Todos deberíamos enviar y recibir alguna carta alguna vez. Aunque solo sea para guardarla en un cajón y mojarla con las lágrimas de la añoranza o la melancolía que nos produce recordar ese momento en el que fuimos importantes.
En un cantón independiente, pasando las tres de la madrugada.
Pasé por las marismas a mirar el mar
y a descansar la mente de tanta desidia
a sosegar el alma meciéndola en las olas
y a pasear de noche apretando su manita
Escuchando las olas rompiéndose en la arena
como un murmullo intermitente y asimétrico
presté atención y entre las dunas
una voz me estremeció el pecho
diciéndome entre risas e ironías
si del este o el oeste vendría a cantarme
o a contarme de la vida y de la muerte
que eran mías tras ser suyas
y que duelen
Se acortan las distancias
se siente una mirada, una voz, un anhelo
un lamento y una maldición
un suspiro, un alivio, un silencio
y al final
en el breve espacio en que no estás
quedan rastros en la almohada
queda poso y queda esencia
queda el mar
Y ese busto reflejado en el cristal
aun me canta...
“no es perfecta más se acerca a lo que yo
simplemente soñé”.
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