De mujeres y hombres

En los diarios siempre salen noticias malas: de violaciones, asesinatos, corrupción… Dicen que en una ocasión algún loco decidió sacar un periódico en el que solo se dieran buenas noticias y a cambio recibió la mala de tener que cerrar sin cumplir ni un mes. No es cuestión de ir de teletubbie por la vida, pero más nos valdría si mañana fueran ellos los que tuvieran miedo de salir a la calle.

En cualquier lugar, a cualquier hora, un día de frío y de puente mientras mi amigo pasea.

Querida mía:

Carla y Fran son una pareja que se consolidó casi por obligación. Ella, quizás por su estatura y por ser amante de caminar sobre un andamio sin casco ni arneses, no recibió grandes propuestas por parte de chicos interesantes. Fran fue el único que se atrevió y ante la incredulidad de unos y la envidia de otros, llegaron al matrimonio y a concebir un par de churumbeles que hicieron de la vida marital el mejor de los entretenimientos.

Por supuesto estaba el fútbol, los escaparates y las fugaces salidas con amigos que cada vez la coincidencia los reunía en cualquier bar de copas. La familia de uno y de otra nunca fueron un problema.  Los suegros veían con  buenos ojos el enlace y el fruto de la unión y no dudaban en referirse a ellos con halagos cuando tenían la ocasión. Fran seguía enamorado de Carla después de muchos años de relación y matrimonio, casi media vida, y Carla, por aquello de no sentir cómo perdía su juventud, seguía arreglándose lo suficiente como para no pasar inadvertida ante los ojos de los que miraban un pantalón ajustado y mil curvas rellenando unos vaqueros diseñados a tal fin.

Un día Ángel recogió un pañuelo que se había caído de un taburete y cortésmente se lo entregó a Carla, que esperaba la llegada de Fran mientras diluviaba en la calle, pero Fran no pudo estar a la hora y llamó para decir que se retrasaría. Carla aprovechó la oportunidad que le brindó Ángel para entablar una conversación, una amistad y una complicidad que nunca hubiera sospechado. Más de cuatro años.

En ese tiempo, Ángel se fue ganando la confianza de Carla y llegaron a compartir sus secretos más íntimos, sus deseos más inconfesables y sus temores. Ángel se quejaba de su incertidumbre laboral y de cómo esta afectaba a su familia que cada vez se iba separando más y más, hasta el punto en que con su pareja se pedían permiso para cruzarse en el pasillo, dormían sobre el filo del colchón y se repartían las tareas llegando a no saber nada de qué y cómo hacía las cosas su supuesta media naranja. Carla veía cómo el amor de Fran se transformaba en obsesión y su sombra se aparecía tras cada esquina.

Nadie lo hubiera dicho, por aquello de que perro ladrador… pero un día Ángel decidió romper con Victoria y echarse la mala prensa encima, empezar una guerra que siempre desdeñó y aventurar que aún quedarían muchos años por vivir, o aunque solo fuera uno, probar mejor suerte aun a sabiendas de que la moneda tiene dos caras. No le importaba. Ya llevaba cargando con la cruz demasiado tiempo y le merecía la pena saltar al vacío solo por la adrenalina acumulada durante doce largos años.

Carla aplaudió su valentía. Ella se veía incapaz de poner fin al asunto, de plantar cara, de empezar una nueva vida, de verse sola por las noches, de enfrentarse a la familia con justificaciones que todos tratarían de trivializar, de minimizar, de endulzar a fin de no admitir que el estilo tradicional de la familia puede ser el peor y más rotundo fracaso aplicado a nuestros tiempos. Estaba llegando a tener miedo, ese miedo que te atenaza y te hace ver cómo te ahogas en tu propia farsa exprimida por los engranajes de la evolución social, tan hipócrita, que defiende la independencia, la libertad, el inconformismo, el emprendimiento y a la vez fusila con la marginación todo intento de dejar atrás los viejos cánones.

Ángel había conocido a Ramona, una chica que contrastaba con Victoria hasta el antagonismo. Una chica dulce, humilde, comprensiva, cariñosa y, sobre todo, segura de él, que le hacía sentirse una persona importante y a la vez querida, muy querida.

Carla echó el freno, apuró un té y esbozó una sonrisa que no podía ocultar cierta amargura. Tenía prisa, no podía llegar ni cinco minutos después de que cerraran Ikea porque en teoría solo había ido a echar un vistazo a unas estanterías que iban muy bien para el salón y Fran ya había cronometrado cuánto se tardaba en una carrera a los centros comerciales de las afueras.

Un abrazo fuerte y dos besos muy cargados de sentimientos se dibujaron entre las sombras de las acacias. A los dos les salió la misma despedida, no había otra posible: “Cuídate”.

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