Con
más frecuencia de lo que imaginamos, resultamos ser nuestro peor enemigo. Nos
decimos una y otra vez que esto o aquello no lo podemos hacer, aun en contra de
nuestros más genuinos deseos. Nos aferramos a la tradición, a la estadística,
al qué dirán … a un clavo ardiendo con tal de no salirnos con la nuestra y
engordar la larga lista de mártires que se agolpan a las puertas del vaticano
con ansias de ser beatificados. Y digo yo, hay que ser idiotas, basta con
montar una guerra civil para que de un plumazo te beatifiquen por rojo.
En
Cáceres, a día de hoy... o de ayer
Querida
mía:
No es baladí el encabezamiento. Estoy convencido de que
es tu caso, el de mucha otra gente y, ya puestos, el mío también. Evitamos
reconocerlo, pero esa precisamente resulta la mejor arma de este aguerrido
enemigo personal que nos pone, consiguiendo el perdón de nuestros pecados, un
poquito más allá del límite que separa a los mortales del edén.
Concretando, quizás erróneamente, quizás por este orgullo
que disfrazo habitualmente de humildad, tuve la impresión de que suponía una
decepción para ti que abandonara la conexión con que nos hemos encontrado en
esta vida, aun estando a la distancia suficiente como para no poder intimar más
allá de un “estimado cliente” o “perdone, me ¿deja pasar?” que de otra forma
hubiera podido el azar servirnos gentilmente.
Quise entender que por un momento te hubiera gustado
tener algo más de cercanía, algo más de comunicación, que habías imaginado la
existencia de un “feeling” o de una atracción (me gusta más el sentido
castellano de la palabra) que solo habías dejado a la imaginación como recurso
extremo de urgencia.
Y ahora, quiero entender también, que das por perdida esa
posibilidad. Justo me confiesas esa cierta atracción cuando estoy despidiéndome,
cuando se están cerrando las puertas, cuando solo queda el resbalón y la vuelvo
a abrir, de par en par, por si quieres venir, por si te apetece compartir
conmigo toda esa tinta que se quedó sin manchar el papel. ¡Maldita sea mi
suerte! Y dejo las miguitas de pan, los carteles subrayados y adornados con una
flor y vuelvo con esto a hacer un llamamiento desesperado a tu atención,
creyendo que esperarás a otra vida para dejar que el agua no pase y muela el
molino…
Sí, es cierto, dejo la web, dejo de conocer a miles de
personas anodinas y cuadriculadas que solo quieren seguir un camino, dejo de
rebuscar debajo de las piedras para encontrar un tesoro enterrado, una joya
entre el barro, un picaso en un chino…porque ya lo tengo, o creo que lo tengo,
o me parece que tengo lo que quería tener si bien ha aparecido por causalidad
aun siendo fruto de la casualidad. No caben muchas más cosas en mi colección de
tesoros, pero sí que cabrías tú. He de reconocer que gracias a mi afición de
coleccionista, he aprendido a valorar mis hallazgos casi en su justa medida y
digo “casi” porque cada uno somos la medida de todas las cosas, de las que son
en tanto que son y de las que no son en tanto que no son (esa frase es de
Julián Marías, para él los méritos).
No
quiero ser insistente, no me gustan los cansinos y por ende, no quiero
pertenecer a ese gremio. Suelo aprovechar el folio para dejar alguna perla más,
pero en este caso quedará el texto donde quede y, concluyendo, me gustaría que
te atrevieras a mantener el contacto, a soñar en voz alta, a desnudar tus
sentimientos, a reír por cualquier tontería, a compartir tus hazañas, tu
suerte, tus logros, tu melancolía, tu pena, tu rabia … No sabemos lo que el
destino nos depara, ¿o acaso tú sí?
No hay comentarios:
Publicar un comentario