Fraticidio

Las víctimas de la violencia de género no son siempre las mujeres. El victimismo de la mujer es otra forma de violencia aún por reconocer, combatir y eliminar de esta nuestra comunidad hipócrita.

Donde los hombres somos culpables por cojones, a dos días de su celebración.

Querida mía:

Ya sé que tengo prometida una trilogía sobre relaciones, promesas y mentiras, pero hoy estoy indignado y, como cumplo el tópico, cuanto más disgustado, deprimido, harto y, en definitiva, negativo, estoy, más ganas me dan de escribir.

Hoy he leído en el periódico, por segunda vez, que un gitanito ha sido detenido por ser “presunto homicida” de su esposa. Como diría mi amiga Nica “¡Ole, ole y ole, la virgen de los caracoles!” (versión profana del “madre del amor hermoso” que preferiría algún beato reprimido).

Resulta que el acusado parece haber tirado del furgón a su esposa y, fruto de la caída, la malograda mujer se golpeó mortalmente en la nuca. No murió en el acto. Aún le dio tiempo de llegar al hospital donde nada pudieron hacer por su vida. Casualmente yo estaba allí con mi hijo porque se había clavado una astilla jugando con un palo y, para evitar males mayores, me acerqué a que se la sacaran.

Esperando a que atendieran a mi hijo, pude ver a dos guardias civiles escoltando a un joven de piel más bien oscura, delgado, bajito, con un chándal  azul, bien alejado de los cánones que preferirían los Giorgio Armani, Christian Dior y otros congéneres famosos por sus caros diseños textiles.

Al parecer, este joven tiene unos veinticuatro años, tres más que la fallecida. Esta mañana me han dicho que se ha intentado suicidar, no sé si queriéndose cortar las venas o dándose cabezazos contra la pared, pero me da la impresión de que si no lo consigue otro día, el resto de su vida lo imagina peor que en el nicho.

Yendo al grano, el gitano ha declarado que no la tiró, que fue ella la que saltó del furgón, teoría que yo sostenía en cuanto leí la noticia en el periódico. No es posible que un joven de veinticuatro años, bajito y un tanto escuchimizado, pueda abrir la puerta de un vehículo y arrojar a una joven de veintiuno, a poca resistencia que esta ofrezca, mientras conduce. Quiero recordar que para abrir la puerta de un furgón, casi se hace obligatorio abandonar el volante, por no decir que la posición requerida, coloca en clarísima ventaja al acompañante que puede defenderse con las dos manos, por no hablar del refuerzo que supone el cinturón de seguridad.

El gitano ha reconocido que tuvieron una discusión (no es de extrañar teniendo en cuenta que volvían de visitar a unos familiares) y yo incluso me atrevería a decir que durante la misma o, en ocasiones anteriores, el calé le pudiera haber propinado un par de hostias o alguna más. Es la segura herencia que le habría podido dejar su progenitor, fruto de una sociedad tradicionalmente machista.

No tengo ni idea del motivo por el que discutieron ni si su relación incluía la violencia física y/o psicológica, pero sí tengo claro que la sociedad paya, gracias al hijo de puta del periodista, ya ha juzgado, condenado, sentenciado y se encuentra a la espera de ejecutar, a este pobre alfeñique. La sociedad gitana ya le ha fulminado con su propia ley. Más pronto que tarde tendrá la oportunidad de pedir en persona, o mejor en espíritu, perdón a su esposa. Uy, se me olvidaba de que el matrimonio solo dura hasta la muerte, mal que le pese a más de una.

Me pregunto yo si no habría que ajusticiar al periodista (o al propio director del periódico) por haberse pasado por el arco del triunfo la máxima de que todo ciudadano es INOCENTE hasta que no se demuestre lo contrario y, que yo sepa, aún no se ha demostrado nada. Feo papel tendrá el juez que se atreva a absolver al gitanito o a imponerle una pena menor que no incluya la privación de libertad. Es posible que, por su propia seguridad (la del juez) lo meta entre rejas una buena temporada, para escarmiento de todos aquellos que se atrevan a discutir con una mujer mientras conducen. Qué idiota, he olvidado que los jueces carecen de conciencia.

Por si alguien tiene alguna duda, condeno cualquier forma de violencia y aquí vengo a condenar el linchamiento social en aras de la exaltación del protagonismo, el victimismo y el puto morbo que fomentan las Belén Esteban, los Jorge Javier Vázquez y los demás protagonistas de los juicios públicos viviendo de lujo a costa del escarnio de los que los contemplan y se dedican solo a encender el televisor.

Estoy plenamente convencido de que nos hemos pasado tres pueblos. Esta es la prueba evidente de que nos solidarizamos con las víctimas antes de ni siquiera averiguar si en realidad son verdugos, solo por el hecho de dárnoslas de modernos y de comprometidos. Luego, nos montamos en el coche e insultamos a cualquiera que se pase un semáforo en ámbar o que no haya puesto un intermitente en un giro obligatorio y ya no digo de prestar declaración en un juzgado arrojando luz para que la justicia se imponga. Nos limitamos a escaquearnos y a evitar ser “salpicados” cuando el problema es de otros. Aprovecho para echar mano de la cita esa famosa que empieza “primero vinieron por los negros, pero yo no hice nada, porque no soy negro …”

Menos mal que siempre quedan unos pocos a los que agradecer que a día de hoy el derecho de pernada no esté vigente. No se publicaron sus nombres pero siglos después este servidor agradece de todo corazón a cada uno de los que pusieron su granito de arena, a los que sacrificaron su trabajo, su integración social, su familia e incluso su vida porque hoy nuestra preocupación sea otra. A todos esos valientes desconocidos y a los que quedan por desconocer ¡GRACIAS!

Y tú, querida mía, sigue luchando contra esta hipocresía agotadora y recuerda que en mi corazón, en el de nuestros hijos y en el de algún indignado que nos evoque dentro de unos siglos, perdurará el espíritu de la igualdad, de la libertad, de las oportunidades, de la justicia y, cómo no, de la fraternidad.