El que regala bien vende si el que recibe lo entiende… y al final son todos panes prestaos.
Aquí mismo, donde suelo escribir y donde pienso en ti.
Querida mía:
Hace poco, alguien me dijo que no entendía bien mis cartas. Lo achacaba a que tenía la impresión de que estaban personalizadas y por eso encontraba vacíos difíciles de rellenar. Eso verdad, pero solo en parte. Ocurre porque mis lectores suelen ser los destinatarios de alguna de las cartas o porque han vivido conmigo algunas de las experiencias que en ellas se narran o conocen algunas de las referencias a las que hago alusión, pero me gustaría ir un poco más allá.
En todas comienzo diciendo “querida mía” pero es obvio que todas mis queridas responden a personas diferentes y, en realidad, a una sola: tú, la que me acompaña en cada momento, la que me hace reflexionar y exteriorizar los pensamientos que ocupan con mayor intensidad estas cuatro neuronas que Dios me ha dado (y soy ateo).
Digamos que tú perteneces al mundo de las ideas que describió Platón. Digamos que tú eres mi amor platónico, o mejor, mi compañía platónica, encarnada en cualquiera de las miles de personas que me rodean puntualmente y me hacen pensar, sentir, vivir…
Te cuento todas las cosas, querida mía, con el ánimo de compartir todo lo que me inquieta, todo lo que deseo y la pasión que siento viviendo los avatares que este insidioso destino de depara. Te las cuento con el ánimo también de hacerte reaccionar, transmitiéndote esa inquietud que me desata la idea del progreso, del raciocinio, del cuidado de nuestro entorno, de la abominación que supone la gestión política de los impresentables que nos ha tocado soportar. Y sin reconocerme de derechas o de izquierdas, enarbolo la bandera del partido del sentido común, de la igualdad, de la equidad, de la justicia… de esas cosas que anhelamos y reivindicamos como derecho libre y, sin embargo, se nos niegan, recordándonos la enmascarada esclavitud en que nos desenvolvemos por no haber nacidos hijos de este o aquel relevante hijo de puta. Te lo cuento todo, porque es la única forma que tengo de desahogarme y luchar para que el día de mañana nuestros hijos se sientan orgullosos de sus padres y a día de hoy, no veo que nos hayamos hecho merecedores de tal mérito.
Hace ya tiempo, un amigo con el que compartía mi afición por Silvio Rodríguez, me contó que en una entrevista, le preguntaron por la letra de “Unicornio” y su inspiración para escribirla. En resumen, vino a decir que “Unicornio” era la marca de unos pantalones que tuvo en su niñez y por los que sentía real devoción. Un día, su madre los lavó y los tendió al sol para que se secaran. Las pinzas (flores) que lo sujetaban, se quedaron en las cuerdas y nunca más supo de aquellos pantalones. Esa sensación le causó una gran tristeza y de ahí surgió una de las canciones más recordadas de la historia y la más popular quizás de este autor.
Yo no recuerdo haber perdido nunca unos pantalones tendidos al sol, pero sí que me embargaría la peor de las tristezas si un día dejo de buscarte o, sintiendo que te tengo, te llego a perder. Querida mía, sinceramente espero que te quedes aquí conmigo, en mi pensamiento, donde has estado toda la vida, acompañándome a cada paso que doy, cada vez que respiro, cada vez que quiero regalar una caricia o cada vez que me siento capaz de sonreír.
Aquí mismo, donde suelo escribir y donde pienso en ti.
Querida mía:
Hace poco, alguien me dijo que no entendía bien mis cartas. Lo achacaba a que tenía la impresión de que estaban personalizadas y por eso encontraba vacíos difíciles de rellenar. Eso verdad, pero solo en parte. Ocurre porque mis lectores suelen ser los destinatarios de alguna de las cartas o porque han vivido conmigo algunas de las experiencias que en ellas se narran o conocen algunas de las referencias a las que hago alusión, pero me gustaría ir un poco más allá.
En todas comienzo diciendo “querida mía” pero es obvio que todas mis queridas responden a personas diferentes y, en realidad, a una sola: tú, la que me acompaña en cada momento, la que me hace reflexionar y exteriorizar los pensamientos que ocupan con mayor intensidad estas cuatro neuronas que Dios me ha dado (y soy ateo).
Digamos que tú perteneces al mundo de las ideas que describió Platón. Digamos que tú eres mi amor platónico, o mejor, mi compañía platónica, encarnada en cualquiera de las miles de personas que me rodean puntualmente y me hacen pensar, sentir, vivir…
Te cuento todas las cosas, querida mía, con el ánimo de compartir todo lo que me inquieta, todo lo que deseo y la pasión que siento viviendo los avatares que este insidioso destino de depara. Te las cuento con el ánimo también de hacerte reaccionar, transmitiéndote esa inquietud que me desata la idea del progreso, del raciocinio, del cuidado de nuestro entorno, de la abominación que supone la gestión política de los impresentables que nos ha tocado soportar. Y sin reconocerme de derechas o de izquierdas, enarbolo la bandera del partido del sentido común, de la igualdad, de la equidad, de la justicia… de esas cosas que anhelamos y reivindicamos como derecho libre y, sin embargo, se nos niegan, recordándonos la enmascarada esclavitud en que nos desenvolvemos por no haber nacidos hijos de este o aquel relevante hijo de puta. Te lo cuento todo, porque es la única forma que tengo de desahogarme y luchar para que el día de mañana nuestros hijos se sientan orgullosos de sus padres y a día de hoy, no veo que nos hayamos hecho merecedores de tal mérito.
Hace ya tiempo, un amigo con el que compartía mi afición por Silvio Rodríguez, me contó que en una entrevista, le preguntaron por la letra de “Unicornio” y su inspiración para escribirla. En resumen, vino a decir que “Unicornio” era la marca de unos pantalones que tuvo en su niñez y por los que sentía real devoción. Un día, su madre los lavó y los tendió al sol para que se secaran. Las pinzas (flores) que lo sujetaban, se quedaron en las cuerdas y nunca más supo de aquellos pantalones. Esa sensación le causó una gran tristeza y de ahí surgió una de las canciones más recordadas de la historia y la más popular quizás de este autor.
Yo no recuerdo haber perdido nunca unos pantalones tendidos al sol, pero sí que me embargaría la peor de las tristezas si un día dejo de buscarte o, sintiendo que te tengo, te llego a perder. Querida mía, sinceramente espero que te quedes aquí conmigo, en mi pensamiento, donde has estado toda la vida, acompañándome a cada paso que doy, cada vez que respiro, cada vez que quiero regalar una caricia o cada vez que me siento capaz de sonreír.
Algún día, querida mía, con tu cuerno de añil pescarás una canción. Yo sigo componiendo…
No es más dichoso el que oye que el que cuenta, el uno por sentirse el más fiel confidente y el otro por sentir que vacía el alma de polvo y paja (pesada, si, pero al fin y al cabo.... paja), algún día, en algún momento en el tiempo y de alguna manera imposible perderás tu pantalón y será lo único que pierdas, porque el resto, platónico o no, siempre lo tendrás.......
ResponderEliminarUnicornio es, probablemente, la canción más conocida de Silvio Rodríguez. La interpretación más inmediata tiene que ver con la amistad. Así, Unicornio sería un canto a la amistad perdida e irremplazable. También hay los que trivializan la canción e identifican al unicornio con la tapa de un bolígrafo azul. Incluso, algunos bromistas llegaron a decir que se lo dedicó a su único blue jean, que se lo habían robado del tendedero. Sin embargo, en 1982, el propio Silvio se encargó de aclarar la historia que le inspiró esta bella canción:
ResponderEliminar"Todo empezó por un amigo muy querido que tuve, un salvadoreño llamado Roque Dalton, quien además de haber sido un magnífico poeta fue un gran revolucionario, compromiso que le hizo perder la vida cuando era combatiente clandestino. El caso es que Roque tuvo varios hijos; entre ellos Roquito —el que hace tiempo se encuentra prisionero, y del que no se sabe suerte—, y Juan José, que jovencito y delgado como es fue guerrillero, herido, capturado y torturado. A este último fue a quien encontré hace poco y me contó que allá, en las montañas de El Salvador, andando con la aguerrida tropa de los humildes, trotaba un caballito azul con un cuerno."
Me alegra un montón que alguien ilustre los detalles de las cosas que escribo. No obstante, sea por unos pantalones vaqueros, un capuchón de un boli o un guerrillero salvadoreño, yo me quedo con la sensación que produce en cada uno la añoranza derramada sobre una melodía. Muchas gracias por participar.
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