Siempre reconocemos el miedo al fracaso sin pensar que el miedo al éxito es en realidad lo que nos atenaza. A lo largo de la historia, siempre a unos pocos les ha interesado sobremanera que la inmensa mayoría durmiera con la tranquilidad de que alguien se encargaría de decirle lo que tendría que hacer al día siguiente. Esa sumisión que hoy se pretende llamar “paz social” es la que nos ha permitido evolucionar hasta llegar a la peor de las involuciones, esa que surge cuando los que quieren pensar por nosotros no demuestran estar capacitados para ello.
En Cáceres, a día de hoy … o de ayer (elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento)
Querida mía:
No estamos preparados para ser felices, entre otras cosas porque no interesa a los que tienen el poder. Es mejor que nos lamentemos por nuestra mala suerte mientras les seguimos pagando los impuestos que engordan sus cuentas en Suiza.
Esto que suena así muy anitisistema, viene al final a determinarlo todo, las costumbres, las formas de vestir, incluso que hay que tachar la casilla de la Iglesia Católica en la hoja de la declaración de la renta.
Yo defiendo que es el miedo al éxito el mayor de nuestros problemas porque en realidad si fracasas nadie te va a inscribir en el libro Guinness de los récords, de hecho a la gente le importa una mierda si fracasas porque eso no les supone ninguna amenaza, pero si triunfas, ay si triunfas. Eso es imperdonable. En este país seguimos la máxima de que nadie es profeta en su tierra. A ver cómo explicas que el hijo de la portera ha llegado a Ministro mientras que tú, lo mejor del barrio, andas con una fregona suplicando unas horas.
Por eso no queremos triunfar en realidad. Para triunfar hay que soportar las iras de todos los que nunca han apostado por nosotros y tienen que reconocer su error. Para triunfar, hay que ponerse una sonrisa de oreja a oreja que jode al más pintado, podrido de dinero, que se ahoga en su propio vinagre porque su fortuna vino de traicionar a todos los que le dieron algún tipo de apoyo y ahora no lo quieren ni ver mientras se codea en el club de tenis con los que ya estaban allí de toda la vida y sufren por no tener el último modelo de Lexus para que su querida esposa haga la compra desde el móvil.
Pero llega un día en que estás hasta el recubeque (palabro adoptado de Molotov) y decides dejarte llevar por un ramo de flores, una cartera o unos zapatos de piel que has visto en un escaparate y que le dan tres vueltas a los de la pija del barrio y vas y te gastas la paga entera para incomprensión del gilipollas de tu marido, pero te da igual. Decides que si la vida tiene que pasar sin brindarte un ratito de gloria, que sea ella la que se empeñe en hacerlo, porque, joder, tienes derecho a eso, a ese ratito de gloria después de tantos años haciendo lo políticamente correcto, aguantando a un cafre, mil trogloditas y un millón de desprecios que siempre te tragaste con tal de no quedar mal y metérselos por el culo uno a uno a todos ellos… y ellas. Y ese día, si finalmente sale y te pilla de humor para soportarlo, puede ser que te cautive per saécula saeculorum, amén. Porque si al final, todos calvos, que sea por echar pelillos a la mar y a ser posible, canas al aire por aquello de que a cierta edad, debemos saber, que el dinero, los amigos y los cojones…. están para las ocasiones.
Mi soberbia pasa por creer que todo el mundo en realidad tiene algo de todo lo anterior dentro y lo reconoce suyo, por mucho que no lo exteriorice, sin embargo, vive aterrorizado por mostrar esas ansias de libertad que tanto deben reprimir los fantasmas que al final nunca salen. A mí me viene costando años de entrenamiento poder decir todo lo que me viene en gana, con la recompensa de que al final, por interés, sordera o falta de neuronas, nadie hace ni puto caso.
Y por eso, o por nada de eso, ¿cómo voy a reprocharte que te quitaras los zapatos y te metieras de patas en el charco, solo por no querer bucear y mojarte el pelo? Si miro atrás, mis primeras gilipolleces o mejor, mis primeros actos de valentía son de hace cuatro días, cuando me sentí como un toro por no sonrojarme delante de la chica que 30 años atrás me ponía nervioso solo con verla o saber que no andaba lejos.
Antes o después, decidimos ponernos delante del toro por unos segundos o por el resto de la feria. Vaya mi brindis por los que quisieron ser valientes aun por solo un segundo.
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