Buscándote

Aunque parezca imposible, se le puede tener cariño (y mucho) a una mujer a la que llames “gorda y carva”, todo sea porque, además, te recuerda a la niña repelente y a las risas que te ha provocado tras abandonar a Cálico electrónico.

En Mangurria, a día de hoy… o de ayer.

Querida Gorda (lo de carva tendrá que esperar unos años más):

Y dices que ayer te alegraste de verme y ayer decías que no te acordabas de la marciana que pasó por tus oídos de la boca de Alejandro Sanz y que no nos tocaría la primitiva, aunque a mí me ha tocado en forma de suegra por tres meses y medio y esto no hay quien se lo fume y decías también que, como las otras veces, había alguien cerca de la barra que hacía inoportuna mi idea de robarte un beso.

Me fui, desconsolado y nostálgico, aunque con la recompensa de haber soltado un ronquido de un sueño que solo sueño yo, que ya veo teletubbies hasta en el escritorio de Windows.

Para mayor desgracia, mis anfitriones se dejaron vencer por el cansancio y decidieron pasar la feria por el cumplido de hacer acto de presencia en un par de casetas o tres, aprovechando la oferta del dos por uno, y de ahí a Valdepasillas a tomar esas medias raciones que parecen sacadas de los anuncios donde venden comida y una hamburguesa parece tenerse que compartir entre seis.

Así que decidí volverme a casa, como diría Carrascal, al filo de la media noche, pensando ya que lo mejor que me podía pasar era llegar sano y salvo a mi Mangurria capital para pasar el resto de la noche en alguna cama de algún piso vacío hasta que fuera la hora de dirigirme a mi propia casa. En ese medio tiempo, terminé por perder la noción de cuál era mi propia casa realmente.

Y esta mañana veo un mensaje en el móvil que me dice que estás en la feria, cuando ya no puedo ni siquiera buscarte entre todas las niñas con las calzonas apretadas, para hacer, aun si cabe, las piernas más largas y disimuladamente, pedirte un baile para cogerte la mano por unos minutos.

Bueno, ya me pasé el jurásico, el Pleistoceno, la edad de piedra y la de los metales sin ti, será por paciencia …

Siempre digo que no volveré a ser yo quien te cante al oído, quien se atreva a insinuar esa posibilidad de resucitar la imaginación, de reconocerte entre un millón cuando tú solo giras un poco la cabeza y cuando solo por aquello de quien calla otorga, dejas que yo no pase de insinuarlo todo. Así siempre podrás recurrir a la máxima de que nunca salió de tu boca cualquier cosa que yo pronuncie. Me da igual, el cuerpo me lo pide y por darle gusto al cuerpo, no me pierdo una siesta si puesto a soñar, sueño que soy feliz.

No sé si he dicho algo o nada en general, sé que seguiré escribiendo cartas para decir que todo es nada y que la nada se la comió un burro antes de ponerse verde.

Queda con un beso mientras me golpeo en la cabeza para acordarme de qué puta tarea tengo que hacer ahora que se ha agotado el tiempo de la sobremesa en casa de mi amigo.

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