30 años

Hoy toca volver recordando a Gardel. Si veinte años no es nada, treinta son casi nada, pero la frente se va marchitando y las nubes del tiempo van plateando mi sien. Queda la mirada febril…

A menos de tres km de 39.28092ºN 06.22758 ºO, clausurando los juegos de Río

Querida mía:

Ya sé que llevo dos años sin escribirte, más o menos, y que lo último que te conté andaba relacionado con el mundo del fútbol, las pelotas y los argentinos. Hoy, me río de Janeiro olímpicamente y, como dos años no son más que la décima parte de nada, ni siquiera me molesto en pedirte perdón: llevas toda la vida conmigo y no necesito recordarte negro sobre blanco para que sepamos los dos por dónde nos andamos.

Tenía el pelo planchado y bailaba con un niño que debía de tener entre cuatro y seis años. Yo era ajeno a ella, al niño, a la música de la discoteca portátil y a los que se preguntaban por toda mi progenie. Escuchaba con atención las explicaciones evolutivas de aquella mujer dicharachera que había sobrevivido a treinta años de idas y venidas, dimes y diretes y muertes y nacimientos, de una población que a principios del siglo pasado había rondado los mil habitantes. A su lado, otro cadáver que dejé en la cuneta, su mujer y unos cuantos niños correteando a falta de maquinitas. Todo había resucitado mejor que Cristo. Estaba vivamente muerto colmando mis deseos de pasar unos días lejos del mundanal ruido.

Como no sonaba su nombre, tuve que preguntar yo. Ahí estaba Maruchi para descubrirme que Sara se había casado, que tenía un hijo y que pertenecía al mismo gremio que yo. Tratando de no mostrar demasiado interés, me dejé llevar hasta que pude saludarla y no dar más trascendencia: unas palabras de cortesía y una retirada digna al sentir que se incomodaba por no corresponderme en la memoria.

Los rizos que cubrían la mitad de su espalda, su voz grave, casi rota, los vaqueros azules ajustados y una camiseta verde manzana no permitían adivinar que aquella mujer tenía apenas trece o catorce años. Como en airbag, haciendo alusión al personaje de Santiago Segura, yo también hubiera firmado “la culpa la tienen sus padres que las visten…como las visten” pero yo, que sí que conocía su edad, renegaba de mi adolescencia por sentirme atraído por la mocosa que mejor llenaba los vaqueros en todo Teruel.

Quiso el azar y la falta de presupuesto de aquel pueblecito de la sierra, que coincidiéramos y nos retáramos a desplazarnos a otro mejor dotado para las fiestas de verano. 

Nos dieron las ocho de la mañana entre cervezas, bailes, chistes y alaridos coreando canciones de extremoduro.

No sé en qué momento, quizás posando para una foto, nos acercamos un poco más, iniciamos una conversación y reavivé la imagen polvorienta de sus ojos en mi retina. 

Albergaban algo de tristeza, algo de esperanza, algo de rebeldía, algo mezclado con lo que mis ojos beodos no podían ni imaginar y todo aquello, distorsionado por el alcohol, pasó a encabezar la lista de los cuarenta principales del verano.

Le debía una carta, le debía un piropo y le debo las ganas de volver a ese pueblo perdido de la mano de Dios para pasar una noche entre mil, reviviendo caprichosamente los recuerdos que me transportan adonde habita mi inocencia, mi heroísmo, mi honradez… y tú.

"…sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras, te busca y te nombra. Vivir, con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez…"

No hay comentarios:

Publicar un comentario