone). Nunca me importó sacrificar otras metas, profesionales o personales, pero la familia siempre supuso la prioridad sobre todas las cosas.
Pese a todo, mi matrimonio nunca funcionó. Yo esperaba que las asperezas se limaran y se aunaran los esfuerzos por un objetivo común. Perdida la esperanza y el ánimo, determiné buscar un camino que me llevara a otro sitio que no fuera el matadero emocional. Fue esperado pero duro. Se suma que en estos lutos la otra parte no se muere y a eso es a lo que no estamos habituados. Incluso puede ser peor, es decir, la parte contratante de la segunda parte, a diferencia de los muertos, puede volverse hostil y heme aquí certificando ese extremo.
Sin haber empezado a disfrutar las primeras fases de mi luto particular, me aventuré en otra relación que me prometía la tranquilidad, el afecto, el cariño y, por supuesto, el amor que entendí perdido o nunca hallado en mi relación matrimonial. La cosa no se prolongó ni seis meses. Esta vez fui yo quien resultó abandonado, así que me vi mezclando fases y sentimientos de ambas rupturas. Considerando lo anterior, tuve momentos en los que no sabía si estaba saliendo de una fase o entrando en otra, se aglutinaban y alternaban momentos de euforia, con ira, dolor, depresión, negación, esperanza, aceptación… vamos un caos emocional que no sé cómo no me dejó en estado catatónico y, a día de hoy, no tengo yo muy claro si lo estoy.
Ya todo esto me resultaba familiar. A un amigo le ocurrió algo parecido unos años atrás y yo, por pura precaución aunque soy ateo, le puse una vela a San Judas Tadeo para que me librara, de entre todos los males, de este en concreto. Si me entero de quién fue el hijoputa que sopló la vela, lo envío a galeras para el resto de su vida.
De la segunda ruptura me quedó la incomprensión como fase más pertinaz y arraigada. Traté de buscar consuelo en una explicación que solo he encontrado oculta en la cobardía. “Pesado” fue el último calificativo cariñoso que me llegó de su parte, ¿no te jode? Pesado por tratar de encontrar una solución, una explicación, una forma de recuperar la relación que se me antojaba la más intensa y correspondida que había tenido en mi vida. Pesado, sí, muy pesado, es posible. Por no serlo traté de ir de puntillas. Pesado es la palabra que escucharé mil veces de mi hijo al que quiero más que a mi vida. ¡Que se joda si le ha salido un padre pesado! Cuando sea padre, le reconoceré la competencia si su hijo le devuelve el piropo.
Y con la pertinaz pesadez de un soñador, poco a poco vuelvo a reunir mis cenizas, a resurgir como el majestuoso ave Fénix y a sobrevolar el horizonte para encontrarte, tomarte suavemente por la cintura y transportarte hasta donde tus sueños y los míos iluminen más que el sol, más que Sirio, más que Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario