Ojo por ojo y el mundo acabará ciego (Gandhi).
En cualquier parte, resguardado de la lluvia y el frío por uno de los años que me quedan.
Querida mía:
Anoche se entremezclaron miles de sentimientos en mi cabeza. Terminé llorando. Lo que peor llevo son esas cosas que no puedo comprender, por eso cito al maestro con una de las frases que reconozco como más demoledoras, convencido de que al final, si alguien no lo remedia (y Gandhi ya no puede) terminaremos todos ciegos. Unos de alcohol y drogas, otros de envidia y otros como víctimas o autores de una venganza.
Anoche se me juntaron esas tres cegueras. La de las drogas no, porque sabes que no las tomo, pero el alcohol…ay el alcohol, el barato alcohol, como decía La Unión en "el cielo en la tierra" que se me metió primero en forma de cerveza y luego mezclado con hielo desde Cuba en armoniosa compañía del producto americano por excelencia. Siguió la ceguera por la envidia de no tenerte, de no verte sonreír ante una de las miles de chorradas que se me ocurrieron, producto de la verborrea recurrente que aflora en los primeros estados de embriaguez, la envidia de los que parecían ser felices por haberte encontrado y subestimar todo lo que yo más ansío, la envidia de los que te tenían más cerca aunque hablaras inglés mejor que yo y consiguieras hacer diariamente más de diez kilómetros sin echar la papilla al terminar el primer hectómetro.
Anoche llegó el sentimiento de ser víctima de una venganza, una inútil y desesperada intentona por truncar mi aparente felicidad y el frío devastador que se siente cuando todo queda arrasado al paso de tal ciclón, mientras repite el eco "lo primero es la familia" y la familia se va al garete, toda, ascendencia, descendencia y fraternidad, toda alrededor de una mesa maldiciendo esa vendetta por absurda y gratuita.
Así que anoche acabé llorando y llorándote por no estar ahí, por no sentir un abrazo y un beso, por no ser feliz a pesar de haber tenido los miles de motivos que muchos hubieran deseado para sonreír y sentirse los héroes del barrio.
Por todo y más perdí los papeles. Grité hasta la tercera escala maldiciendo tu nombre, tu vida, tu familia, tu retorcimiento por mandar aquellos mensajes…y él lo oyó. Supongo que no quiso dar crédito a sus oídos porque no hizo ademán de haberse sentido afectado, pero lo oyó y adivinó el mensaje. Valiente forma de protegerlo la de hacer que se sienta responsable de las iras egoístas de tu propia paranoia. Luego su cuerpecito se acurrucó a mi lado y me devolvió toda la dulzura que me habías arrebatado, se me olvidó incluso que existías, que me pudiera estar pasando todo lo que me pasó y todo junto.
Anoche un niño me enseñó que la mejor respuesta ante el peor ataque es la indiferencia y la serenidad. Unos dinosaurios de plástico y una repetidora de juguete son capaces de sofocar todas las llamas que avivan tu ira.
No sé cuándo volveré a verte ni en qué lugar ni en qué momento. No sé si aparecerás en una fiesta o en la cola del autobús, pero aunque solo sea por un instante, antes de mi muerte, deseo vivir lo suficiente para saber que estabas ahí para mí, por mil veces que me quites la vida, por mil veces que me arranques los ojos y por otras mil que me hagas llorar.
Si nos quedamos ciegos, al menos nos quedarán las manos para acariciar, los labios para besar, la piel para sentir, los oídos para escuchar esas palabras tan dulces que algún día, por mucho tiempo, me tendrás que decir.
En cualquier parte, resguardado de la lluvia y el frío por uno de los años que me quedan.
Querida mía:
Anoche se entremezclaron miles de sentimientos en mi cabeza. Terminé llorando. Lo que peor llevo son esas cosas que no puedo comprender, por eso cito al maestro con una de las frases que reconozco como más demoledoras, convencido de que al final, si alguien no lo remedia (y Gandhi ya no puede) terminaremos todos ciegos. Unos de alcohol y drogas, otros de envidia y otros como víctimas o autores de una venganza.
Anoche se me juntaron esas tres cegueras. La de las drogas no, porque sabes que no las tomo, pero el alcohol…ay el alcohol, el barato alcohol, como decía La Unión en "el cielo en la tierra" que se me metió primero en forma de cerveza y luego mezclado con hielo desde Cuba en armoniosa compañía del producto americano por excelencia. Siguió la ceguera por la envidia de no tenerte, de no verte sonreír ante una de las miles de chorradas que se me ocurrieron, producto de la verborrea recurrente que aflora en los primeros estados de embriaguez, la envidia de los que parecían ser felices por haberte encontrado y subestimar todo lo que yo más ansío, la envidia de los que te tenían más cerca aunque hablaras inglés mejor que yo y consiguieras hacer diariamente más de diez kilómetros sin echar la papilla al terminar el primer hectómetro.
Anoche llegó el sentimiento de ser víctima de una venganza, una inútil y desesperada intentona por truncar mi aparente felicidad y el frío devastador que se siente cuando todo queda arrasado al paso de tal ciclón, mientras repite el eco "lo primero es la familia" y la familia se va al garete, toda, ascendencia, descendencia y fraternidad, toda alrededor de una mesa maldiciendo esa vendetta por absurda y gratuita.
Así que anoche acabé llorando y llorándote por no estar ahí, por no sentir un abrazo y un beso, por no ser feliz a pesar de haber tenido los miles de motivos que muchos hubieran deseado para sonreír y sentirse los héroes del barrio.
Por todo y más perdí los papeles. Grité hasta la tercera escala maldiciendo tu nombre, tu vida, tu familia, tu retorcimiento por mandar aquellos mensajes…y él lo oyó. Supongo que no quiso dar crédito a sus oídos porque no hizo ademán de haberse sentido afectado, pero lo oyó y adivinó el mensaje. Valiente forma de protegerlo la de hacer que se sienta responsable de las iras egoístas de tu propia paranoia. Luego su cuerpecito se acurrucó a mi lado y me devolvió toda la dulzura que me habías arrebatado, se me olvidó incluso que existías, que me pudiera estar pasando todo lo que me pasó y todo junto.
Anoche un niño me enseñó que la mejor respuesta ante el peor ataque es la indiferencia y la serenidad. Unos dinosaurios de plástico y una repetidora de juguete son capaces de sofocar todas las llamas que avivan tu ira.
No sé cuándo volveré a verte ni en qué lugar ni en qué momento. No sé si aparecerás en una fiesta o en la cola del autobús, pero aunque solo sea por un instante, antes de mi muerte, deseo vivir lo suficiente para saber que estabas ahí para mí, por mil veces que me quites la vida, por mil veces que me arranques los ojos y por otras mil que me hagas llorar.
Si nos quedamos ciegos, al menos nos quedarán las manos para acariciar, los labios para besar, la piel para sentir, los oídos para escuchar esas palabras tan dulces que algún día, por mucho tiempo, me tendrás que decir.