Diogenético

No es mi pretensión hacer apología de la filosofía de la antigua Grecia ni compararme a Diógenes, Sócrates, Pericles o cualquier otro de aquellos. Incluso no sé mucho de lo que decían unos y otros. Sé que en alguna ocasión Sócrates (si no era otro) se tiraba un poco de los pelos anunciando a bombo y platillo su quebranto por una sociedad en la que los jóvenes no luchaban por su futuro, habían perdido los valores y la corrupción política era la forma de gobierno más extendida puesta en evidencia por el abuso de poder y el amiguismo. Venía a decir, dos mil años atrás, que la sociedad se rompería y se establecería una guerra civil o incluso mundial en cualquier momento.

Más bien, lo de Diógenes me viene por mi afán de aprovecharlo todo y tratar de buscarle una utilidad antes de finalmente echarlo a los contenedores. Del síndrome de Diógenes y de mi continua protesta por la forma en que abordamos la vida y esta crisis en particular, llego a la idea de coger un candil y vagar por las calles buscando hombres (“hombres honestos” como el propio Diógenes decía que buscaba). En wikipedia se pueden encontrar datos sobre estas y muchas otras cosas. En wikipedia y en los miles de páginas que nos ofrecen los buscadores de la red. Y a esto es a lo que vengo ahora a referirme: nos hemos acostumbrado a palabritas, a que todo parece estar ya dicho, escrito y patentado por alguien hace mucho tiempo y, paradójicamente, después de haberlo oído, leído y usado, no hemos aprendido nada, no nos movemos, no evolucionamos…

Me vienen a la memoria varias citas. La primera es de Bertol Brech que ya nos recordaba Silvio Rodríguez antes de cantar “sueño con serpientes” y decía más o menos así “hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay hombres que luchan un mes y son mejores. Hay hombres que luchan un año y son muy buenos. Y los hay que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. Otra cita es la que saqué de la película de Woody Allen “Vicky Cristina Barcelona” donde el padre del personaje que interpretaba Javier Bardem, huraño y exiliado por su propia rebeldía, decía estar profundamente enfadado con la sociedad a la que no perdonaba que tras cinco mil años de “civilización” no había sido capaz de aprender a amar.

También me quedo con la teoría del cinismo, de pretender negar la necesidad de los demás para subsistir, más actual ahora que nunca cuando convocamos y asistimos a miles de manifestaciones, unas veces por la defensa de evitar recortes en la educación, otras por lo mismo en sanidad, otras por las subidas de impuestos a los agricultores, ganaderos, transportistas… y no nos unen en conseguir el objetivo soñado cuando nos volvemos a casa con la conciencia tranquila de habernos dejado ver como alma solidaria, no más que inquilina en el trozo de carne con ojos que la soporta.

Y finalmente nos queda el individualismo, la pertenencia a un grupo social en el que actuar como líderes; esas peñas de quinielas de fútbol, la cría de canarios, la construcción de maquetas, las asociaciones de moteros, de vecinos, de colegios de profesionales donde ejercer nuestra propia política como la afición que profesamos después del trabajo. Ese ratito de gloria que nos reconoce como el vecino del barrio que da más toques seguidos al balón mientras alguno susurra al de al lado que somos parientes de Maceda o de Gordillo, el futbolista, no el de los supermercados.

Y en ese individualismo estoy, criticando a la sociedad por su inmovilismo sin ánimo de copiar o reproducir estas palabras que son totalmente mías aunque se puedan confundir con las del Jordi Évole, Arturo Pérez Reverte o Andreu Buenafuente. No cabe la menor duda de que ellos lo hacen mucho mejor cuando se sientan delante de un teclado. Yo, a diferencia de ellos, no cobro un duro por pasarle esto a un amigo y que lo publique en un blog.

Termino recomendando duramente (como acostumbran a anunciar en las ofertas de programas de internet) que quien se sienta conmovido por estas letras, aborde la pasión y se anime a hacer algo como esto, o mejor como lo que esta carta invita a hacer. Yo, citando a Jesucristo en su ejemplo, digo que el que quiera seguir mi camino, tome su cruz y sígame y añado que si alguien abre un camino nuevo por una vía de esta guisa, le seguiré con mi cruz a cuestas y viviré un sueño con la recompensa de saber que al menos he vivido, soñando y escribiendo.

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