Con dos camas vacías

Ni tú bordas pañuelos ni yo rompo contratos. Ni yo mato por celos, ni tú mueres por mí. Antes de que me quieras, como se quiere a un gato, me largo con cualquiera que se parezca a ti…. (Sabina, con dos camas vacías)

En un pico de humor, cuando la luna ha terminado de crecer y aúllo como un lobo.

Querida mía:

Hoy estoy pletórico, eufórico, histérico, romántico, tántrico, metódico y, joder, esdrújulo.

Anoche me junté con la versión femenina de Tip y Coll, el amigo este con acento andaluz y la parte del coro rociero que pierde aceite. También estuvo el cocinero gay que viene a amenizar esas noches de solfa que empiezan mirando a una pantalla, hinchando las venas del cuello y terminan a las dos de la tarde del día siguiente echándole la culpa, cómo no, al puto hielo.

Como nos vinimos a juntar casi una decena, cada vez que salíamos a fumar un cigarro para poder conversar un poco y alejarnos del bullicio de las coplas de la Jurado, parecía que alguien se había fogueado. El local se quedaba en cuadros. Lejos de reconocer a tan asqueroso artífice, decidimos tomárnoslo por derecho y adoptar cada uno a nuestro propio pedo.

Una vez que me arruinaron dos melindrosas canciones (“my way” y “siento que te estoy perdiendo”) decidimos irnos a rellenar de gas al garito de los conciertos, ese en el que mientras unos paisanos cantan, te cobran cincuenta céntimos más por la galimba y sin promesa de sexo a cambio, ni siquiera con el camarero que ya se acerca a los cincuenta … años y no vale ni los cincuenta céntimos extras que pagas por la birra. Como ya los del coro se habían ido al taller, las humoristas a la cama y el amenizador a tomar por culo (supongo), nos quedamos solos el quillo y yo.

Allí había de todo. Una pandilla de ya no tan niñas, había decidido vestirse como los personajes de Grease con complementos a juego incluso. No faltaba ni un pañuelito de topos ni la Olivia Newton John buscando al protagonista de Pulp Fiction. Por más que sabíamos que una de ellas estaba algo desatada, no se nos ocurrió ir a buscar unos pantalones de cuero y dejarnos medio sueldo en gomina al más puro estilo de Mijatovic. Cerca de nosotros, había un grupito de chicas que se veían abordadas con cierta frecuencia por todos aquellos que buscan una excusa para meter en caliente y luego se tienen que ir dejando una moneda en la faldriquera de la pretendida, sin apuntar una muesca en la culata de su revólver.

El quillo se largó también y me dejó un aura de misterio ante la duda despejada de mi sexualidad, así que dos de estas chicas, que repartían más calabazas que el profesor de Zipi y Zape, se acercaron a mí con la intención, seguramente, de repartir las últimas unidades que quedaban en el remolque del tractor.

Qué pena, no pudo ser, tuvieron que llevárselas puestas. Me encontré con un colega que hacía mil años que no veía, nos contamos nuestro desdichado paralelismo en la búsqueda del amor perdido, del amor pagado y del amor es-fumado mientras sacó un poco de María para que nos diera un par de besos en la boca. En realidad con él fue más cariñosa. Me contó que tiene un grupo de rock, nos intercambiamos los teléfonos y me invitó a acudir a su local de ensayo los lunes y miércoles para echar unas manitas con la guitarra. Es posible que un día me arranque a preparar un monólogo y le haga de medio telonero los días en los que, por desgracia, toque jugar al Barça con el Madrid o con el Athleti.

Se hizo de día. Aullé a la luna desde mi coche aparcado en la plaza del centro y me volví a casa a abrazarte y besarte por mucho que tus besos me supieran a algodón. Al despertar, vi que otra vez en tu casa y en la mía, volvíamos a quedarnos ... con dos camas vacías.

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