Gabriel García Márquez ha muerto. Viva el rey, como vives tú en mi memoria.
En mi cubículo, desde donde no se aprecian las flores del mes
Querida mía:
Aunque mi ciudad no huele a mar, en ocasiones se llena de turistas. En las últimas fiestas religiosas me llamó finalmente Quica para aceptar mi compañía a cambio de una ruta guiada por los lugares de mayor interés para los visitantes. Vendría Juana de la capital y pretendía para su amiga unos días, cuando menos, entretenidos.
Con eso se escribía mi guión. Ahí es nada hacer de bufón, guía turístico, relaciones públicas, taxista, escolta, pagafantas y mamporrero. A cambio, poder meter alguna cuña de autopromoción, filosofía, humor, ironía y estilo de vida…sin morir en el intento. Me salió bien porque terminé indemne y nadie juró asesinarme ni odiarme el resto de su vida.
Se unió Concha que para esos días también tenía previsto pasar unos días por aquí. Yo, que hago lo mismo a un homenaje que a un escándalo, decidí que todos juntos podríamos pasar una velada estupenda y, puestos a juntarnos, reclutamos a Evelyn y Pep tras coincidir con ellos en un restaurante tomando unas tapas.
Me confieso culpable de organizar este tipo de cócteles donde todos caben y todos son supuestamente responsables de sus actos, pero voy reconociendo que la gasolina y las cerillas no son una buena mezcla. En menos que Carlos Sobera levanta una ceja, Quica se había hermanado con Evelyn y se habían propuesto conocer a todo el que sostuviera un vaso y llevara pantalón.
Por el exceso de confianza, la verborrea recurrente y la exaltación de la amistad que provocan dos botellas de azpilicueta y varios botellines de cerveza, se secuenciaron varias conversaciones que encontraron su punto álgido en los tonos arbóreos de la copa y el tronco respectivamente. Para resumir, por el carácter latino que nos marca, sexo y escatología se alternaron y unieron por momentos para provocar sorpresa, estupor, asco, incredulidad, desaprobación… y yo, que nunca había visto tantas expresiones en tan pocas caras, empezaba a sentir una incómoda y tensa presión.
Entonces, entró por la puerta un tipo joven, bien plantado, guapete, con aspecto de legionario y cara de cordero degollado, los ojos de Platero y la juventud del cervatillo que pierde a su madre. Evelyn y Quica dejaron las conversaciones y se abalanzaron sobre Bambi, lo cual me permitió escabullirme de la multitud, acompañar a Concha a su casa y dejarle mi teléfono a Juana por si acaso su gsm dejaba de emitir una señal fiable. Finalmente, Bambi terminó haciendo de Platero poniendo en peligro los ojos de Quica y en evidencia la poca intimidad que otorgan unos tabiques de ladrillo hueco. Juana no pudo dormir.
Al día siguiente, Quica, Juana y yo discutimos sobre la naturalidad de lo escatológico que tanto azoraba a Juana. Siendo padres, Quica y yo aceptábamos de mejor grado aquellas evidencias de nuestra sucia humanidad. Los bebés suelen anticiparse poniendo cara de asiáticos, repartirse con sus progenitores y concluir con una sonrisa o cara de satisfacción que contagian a pesar del momento desagradable. De mayores no somos tan entrañables, pero en ocasiones no podemos evitar hacer una muestra de nuestra condición humana.
Aunque hace más de veinte años de esto, todavía suelto una carcajada cada vez que lo recuerdo.
En aquel pueblo los carnavales eran la fiesta mayor. Se colgaba a un burro del campanario de la iglesia y algunos radicales gritaban “así, así, la guardia civil”. Seguro que alguno los hubiera enviado directamente a la cámara de gas y yo… a ver, yo hice lo que pude.
Salíamos a una media de dieciséis carajillos diarios. Hacía un frío del demonio y no había otra forma mejor de entrar en calor. Llevábamos tres días de fiesta malcomiendo, multifumando y polibebiendo, de tal manera que sometíamos a una prueba muy dura a todos los órganos de nuestro cuerpo. En la discoteca más popular, donde se celebraban peleas de mujeres en el barro, se exhibían cuerpos sensuales llegando al destape integral y se montaban algunas atracciones, le llegó el turno al toro mecánico.
Tratando de seguir a mis amigos, me vi más apretado que los pantalones de Yola Berrocal y empecé a sentir una presión interna aproximadamente a unos cuatro dedos por debajo de mi ombligo. Miré alrededor y la suerte estaba echada. No había posibilidad ni de salir a la calle ni de llegar hasta un cuarto de baño, así que relajé mis esfínteres y recé para que aquello no terminara saliendo por el calcetín.
Afortunadamente, mis pantalones no se hincharon demasiado, pero empecé a notar un alivio interno y externo. Curiosamente la gente se apartaba de mi lado y comenzaba a abrirme camino adoptando un gesto que ni el mismo Ibáñez podría reflejar en sus dibujos. Yo, aprovechando que el bastón de Moisés volvía a obrar el milagro, conseguí subirme al toro mecánico y vengarme de la benemérita durante los diez segundos que conseguí cabalgar a la bestia.
Salí con la misma prodigiosa facilidad con la que había llegado hasta el ingobernable animal y, completando la cola, me agolpé sobre los que ya alcanzaban la salida quejándome de la mala baba del capullo que repartió las no menos de mil bombas fétidas por toda la discoteca.
Para mi alivio, más de uno culpó al dueño de la otra discoteca que ya había tratado de arruinar la diversión en este local por ver cómo sus clientes cambiaban de plaza. También amenazaban con tirar al hijo del dueño al pilón como ya lo hicieran en otra ocasión por algo parecido. Teníamos cinco grados de temperatura máxima por aquellas fechas, pero reconozco que ese tipo nunca me cayó bien.
¡Las tías no se peen, qué va!- decía con mucha sorna uno de los adolescentes que me acompañaban en el grupo de bailes regionales del barrio. Acto seguido se apartaba de su sonrojada novia y lideraba la evacuación de la sala. Todos levantábamos el pulgar pidiendo que la culpable bajara el suyo reconociendo su desliz e imitando el gesto del césar romano pidiendo la muerte del gladiador vencido. Pero no, eso nunca ocurría. Las tías no se peen, qué va.
Y así, querida mía, con estas y otras discusiones que alejan a los hombres de las mujeres, nos empeñamos en esta soledad que nos durará cien años, trascendiendo a un cuerpo que no lo resiste, tú en Macondo y yo sin ti, acarreando hielo y robando con mercurio el oro de unos anillos que ya lucen negros en mis pulgares.
En mi cubículo, desde donde no se aprecian las flores del mes
Querida mía:
Aunque mi ciudad no huele a mar, en ocasiones se llena de turistas. En las últimas fiestas religiosas me llamó finalmente Quica para aceptar mi compañía a cambio de una ruta guiada por los lugares de mayor interés para los visitantes. Vendría Juana de la capital y pretendía para su amiga unos días, cuando menos, entretenidos.
Con eso se escribía mi guión. Ahí es nada hacer de bufón, guía turístico, relaciones públicas, taxista, escolta, pagafantas y mamporrero. A cambio, poder meter alguna cuña de autopromoción, filosofía, humor, ironía y estilo de vida…sin morir en el intento. Me salió bien porque terminé indemne y nadie juró asesinarme ni odiarme el resto de su vida.
Se unió Concha que para esos días también tenía previsto pasar unos días por aquí. Yo, que hago lo mismo a un homenaje que a un escándalo, decidí que todos juntos podríamos pasar una velada estupenda y, puestos a juntarnos, reclutamos a Evelyn y Pep tras coincidir con ellos en un restaurante tomando unas tapas.
Me confieso culpable de organizar este tipo de cócteles donde todos caben y todos son supuestamente responsables de sus actos, pero voy reconociendo que la gasolina y las cerillas no son una buena mezcla. En menos que Carlos Sobera levanta una ceja, Quica se había hermanado con Evelyn y se habían propuesto conocer a todo el que sostuviera un vaso y llevara pantalón.
Por el exceso de confianza, la verborrea recurrente y la exaltación de la amistad que provocan dos botellas de azpilicueta y varios botellines de cerveza, se secuenciaron varias conversaciones que encontraron su punto álgido en los tonos arbóreos de la copa y el tronco respectivamente. Para resumir, por el carácter latino que nos marca, sexo y escatología se alternaron y unieron por momentos para provocar sorpresa, estupor, asco, incredulidad, desaprobación… y yo, que nunca había visto tantas expresiones en tan pocas caras, empezaba a sentir una incómoda y tensa presión.
Entonces, entró por la puerta un tipo joven, bien plantado, guapete, con aspecto de legionario y cara de cordero degollado, los ojos de Platero y la juventud del cervatillo que pierde a su madre. Evelyn y Quica dejaron las conversaciones y se abalanzaron sobre Bambi, lo cual me permitió escabullirme de la multitud, acompañar a Concha a su casa y dejarle mi teléfono a Juana por si acaso su gsm dejaba de emitir una señal fiable. Finalmente, Bambi terminó haciendo de Platero poniendo en peligro los ojos de Quica y en evidencia la poca intimidad que otorgan unos tabiques de ladrillo hueco. Juana no pudo dormir.
Al día siguiente, Quica, Juana y yo discutimos sobre la naturalidad de lo escatológico que tanto azoraba a Juana. Siendo padres, Quica y yo aceptábamos de mejor grado aquellas evidencias de nuestra sucia humanidad. Los bebés suelen anticiparse poniendo cara de asiáticos, repartirse con sus progenitores y concluir con una sonrisa o cara de satisfacción que contagian a pesar del momento desagradable. De mayores no somos tan entrañables, pero en ocasiones no podemos evitar hacer una muestra de nuestra condición humana.
Aunque hace más de veinte años de esto, todavía suelto una carcajada cada vez que lo recuerdo.
En aquel pueblo los carnavales eran la fiesta mayor. Se colgaba a un burro del campanario de la iglesia y algunos radicales gritaban “así, así, la guardia civil”. Seguro que alguno los hubiera enviado directamente a la cámara de gas y yo… a ver, yo hice lo que pude.
Salíamos a una media de dieciséis carajillos diarios. Hacía un frío del demonio y no había otra forma mejor de entrar en calor. Llevábamos tres días de fiesta malcomiendo, multifumando y polibebiendo, de tal manera que sometíamos a una prueba muy dura a todos los órganos de nuestro cuerpo. En la discoteca más popular, donde se celebraban peleas de mujeres en el barro, se exhibían cuerpos sensuales llegando al destape integral y se montaban algunas atracciones, le llegó el turno al toro mecánico.
Tratando de seguir a mis amigos, me vi más apretado que los pantalones de Yola Berrocal y empecé a sentir una presión interna aproximadamente a unos cuatro dedos por debajo de mi ombligo. Miré alrededor y la suerte estaba echada. No había posibilidad ni de salir a la calle ni de llegar hasta un cuarto de baño, así que relajé mis esfínteres y recé para que aquello no terminara saliendo por el calcetín.
Afortunadamente, mis pantalones no se hincharon demasiado, pero empecé a notar un alivio interno y externo. Curiosamente la gente se apartaba de mi lado y comenzaba a abrirme camino adoptando un gesto que ni el mismo Ibáñez podría reflejar en sus dibujos. Yo, aprovechando que el bastón de Moisés volvía a obrar el milagro, conseguí subirme al toro mecánico y vengarme de la benemérita durante los diez segundos que conseguí cabalgar a la bestia.
Salí con la misma prodigiosa facilidad con la que había llegado hasta el ingobernable animal y, completando la cola, me agolpé sobre los que ya alcanzaban la salida quejándome de la mala baba del capullo que repartió las no menos de mil bombas fétidas por toda la discoteca.
Para mi alivio, más de uno culpó al dueño de la otra discoteca que ya había tratado de arruinar la diversión en este local por ver cómo sus clientes cambiaban de plaza. También amenazaban con tirar al hijo del dueño al pilón como ya lo hicieran en otra ocasión por algo parecido. Teníamos cinco grados de temperatura máxima por aquellas fechas, pero reconozco que ese tipo nunca me cayó bien.
¡Las tías no se peen, qué va!- decía con mucha sorna uno de los adolescentes que me acompañaban en el grupo de bailes regionales del barrio. Acto seguido se apartaba de su sonrojada novia y lideraba la evacuación de la sala. Todos levantábamos el pulgar pidiendo que la culpable bajara el suyo reconociendo su desliz e imitando el gesto del césar romano pidiendo la muerte del gladiador vencido. Pero no, eso nunca ocurría. Las tías no se peen, qué va.
Y así, querida mía, con estas y otras discusiones que alejan a los hombres de las mujeres, nos empeñamos en esta soledad que nos durará cien años, trascendiendo a un cuerpo que no lo resiste, tú en Macondo y yo sin ti, acarreando hielo y robando con mercurio el oro de unos anillos que ya lucen negros en mis pulgares.
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