Ahora, antes de la calma

Todo sucede por alguna razón. La muerte sucede por la razón simple de que renovarnos y evolucionar exige partir de cero, a pesar de nosotros. Como en los ordenadores de Bárcenas, la memoria no se puede borrar de forma absoluta. Por eso había que destruir los discos duros. ¿A que sí, sr. Rajoy?

Muy cerca de la sede del PP, aunque no en la calle Génova, uno de estos días de Nuestro Señor.

Como ando sumido en la resolución de un contrato matrimonial que por mi parte se antojaba posible en lo armonioso y, viendo que me equivoco más a menudo de lo que preveo, pido perdón si en ocasiones resulto monotemático y el sufridor que me lee, por pretender distraerse, termina con una úlcera estomacal que no alivian ni diez cajas de almax.

No hace mucho, se me ocurrió lanzar al aire, entre bromas, que de alguna forma habría que atajar el hecho de que al final de año terminaran asesinadas por sus parejas (o algunas ya exparejas) más de sesenta mujeres. Curiosamente, la mayoría de esos asesinos habían trascendido como personas normales, sin antecedentes delictivos, sin rasgos de agresividad entre sus congéneres, sin el menor atisbo de hacer sospechar los desenlaces más esperpénticos y calificados por sus vecinos, hasta la fecha, como personas normales viviendo una relación normal. De de esta guisa, proseguía, habría que indagar qué tenía que ver la mujer en todo esto, porque siempre las noticias nos decían que en algún sitio alguien había matado a alguien, como nos narraba Gila en su interpretación del detective que detuvo a Jack el destripador y luego no se daban detalles de cómo se había llegado a desgracia tal. Me cayó la del pulpo.

Ahora que no me oye (ni me lee) nadie aprovecho para escribir en primera persona sobre este desgraciado aspecto. Mi mujer se ha conjurado para hacerme la vida imposible y hace todo lo que está en su mano, en su cartilla y en otra parte que no menciono por pudor, para hacerme, a ser posible, el mayor desgraciado que pisa la tierra, o al menos la segunda provincia más grande de España. Argumenta que todo lo que hace lo hace por el bien de nuestro hijo común. Ella es la dueña y señora de su persona, de mi casa, de mi horario (más ahora que estoy en paro) y de todo aquello que alguien ose (alguien=yo) poner en entredicho acerca de todo lo que ella toque, vea, huela, oiga o adivine, sí, porque las artes adivinatorias son las más desarrolladas en una mujer despechada. Hay que ver cómo ha recuperado la memoria que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a hacernos felices a mi hijo y a mí y qué pena que no haya conseguido ni el cincuenta por ciento de su propósito. Tanto ha sido así que ahora hasta recuerda las servilletas y manteles que nos regaló su madre pero no los cuencos de barro que le dimos a su hermana con motivo de la feria del marisco que nos pegamos en San Xenxo.

Acabo de hablar con una amiga sicóloga a la que el otro día llamé por teléfono para quedar a tomar un café y pedirle desesperadamente un consejo de los que me ha dado y que no he conseguido aplicar hasta ahora. Ella me recomendó no cometer el error de casarme con esta bruja antes convertida en mujer y yo solo pude salir corriendo a devorar la manzana envenenada. Curiosamente, su hijo está pasando por un trago similar y, como adelanto resumido, me ha recomendado paciencia para dejar pasar esta fase de despecho, de rabieta, de impotencia… ¿Impotencia? Esta no sabe los cojones que se gasta la que todavía es mi sra…ni el coche de Sebastian Vettel tiene la mitad de la potencia o poderío que esta mujer me exhibe a cada minuto que tiene ocasión. Lógicamente, me dan ganas de echarle azúcar en el depósito de gasolina, porque taparle el tubo de escape ya me trajo en su momento más infelicidad por otros seis meses, hasta la siguiente petición de divorcio.

Concluyo pidiendo un poquito más de raciocinio. Bien es cierto que hasta hace poco muchas mujeres han sufrido la tiranía de sus maridos, pero no es la solución cambiar la ley para convertir ahora a muchas otras mujeres en los hombres de los que nos hemos venido avergonzando toda la sociedad y sobre todo aquellos maridos que han defendido la igualdad de sexo con el respeto y la naturalidad que le pretenden transmitir a sus hijos para que consigan no aprender esta parte de la historia tan desgraciada y perjudicial para todos.

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