De los nervios

Lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible, ¿o no?

        Muy cerca de la Cruz, tal día como hoy.

Querida mía:

Agradezco que hoy no sea domingo porque dicen que son los domingos los días de la semana en los que estadísticamente se cometen más asesinatos, se producen más suicidios, se entablan las peores discusiones y maduran los peores frutos de la desesperación. 

Dicen que ocurre por alteración sinoidal de nuestros biorritmos que en lo físico y síquico de nuestra personalidad, cabalgan en ondas diferentes. A veces se juntan, a veces se contraponen y a veces adquieren máximos y mínimos que pueden desembocar en la lucidez propia de los genios o en la pérdida del más elemental raciocinio. Y suele, para este segundo caso, darse en domingo.

El período semanal se explica, más o menos así: de lunes a viernes el trabajo condiciona nuestra agenda y nos queda poco tiempo para la meditación trascendental y el existencialismo. El viernes por la tarde y el sábado nos concentramos en el descanso, el disfrute, hacer la compra, llevar a los niños al parque o a participar en alguna actividad, tomar una copa con los amigos, etc. Pero el domingo, ay el domingo…

Al domingo llegamos con el abatimiento de la resaca del sábado, con la incapacidad de poder programar nada porque hay que estar descansados para el “puto lunes” y comenzar otra rutinaria semana que no nos sacará los pies del plato. El domingo amanecemos con el boleto de la primitiva de cero aciertos más el complementario y sin reintegro. Si añadimos que llueve, se van al carajo las opciones de salir al campo a que nos dé un poco el aire. El domingo nos escupe la realidad a la cara y nos deja más de ocho horas seguidas para dedicarlas a ese existencialismo y a esa meditación trascendental, negada durante  la semana y se nos pasea en bata y sin maquillaje acusándonos de una vida licenciosa sin reparar en su propia dejadez y abandono del sexo por el chocolate, bien justificado por el dolor que produce la menstruación. Los niños quieren ver Bambi y a uno se le ocurre la sana idea de sacar la escopeta y disparar al televisor a fin de evitar una muerte lenta y dolorosa. Para colmo de males, no puedes ver a la buenorra del intermedio ni conseguir una excusa para tener algo de amor propio en el cuarto de baño.

Es posible que incluso te llame el jefe para recordarte que el lunes tienes además que asumir la tarea del compañero que ha tenido un accidente de caza y no va a poder completar su tarea. Ese es el domingo negro, más negro que los viernes 13, las pesadillas de Freddy Krueger y de las pelis más gores que toda la saga de “saw” y “sé lo que hicisteis…”, juntas.

A mí me ha tocado bailar con una fea: un incipiente divorcio. Además de todo lo anterior, mi todavía esposa se ha empeñado en ponérmelo difícil y no permitir que mi hijo pase conmigo más de veinticuatro horas seguidas durante un fin de semana cada quince días. Por contra, como todavía es mi casa, me pone la comida para que vaya a verlo a diario y haga el paripé con “su supervisión” (en cualquier momento me acusará de pederasta). Su mejor argumento es decir que he sido yo el que se ha ido de casa y mi respuesta ha sido que al menos no he ido a comprar una soga y así permito que mi hijo siga teniendo padre y teniente coronel.

Yo siempre me he considerado una persona tolerante, dialogante y luchadora, por eso insisto hasta la saciedad en todo lo necesario para conseguir una ruptura armoniosa y cívica, pero me resulta del todo imposible. Me están tocando sobremanera la fibra sensible y negándome el derecho más básico, que es permitir a un padre estar con su hijo. Por eso, aunque odio la violencia, empiezo a entender a aquellos que no encuentran consuelo en la justicia y, víctimas de un arrebato, quieren poner fin a todos los domingos que les restan por vivir.

Es curioso que los vecinos suelan declarar ante los micrófonos que la pareja malograda “era buena gente” y a todos nos queda en la retina solamente lo espeluznante de la tragedia. Lo repudiamos, lo condenamos y quedamos como Dios, pero no aportamos nada durante la gestación porque “todas las parejas discuten”.

Ahora que tanto se habla de nuestra poca y mala educación (unos por falta de oportunidad para estudiar y otros por falta de interés) creo que debería ser el momento de desdecir a Pitágoras y plantear que es mejor empezar educando a los padres para evitar castigar a sus hijos, porque ellos, en realidad, lo que van a aprender es lo que van a ver en casa, no lo que cuenten esos profesores de lecciones magistrales hablando de vectores, de termodinámica, de velocidad o de silogismos, en definitiva, de cosas que nada tienen que ver con la ruptura de sus padres, con las discusiones diarias  acerca de la custodia, las pensiones alimenticias, las jugadas rastreras, el victimismo o de por qué dan ganas de llorar cuando en casa no hay un padre o una madre que te riña por llevar malas notas.

Sigan pues, “señores” Wert y Gallardón, con su ombliguismo y con su visión de cómo reducir esas vergonzosas cifras de fracaso escolar y de violencia de género. Yo, seguiré luchando porque mi hijo sea feliz y se sienta orgulloso de su padre por enseñarle a vivir y a dormir con la conciencia bien tranquila.

2 comentarios:

  1. Genial reflexión. Estoy contigo al 100%. Sigue escribiendo. Tus reflexiones son de lo más lúcidas que he leído en mucho tiempo.

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  2. me ha gustado mucho tal cual como lo escribes es la pura realidad de esta sociedad

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